Lázaro: Capítulo 21 y ¿último?

Capítulo 21 - 3

Capítulo 21

A estas alturas de la historia, ya habrá apreciado el lector que la vida del joven protagonista no disfrutaba de largos periodos de estabilidad. Y su periplo en la parroquia también iba a llegar a su fin.

Las labores y obligaciones en la iglesia le habían enseñado a escribir y leer de una manera razonablemente adecuada. Había aprendido a sumar y restar con gran habilidad. Si bien, esta lección la había aprendido de motu proprio, ya que el arte del siseo tiene poco futuro si no se calcula bien el límite que se puede alcanzar y no se guardan bien los libros contables.

En el tiempo que estuvo de monaguillo no se puede decir que aprendió latín, pero, como cualquier otro vecino, por mera repetición, su cerebro ya sabía palabra por palabra el desarrollo de cualquier misa. Igualmente, los rezos no eran ya un misterio para él. Su significado todavía era neblinoso a su entender, pero, una vez más, la repetición había sido la madre del éxito en su aprendizaje.

Había llenado tanto su cabeza con liturgias y oraciones que ya no parecía preocuparle el futuro. Y si su cabeza estaba repleta, su estómago no tenía tampoco espacio para queja alguna. Su preocupación porque Dios descubriese su pequeña mentira y desbaratase su tranquilidad y su nuevo estatus disminuía y se desvanecía con el tiempo. Puede que aquella fuera la casa de Dios, pero Lázaro nunca lo vio a Él o muestra ninguna de que hubiese residido allí en tiempos anteriores. ¿Dónde estaba Dios? No lo sabía. Y tampoco le importaba.

No obstante, llegó el día en que limpiando los suelos de la iglesia escuchó lamentos en el interior de la sacristía. Curioso como lo sería cualquiera, anduvo cuidadoso hacia el origen de aquel ruido desconocido, orientando su cabeza y sus orejas para descubrir hacia dónde dirigirse. Como un perro olisqueando un rastro, se encaminó hasta la sacristía. Tras la puerta del despacho del párroco, una voz femenina parecía haber encontrado el lugar donde Dios se escondía, ya que gritaba desaforadamente su nombre y repetía con ahínco que se encontraba “ahí”, “ahí”, “justo ahí”.

Asustado por la idea de que Dios, en verdad, hubiese sido encontrado y estuviese allí para recriminar las mentiras de Lázaro, no se atrevió a entrar. Pero, al fin y al cabo, ver a Dios no era algo que ocurriese todos los días. De manera que la curiosidad pudo más que su miedo y giró la manilla y empujó tímidamente.

Las viejas bisagras de la puerta se quejaron como una bandada de urracas en el ocaso, asustando a los afortunados que habían logrado el divino descubrimiento.

Lázaro se sorprendió al ver a la mujer del alcalde sentada en la mesa del despacho. Al parecer, los gritos de júbilo por tamaño hallazgo eran provocados por ella. Eso resolvía uno de los misterios. El párroco, a juicio de Lázaro siempre, debía de haber escuchado también los gritos de la mujer. Y ante tamaño evento y recogimiento, no había podido evitar el arrodillarse ante la divina figura de Dios y rezarle fervorosamente como haría cualquier buen cristiano.

El por qué Dios había elegido aparecerse bajo las faldas de la mujer del alcalde todavía permanece a día de hoy un misterio en los recuerdos de Lázaro. Pero, como se repetía una y mil veces en las sagradas escrituras, los caminos del señor eran inescrutables. Significase lo que significase “inescrutable”.

Esta aparición milagrosa fue, sin duda, una señal divina. Y por ese motivo el párroco decidió que un testigo de tan magno evento debía ser enviado a estudiar al seminario lo más pronto posible con la mejor carta de recomendación que pudiese escribir. Una tan buena, que no permitiese su rechazo. Y cuanto más rápido fuese, mejor que mejor. No debería perder tiempo despidiéndose de nadie en el pueblo.

Lázaro no lo entendió. ¿De quién se iba a despedir? No obstante, hizo lo que el párroco le dijo.

Hizo su petate con prisa. Agarró los ahorros sisados durante todo ese tiempo más una suma nada despreciable que el propio párroco le dio. Santo hombre. Y tras prometer que guardaría aquella revelación en secreto, porque Dios no quería que nadie fuese pavoneándose de ser el elegido, partió por primera vez en su vida fuera de los límites del pueblo que le vio nacer.

¿FIN?

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Lázaro: Capítulo 20

Capítulo 20 -1Capítulo 20

Cuando Lázaro golpeó la puerta de la vicaría, el propio cura la abrió sorprendido. Pero cuando Lázaro se anunció a sí mismo diciendo “Padre, he escuchado la llamada de Dios”, el párroco tuvo que buscar otra palabra en el diccionario que expresase mejor lo que en ese momento se le pasó por la cabeza. Irónicamente, la expresión que le vino a la cabeza fue: “¿¡Pero qué demonios?!”

Lázaro le explicó con pasión fingida que la noche anterior, durante la terrible tormenta, se encontraba en su cabaña cuando el río creció y le arrastró. Pero rezó fervorosamente a la virgen del pueblo y… todo lo que vino a continuación, ni siquiera un hombre de fe como el párroco, que aceptaba el misterio de la Santísima Trinidad como un hecho tan seguro como el que dos más dos sumaban cuatro, fue capaz de creerse. No obstante, el párroco tuvo, en ese momento, su propia revelación. Que, si bien no era divina, sino más bien, mundana, le venía igual de bien.

Lázaro pasó a ser desde aquel día monaguillo a jornada completa, lo que permitió al cura deshacerse de una parroquiana especialmente molesta que visitaba la iglesia todos los días con la excusa de limpiar la iglesia voluntariamente. Se podría decir que había venido Dios a verle.

Lo que para el párroco fue una bendición, para Lázaro fue un tiro errado. Él creía que el cura le enseñaría a ordenarse. Y con el tiempo, él acabaría siendo el cura de otra iglesia. Así trabajaría solo los fines de semana, la gente le traería comida y las limosnas acabarían en su bolsillo. Por contra, su trabajo de fin de semana se extendió también al resto de la semana. Debía limpiar la iglesia, las dependencias privadas, hacer la compra y la colada, preparar y atender a misa diaria, tantas veces como hiciese falta, reparar el tejado, recolectar leña y cortarla para calentar las dependencias, sacar brillo a la plata – ¡¿cómo era posible que pidiesen dinero a la gente si había tanta plata dentro de la iglesia?! -, quitar el polvo a las estatuas, poner trampas para ratas por todas las esquinas, cultivar, cuidar y recolectar el huerto de detrás de la vicaría y, en su caso, ocuparse también de los funerales y preparaciones mortuorias.

Tras todo ese trabajo, Lázaro entendió por qué a los curas se les llamaba Padre.

Sin embargo, el intercambio no salió del todo desventajoso para él. Bien es cierto que no disponía de un sueldo fijo mensual. Pero disponía de un plato de comida diario y una habitación en el sótano de la sacristía que había servido anteriormente como alacena y que ahora contenía un colchón mucho más cómodo que las hojas secas que utilizaba antes. Adicionalmente, su aspecto mejoró considerablemente. No solo porque sus huesos comenzaron de nuevo a rodearse de algo de carne y grasa, sino porque en ausencia del párroco tenía permitido usar el baño para lavarse. O, por lo menos, así lo entendía Lázaro. Nunca llegó a preguntárselo.

Los hábitos de monaguillo eran mucho más agradables al tacto que las ajadas ropas que usaba. Y el párroco le permitía quedarse con la ropa vieja que a él ya no le servía. En las horas muertas, aprendió a leer. Era obligatorio para poder prepararle bien las hojas de la Santa Biblia para la homilía diaria. Y si el párroco se sentía generoso o aburrido, le dejaba leer durante misa para ponerle a prueba.

La presencia de Lázaro en la iglesia no pasó desapercibida. Las miradas de extrañeza y desaprobación no faltaron. Sin embargo, nadie se atrevió a decir nada. La palabra del cura era la palabra de Dios. En realidad, estoy exagerando. Si el cura quería ocuparse de aquella alma desvalida o, de aquel idiota, según muchas opiniones locales, era problema suyo. Y aunque esto era cierto, el hecho de que una de cada 10 monedas del cepillo de cada misa se extraviase en su camino a la caja parroquial bien podría entenderse como un problema de todos. Pero eso no viene a cuento. Ya dije que el intercambio no llegó a ser desventajoso para Lázaro.

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Lázaro: Capítulo 19

Capítulo 19 -1Capítulo 19

Una vez Lázaro había descubierto, erróneamente, el origen y la razón por la que sus ingresos habían menguado durante los últimos meses, comenzó atar más cabos sueltos. Desde que empezó su carrera como mendigo había visto ya varios párrocos llegar y pasar por la iglesia. Se trataba de jóvenes curas que, recién salidos del seminario, recorrían los pueblos y las parroquias de la zona para hacer prácticas. Ninguno de ellos estaba delgado. Es más, el ecuador de sus panzas competía contra la cuerda que ataba sus hábitos sin muchas esperanzas de ganar la batalla.

Estaba claro para Lázaro también que la iglesia era el edificio más grande del pueblo. Y después de ver el platillo lleno todos los domingos también tenía claro cómo se había pagado su construcción.

El cura comía siempre a mesa puesta. Si no era en casa del alcalde o del alguacil, eran las señoras del pueblo quienes le llevaban siempre comida. Hasta disponía de asistenta que limpiaba la vicaría y la residencia del párroco. No era de extrañar, si cada domingo, la mayor parte de los ingresos de Lázaro se quedaba dentro de la iglesia antes de salir por la puerta hasta sus manos.

Cada vez se percataba de manera más clara de que se había equivocado de profesión. Para ser un mendigo profesional había que ser cura.

Solo existía un problema. Hasta donde alcanzaba a entender Lázaro, para ser cura debía ser elegido por Dios. Y en las pocas clases del colegio que había atendido, parecía también destacar la idea de que Dios sabía siempre cuando uno mentía o hacía el mal. Así que parecía imposible que Dios le eligiese a él.

Lázaro rezó y rezó intentando que Dios le respondiese. Pero la respuesta nunca llegó.

Sin embargo, un curioso acontecimiento abrió una puerta a la esperanza. Un acontecimiento que llegó en modo de lluvia torrencial y con la figura de un desconocido.

Podría decir que era un lunes, pero daría igual que fuese cualquier otro día de la semana. Llovía a mares. El caudal del río, que en un día normal podía asemejarse a un grifo estropeado y podía ser recorrido de un lado a otro con botas sin llegar a mojarse los pies, era entonces un torrente que llegaba a la altura de la cintura a un hombre.

Este no era un cálculo hecho a ojo, sino que literalmente le llegaba a la cintura a un hombre. Lázaro lo había visto salir de casa del panadero. Puede que fuese amigo de Dulce. P

Por qué estaba intentando cruzar el río prácticamente a nado cuando podía usar el puente, no llegaba a comprenderlo. Pero tampoco entendía por qué había salido por la ventana de la panadería, en lugar de por la puerta principal, y se había escurrido entre la arboleda oscura, cuando la carretera principal estaba bien iluminada y era mucho más segura.

El nivel del agua estaba subiendo rápidamente. Ya le llegaba al ombligo y cada paso era más vacilante que el anterior. Parecía evidente que no podría continuar. Si seguía adentrándose en la corriente, sería arrastrado sin remedio.

Lázaro lo vigilaba todo agazapado desde su cabaña de ramas. Estuvo a punto de salir en su ayuda cuando vio al hombre levantar los brazos al cielo. Por un momento pensó que se rendía y desandaba su camino, ya que se había dado la vuelta de súbito. Sin embargo, permaneció allí plantado, brazos en alto y ojos cerrados.

Lázaro siguió con la mirada la dirección hacia donde el hombre apuntaba y entonces, comprendió. El pueblo se encontraba en la ladera de un pequeño monte. Y como en cualquier otro pueblo que se preciase, en la cima se encontraba una pequeña ermita donde la virgen elegida por el azar de una leyenda ancestral protegía a sus habitantes.

Esto quedó mucho más claro cuando el hombre en cuestión gritó aun con sus manos en alto:

-¡Virgencita! ¡Virgencita mía! Ayuda a uno de tu pueblo. No me abandones en estos momentos. Te prometo que si me ayudas a cruzar sano y salvo enmendaré mi vida y todos los días te daré una misa.

El siguiente paso que dio hacia la orilla opuesta lo hundió hasta los hombros. Durante unos segundos, su cabeza se sumergió y volvió a flote entre bocanadas desesperadas de aire. Falto de equilibrio y asidero, la corriente lo arrastró sin remedio.

Puede que fuese casualidad. Puede que un poder superior estuviese escuchando, no necesariamente la Virgen. La verdad es que da igual. La cuestión es que una enorme rama que nadaba cercano a él encontró un hueco entre el arco del primero ojo del puente. Allí encalló firmemente y el hombre fue capaz de agarrarse a ella. Con gran esfuerzo logró salir vivo y coleando en el otro margen del rio.

Tumbado en las piedras, boqueando sin cesar y con los latidos del corazón seguramente martilleándole las sienes, apenas podía creer que hubiese salido de aquella ileso.

Cual fue la sorpresa de Lázaro cuando lo vio levantarse, sacudirse la ropa y girarse de nuevo hacia la Virgen y gritar:

-Hay Virgencita. Que te he engañado. Que no soy de este pueblo. Que soy del de al lado.

Acto seguido, subió a la carretera general y despareció corriendo en dirección a, en efecto, el siguiente pueblo.

Esta anécdota, que pudiera parecer anodina a ojos del lector, supuso, sin embargo, una revelación para Lázaro. Ya que, en su mente simple y directa, solo vio una solución a su problema. Si algo había demostrado aquel hombre con su hazaña era que se podía engañar a la Virgen. Y si se podía engañar a la Virgen, a lo mejor podía engañar a Dios.

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Lázaro: Capítulo 18

Capítulo 18 -1Capítulo 18

Durante mucho tiempo, Lázaro consiguió tener una vida estable de ingresos, al menos durante los fines de semana. No se trataba de nada que fuese determinante para mejorar su situación de una forma definitiva. Y esto le preocupaba.

Por primera vez en su vida, la repetición de un día detrás de otro igual al anterior le hizo plantearse su futuro.

¿Era aquello todo lo que había?

Según su punto de vista, no tenía una vida muy dura. Cualquier otra persona estaría en desacuerdo, pero Lázaro poseía una visión de la realidad muy limitada.

Esta nueva curiosidad llegó tras una racha de domingos donde las monedas no tañían su plato con la frecuencia que no solían hacerlo. Esta falta de notas en el instrumento de su sustento se había traducido en varias semanas de hambre. Si seguía así, se vería obligado a buscar algún trabajo para cubrir las deficiencias pecuniarias dominicales. Y esa idea le aterraba.

En su día a día, poco tenía más que hacer que observar a sus vecinos desde la distancia. Y salvo contadas diferencias puntuales, la gente seguía haciendo lo mismo de siempre. Así que, si algo había cambiado que provocase aquella falta de afluencia en las limosnas, tenía que tener lugar en el interior de la iglesia. Así que por primera vez en desde que su padre muriese, decidió entrar en aquel recinto sagrado.

Escondido tras las columnas que soportaban el peso de un anfiteatro pensado para alojar un coro que jamás existió, Lázaro escudriñaba a sus vecinos sentados en bancos mientras el cura procedía con sus liturgias.

En las primeras filas se sentaban los más ricos del pueblo. Lázaro los reconocía no solo porque eran sus vecinos, sino porque eran los mejores vestidos de todos. Sus bancos estaban acolchados y una pequeña placa metálica atornillada en el reclinatorio dejaba grabado el nombre y la reserva del puesto para la familia adecuada. Evidentemente, aquellos bancos eran una donación caritativa de las familias ricas a la iglesia. La ironía intrínseca de que pese a ser donados, nadie pudiese sentarse en ellos que no pertenecieran al clan del apellido inscrito        , parecía escaparse a todo el mundo.

Las demás filas iban llenándose con los demás vecinos que se juntaban por afinidades y apellidos comunes. Lázaro pudo comprobar como las rencillas por los derechos de regadío y las diferencias entre ganaderos que tanto le entretenían en su día a día escondido entre los matorrales al espiarles, también se trasladaban a las posiciones en la iglesia. Si un bando se sentaba en un lado, automáticamente el otro elegía el lado opuesto. No importaba cuánto hablase el curo de amor y fraternidad. Su discurso parecía caer en saco roto.

Y nunca mejor dicho, porque si Lázaro hubiese prestado realmente atención a lo que el cura estaba predicando en el sermón de aquel día, se habría dado cuenta de que, en realidad, los sermones servían de noticiario para el pueblo. No había radio, no había televisión, no había periódico. El mundo se comunicaba en aquellos días a través de cartas manuscritas, de comerciantes que viajaban de pueblo en pueblo con mercaderías en sus carretas y cotilleos en las bandoleras. Muchas de esas cartas llegaban de manera semanal a la vicaría contando los acontecimientos de otras congregaciones, así como órdenes del obispado en la capital.

Pero aquel día las noticias no eran las noticias normales. Aquel día las palabras del padre que anunciaba el apocalipsis cercano en el altar no hacían referencia al cielo o al infierno, sino a acontecimientos que se estaban dando en la capital, en las ciudades lejanas, pero cuyas ondas llegarían a afectar todas las vidas del pueblo. Eran noticias que los lugareños ya habían oído antes. Los comerciantes hablaban de ello. Las cartas de primos y parientes que habían emigrado a la capital en busca de fortuna mencionaban en sus cartas. Y las homilías de la misa de los domingos confirmaban todo lo que, hasta entonces, deseaban que solo fueran rumores.

Guerra.

Tal vez, solo tal vez, si Lázaro hubiese prestado atención, se habría dado cuenta de la auténtica razón por la que sus vecinos ya no daban limosnas con tanta asiduidad. Se habría percatado del miedo en sus corazones a un futuro que cada día parecía más incierto.

Sin embargo, Lázaro no escuchó las palabras del cura. En su lugar, simplemente vio el platillo de los feligreses pasaron después del sermón y cómo se llenaba de monedas recorriendo todas las filas y volviendo al altar. Segundos después, el cura guardaba sus ganancias en el hueco que había debajo del púlpito. Y Lázaro simplemente pensó:

“El maldito cura me hace la competencia”.

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Luzius: Capítulo 17

Capítulo 17 -1

Capítulos 17

Las lecciones de mendicidad no duraron mucho. Todo mendigo sabía que no se podía ordenar la misma vaca siempre. Al final la vaca se cansaba de ver la misma cara y la pena transmutaba en recelo, desconfianza y rencor. Y llegado ese punto, ya fuera por la falta de limosna o por temor a represalias airadas, el pájaro debía volar a otro nido.

No fue así con Lázaro. Posiblemente, porque su maestro decidió mostrarle la lección de manera práctica sin explicación ni despedida alguna. De manera que tuvo que convertirse en un autodidacta.

Como todo lo que había hecho con anterioridad, Lázaro evolucionó su técnica gracias al ensayo y error. Como quien prueba las cantidades en una receta para lograr el sabor óptimo, Lázaro fue probando grados en su ropaje para ver cual daba más pena. Fue oscilando desde el desdén más absoluto hasta el repudio debido a la falta de vergüenzas y hedor pestilente. Hasta que, finalmente, llegó a un punto intermedio donde los vecinos, al mirarle, deseaban apartarse y girar el rostro rápidamente, pero, era tal el esperpento que se mostraba ante ellos, que quedaban hipnotizados por la curiosidad y la incredulidad momentánea.

Más tarde que temprano, los pueblerinos empezaron a aflojar sus bolsillos y el tintineo del plato de metal que Lázaro siempre recordaba llevar hizo de compás a las campanas que anunciaban el final de la misa.

Parecía que había logrado con maestría dominar el arte de la mendicidad. Si bien su plato comenzó a experimentar el peso de la calderilla, la suposición de que sus conocimientos le habían llevado al éxito era falsa. Para ser sinceros, los avances de Lázaro en sus lides pedigüeñas se debían a otras razones muy diferentes que a su habilidad para entender los trucos y la pillería de tan noble arte.

Para empezar, ningún otro mendigo llegado de fuera quiso compartir espacio con él. Dar pena era fácil para ellos, pero competir con aquel bufón descerebrado podía acabar con la paciencia de cualquiera. Y hasta los mendigos tienen su dignidad.

La falta de competencia creó un hueco que no parecía llenarse. Los vecinos del pueblo se veían huérfanos de receptáculo de su caridad interesada. Los ricos no podían demostrar que eran más clementes que sus convecinos porque no tenían a quien dar sus sobras. Durante una larga época, esperaban hasta el último segundo para entrar a misa con la esperanza de ver por el camino del puente a un nuevo pobre que llegase al pueblo, alguien a con un buen plato de metal. Sus monedas se iban acumulando en sus bolsillos de tal manera que el primero que llegase se iría con tal cantidad de monedas que no necesitaría mendigar en varios meses. Pero no llegaba nadie. Se había corrido la voz entre el gremio de que en aquel pueblo la teta de la vaca estaba seca por culpa del tonto del pueblo. Y nadie llegó.

Así que, un domingo como cualquier otro, al salir de misa, el alcalde salió el primero, como siempre. Al ver a Lázaro al lado de la puerta, con su ropa deshilachada, su espalda encorvada, su pelo largo, sucio y descuidado y su mirada de bovino, alzó los hombros, lanzó un bufido, se echó la mano al bolsillo y varias monedas tocaron la campana de salida al resto de los aldeanos deseosos de demostrar su caridad.

Ese fue un gran día para Lázaro. Su plato en una balanza habría luchado ferozmente contra las pesas trucadas de cualquier carnicero. Y aprendió una buena lección también.

La gente es capaz de acostumbrarse a todo y a todos.

Solo necesitan tiempo.

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Lázaro: Capítulo 16

Capítulo 16 -1Capítulo 16

Lázaro probó suerte con la mendicidad, para lo que también requirió una curva de aprendizaje lenta.

Viendo que la gente iba a misa con sus mejores galas le hizo pensar que él debía hacer lo mismo, por lo que cada sábado lavaba con ahínco sus ropas en el río y las dejaba secar al sol.  Una vez secas, calentaba una piedra en el fuego. Y usando varias hojas de parra a modo de guantes, planchaba su camisa y su pantalón. Por supuesto, las hojas de parra no eran suficiente para evitar quemarse, pero eso eran gajes del oficio. Y todo sea dicho, un traje raído, limpio y planchado, sigue siendo un traje raído. Pero Lázaro no parecía darse cuenta.

Esperaba a la salida de los feligreses. Cuando veía salir al primer paisano del brazo de su mujer, estiraba su espalda, sonreía cordialmente y estiraba la mano con la palma abierta. No decía nada. Ya había aprendido hacía mucho que cada vez que hablaba se metía en problemas. Así que prefirió el silencio.

Ninguna moneda cayó en su mano. Lo más que recibió fueron miradas aviesas y giros de nuca exagerados para evitar mirarle. Por un momento, Lázaro pensó que olía mal. Pero no podía ser. Se había acicalado y arreglado lo mejor que sabía. Estaba seguro de que no podía oler peor que el otro mendigo, que, para su sorpresa, era el receptor de toda la pena de los vecinos. Y por pena, entiéndase limosnas.

-¿Qué es lo que hago mal? -le preguntó a su compañero de penurias.

El mendigo negó con la cabeza emitiendo un ligero lamento para sí mismo.

-Todo, -respondió. -No puedes venir bien vestido. Si es que eso es bien vestir, -añadió con un bufido y alzamiento de cejas.

-¿Por qué no? La gente viene bien vestida, -preguntó Lázaro.

-La gente viene bien vestida porque vienen a pavonearse delante de sus vecinos, -explicó el mendigo.

-¿Pavonearse? -preguntó Lázaro confuso.

-Sí, pavonearse, -insistió el mendigo mirando al joven intrigado. -A vanagloriarse de su estatus.

-¿Estatus? -volvió a preguntar Lázaro.

El mendigo empezó a entender el tipo de persona con el que estaba tratando. Resopló para sí mismo rindiéndose a la evidencia, que no era otra que el pobre chaval que tenía delante no era un mendigo más, sino el candidato al tonto del pueblo y más que seguro ganador.

-Digámoslo así, -reinició la explicación, -tienes que dar pena. Tienes que demostrarles que eres menos que ellos. Que necesitas de su caridad.

-Pero es que ya soy menos que ellos y necesito su caridad, -respondió Lázaro.

El mendigo estaba a punto de tirar la toalla, pero, aun así, dijo:

-Muy bien chico. Eso lo tienes claro. Ahora solo tienes que parecerlo.

Dicho esto, cogió un par de monedas de su propia colecta y las colocó en la mano de Lázaro. Se puso un sombrero sucio en la cabeza, agarró un palo que utilizaba de bastón y comenzó a caminar.

Lázaro miró su mano y movió las monedas haciéndolas tintinear. Un segundo después alzó la mirada hacia el mendigo y gritó.

-¿Significa esto que ya doy pena?, -preguntó agitando las monedas en el puño.

El mendigo se giró al oír su voz. Miró al joven agitando su puño y buscando su aprobación. Y la propia ironía le sorprendió gritando de vuelta:

-Sí, hijo, sí. Das pena.

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Lázaro: Capítulo 15

Capítulo 15 -1Capítulo 15

Cualquiera diría que la época que le tocó vivir a Lázaro después de que lo echasen de su casa fue un calvario. Y, en realidad, tendría razón.  Pero no era así cómo lo describiría él mismo.

Paradójicamente, los años siendo maltratado, apaleado y explotado por su padre fueron una buena experiencia para poder sobrevivir sin deprimirse o rendirse al infortunio y la desesperación. Para Lázaro, todo aquello no dejaba de ser una readaptación a su vida. Antes dormía en cuadras y estercoleros. Ahora dormiría en el campo.

Su experiencia laboral también le había aportado ciertos conocimientos para poder construir una cabaña rudimentaria donde resguardarse de la lluvia o del viento. Alguna oveja perdida en el monte podría vivir perfectamente sin algo de lana para que él pudiese calentarse un poco. Para sorpresa de algún lugareño, no solo las ovejas podían perderse eventualmente, sino que frutas de los árboles, hortalizas de los huertos y huevos de los gallineros también encontraban formas de extraviarse de forma cotidiana.

 Si existía gente como el avaro vecino que dejó desprovisto de herencia y hogar a Lázaro, tampoco es de extrañar que hubiera gente que no tuviese escrúpulos en contratarle para realizar algún trabajo. Por supuesto por un sueldo menor del establecido para alguien que desarrollaba las mismas tareas. Al fin y al cabo, el empleador le estaba haciendo un favor con solo darle la posibilidad de trabajar. Así le era explicado y así era entendido por Lázaro, que nunca se quejó, nunca renegó y siempre cumplía con su parte del trato. 

Este estilo de vida provocó en Lázaro un profundo estado de análisis, que, tras mucho devaneo y sopesar, llegó a la conclusión definitoria que cualquier otra persona hubiese sido capaza de descubrir en tan solo unos días, pero que él tardó años. Esa revelación divina no fue otra que “trabajar para otros era un asco”. Daba igual cuánto se esforzase. Al final del día no conseguía amasar una cantidad de dinero que le permitiese mejorar su calidad de vida. Su ropa siempre estaba limpia. Se encargaba de ello todas las mañanas en el río. Pero no disponía nada más que de dos mudas, un par de pantalones y tres camisas. Los zapatos tenían tantos remiendos que parecían albergar muñones en lugar de pies. Y tras tanto maltrato del uso, ni una legión de polillas hambrientas habrían podido desgastar sus atuendos con mayor eficacia. La comida que los tenderos tenían a bien venderle siempre era pan del día anterior al precio de hoy, carne de un olor que nunca antes Lázaro había olido en sus propios cerdos o conejos y leche cuyo color blanco, digamos que no era tan blanco como se supone que debería ser.

 Esta revelación vino aparejada también de un descubrimiento. Lázaro no era un hombre muy creyente. Nadie le había explicado muy bien quién era Dios. Su padre lo mentaba mucho, pero tal y como llegaba a la conversación, Lázaro solo podía deducir que no se trataba de un señor muy apreciado si su padre lo utilizaba como retrete con tanta asiduidad. Las lecciones que había recibido en el colegio durante su breve periodo de asistencia no concordaban mucho con la imagen que su progenitor había creado y solo contribuyeron a confundir una mente, ya de por sí, suficientemente confusa. No obstante, Lázaro comenzó a acudir a misa cada domingo. Bueno, será mejor que especifique. Lázaro comenzó a acudir a la iglesia cada domingo. En sus deambulaciones mañaneras de domingo, descubrió que era el mejor momento para circular por las calles. Los paisanos acudían en tropel a oír las sagradas escrituras, por lo que no se encontraban en los lindes de sus puertas para lanzar desagradables miradas o, en algunas ocasiones, piedras, patatas podridas o cualquier objeto desechable que pudiese dar en el objetivo, que no era otro que él mismo. Nadie le quería cerca.

 Al acercarse a la iglesia, Lázaro descubrió que no era el único indeseado del pueblo. Un hombre de ropa aún más raída que la suya, barba y greña salvaje y poblada de una fauna aún más indeseable que su anfitrión, esperaba arrodillado y penitente a la salida de misa agitando un platillo de metal. ¿Por qué de metal? Lázaro aprendería en el futuro que las monedas al caer tintineaban mucho más sobre un plato de metal que sobre un cuenco de madera. Cuanto mayor el ruido, mayor era la limosna. Cuanto mayor la limosna, mayor el orgullo y la superioridad con la que el feligrés dadivoso podía mirar por encima del hombro a sus vecinos. 

“Pero un billete no haría ruido,” llegaría a explicar Lázaro en un alarde de lógica y pensamiento inusitado en él.

“Nadie da un billete cuando puede dar monedas, bobo,” le corregiría rápidamente el maestro mendigo.

La lección importante que, sin embargo, aprendió Lázaro ese día fue que existía una forma de ganar dinero sin trabajar. O, por lo menos, trabajando una sola vez a la semana… y fiestas de guardar.

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Lázaro: capítulo 14

Capítulo 14 -1Capítulo 14

A Lázaro le costó entender que ya no pudiera ir más por su casa o que ya no pudiera disponer de sus huevos o de las hortalizas que cultivaba en su huerto. En realidad, lo que le costaba entender es que ya no fuese suyo. Daba igual que el nuevo dueño le mostrase los papeles de propiedad cedida que él mismo había firmado rehusando sus propios derechos sobre la finca y todos sus bienes. El concepto de propiedad legal era una lección a la que todavía no habían llegado en el colegio. Y, por lo mal estudiante que Lázaro había resultado, dudo mucho que si hubiese atendido a las clases habría entendido ni una sola palabra al respecto. Para él, la propiedad era una cuestión de tradición. Él había nacido allí. Sus abuelos habían nacido allí. Su madre había nacido allí. Él había vivido allí toda su vida. Era lo único que necesitaba saber al respecto.

No obstante, cansado de intentar razonar con el obtuso Lázaro, el nuevo dueño utilizó una lección que Lázaro conocía a la perfección, la violencia.

Debo decir que el propio adulto se sorprendió de la cantidad de fuerza que tuvo que ejercer en sus puños y patadas para poder herir realmente al joven. El chaval era como un mulo y, si bien no tenía el menor conocimiento de leyes, parecía disponer de amplia experiencia en cómo cubrir sus partes más débiles. Así que, al final, tuvo que hacer uso incluso de aperos de labranza para partir el espinazo de Lázaro. Una vez en el suelo, las patadas llovieron libremente mientras el mango de una azada caía inmisericorde sobre espalda, costillas y trasero. Manos y brazos protegieron la cabeza, pero acabaron ensangrentados y amoratados en toda su extensión.

Solo al ver un charco de sangre acumulándose en el suelo sirvió de aviso y de miedo al agresor para detener sus ataques.

Fue tal paliza que le propinó, que Lázaro llego a echar de menos a su padre por unos instantes.

-No quiero volver a verte por aquí, -le gritó con la azada todavía en la mano en alto amenazante. –¿Lo entiendes?

Y esa vez sí que lo había entendido. Su padre también tendía a explicarle las cosas de la misma manera. Por lo que esa lección la tenía muy bien aprendida.

Asintió con su dolorida cabeza. Se levantó. Y emprendió su camino hacia…

¿A dónde iba a ir?

Daba igual. Ya lo pensaría. Por ahora bastaba con irse a un lugar lejos del alcance de la azada.

Tampoco había muchos lugares a donde ir. Más allá de los lindes de su antigua propiedad solo quedaba la carretera general, el río y el puente que llevaba al pueblo. De manera que el único lugar al que podía ir era el pueblo.

Tras 5 minutos de caminata y dejar atrás el puente, llegó a la plaza mayor. Se llamaba mayor porque era la más grande del pueblo. Para ser exactos era la única plaza que había. Y podía tener unas dimensiones donde apenas podía albergar a la población del pueblo durante las procesiones de las fiestas religiosas. Pero, qué demonios, la gente de pueblo también tenían su orgullo y si querían una plaza mayor, la tenían.

Ya comenté anteriormente que aquellos no eran tiempos modernos. No existían teléfonos móviles, ni televisión. Sin embargo, a día de hoy, todavía no se ha inventado la banda ancha lo suficientemente rápida como para competir con la velocidad de los chismorreos y cotilleos rurales.

Para cuando Lázaro pisó la primera piedra de la plaza, los lugareños ya estaban cerrando sus puertas apresuradamente mientras introducían a sus pequeños tirando enérgicamente de sus muñecas. Posiblemente a Bram Stocker le pasó lo mismo en su juventud y, de una escena traumática similar, le llegó la inspiración para narrar cómo asustadizos transilvanos se recogían en sus hogares con olor a ajo y crucifijos en cada puerta.

Lázaro no era el joven más avispado del planeta, pero aquella escena digna de una película del oeste que él nunca había visto, fue suficiente como para desmotivarle a llamar a ninguna casa por ayuda.

Esa noche durmió hambriento bajo el manto estrellado de la noche primaveral. Lo cual suena como una experiencia mucho más romántica y agradable de cómo lo habría descrito el propio Lázaro.

Pero tendría que acostumbrarse a partir de entonces.

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Lázaro: Capítulo 13

Capítulo 13 -1Capítulo 13

No tenga la idea equivocada, querido lector, de que el aprovechado vecino que engañó a Lázaro en favor de su propio beneficio era un completo desalmado. En su taimado corazón, encontró la amabilidad de ofrecer a Lázaro un lugar para dormir: los establos; y un lugar donde trabajar: las mismas pocilgas, mismos huertos y mismas tierras que antes le proveían gratuitamente. A cambio, este “benefactor” le proveía de un humilde salario que, en un ingenioso círculo vicioso, Lázaro debería utilizar para pagar las comidas y cenas ofrecidas por la mujer del nuevo dueño.

Aunque, pensándolo de nuevo, sí que era un absoluto desalmado.

Fue así cómo Lázaro aprendió lo que era un sueldo. Y con sus pocos conocimientos de matemáticas del colegio, también aprendió que ese sueldo no sería suficiente para alimentarle y pagar las clases de la escuela.

La solución parecía obvia. Lázaro dejó la escuela.

Ya no tenía miedo a la reacción de su padre. Ese problema se había solucionado por sí solo. Y carecía también del interés necesario para poder progresar adecuadamente.

Con lo que no había contado Lázaro hasta ahora era con tener a su disposición algo de lo que jamás antes había podido disfrutar: tiempo libre. Una vez realizadas las tareas matutinas, que desde hacía mucho tiempo ya tenía dominadas, se dio cuenta de que no tenía más obligaciones. No debía limpiar la casa ni prepara comidas. No debía realizar las labores que le encargaban en la escuela. Y una mente ociosa es una bendición para aquel que la tiene llena de conocimiento, porque encuentra maneras de entretenerla para su propio beneficio y, puede, que para el beneficio ajeno. Por desgracia, la mente de Lázaro nunca estuvo llena de grandes cosas, pero, a falta de tiempo, nunca se había dado cuenta del vacío que ocupaba en su cráneo.

Lejos ya de lecciones escolares, Lázaro buscó su propio entretenimiento. Tal vez si hubiese dedicado algo de tiempo en la escuela a hacer amigos, tal vez si sus compañeros hubiesen dedicado algo de tiempo a intentar relacionarse con Lázaro, en lugar de ser los típicos niñatos mezquinos que todo adolescente es a esa edad… puede, que no hubiese ocurrido lo que ocurrió.

A falta de seres humanos con los que confraternizar, Lázaro encontró en los cerdos, gallinas y conejos a su cargo, compañeros con los que pasar sus horas de asueto. No voy a decir que eran realmente sus amigos, pero al menos no le criticaban, ni le miraban mal. De hecho, solían mirarle bastante bien, ya que era su presencia diaria la que anticipaba la llegada de alimento. Puede que también anticipase la desaparición a algún miembro de manera ocasional o el extravío de uno o dos huevos de vez en cuando. Peor ¿qué es eso en la vida de un cerdo o una gallina?

El fatídico día que este preludio está anticipando no fue otro que el día en que el nuevo dueño de aquellas tierras y del antiguo hogar de Lázaro encontró al joven completamente desnudo retozando en el barro junto a los puercos. En la mente de Lázaro, los cerdos parecían disfrutar mucho de aquella actividad, por lo que la lógica indicaba que, posiblemente, era algo divertido con lo que pasar el tiempo libre del que tanto disponía ahora.

El camino de la lógica pareció tomar otros derroteros en la mente de su “benefactor”. De hecho, pese a que solo fue testigo de ese evento en concreto, por su cabeza también se cruzaron pensamientos como: “nunca me gustó como miraba a las gallinas” o “ya decía yo que estos gorrinos gruñían más de lo normal”. Por la imaginación del hombre desfilaron imágenes de Lázaro y de los animales de la granja que jamás en su vida Lázaro podría haber pensado y que, irónicamente, demostraba que él poseía una mente mucho más sana e inocente que la de aquel quien en silencio se horrorizaba por hechos que nunca habían ocurrido.

Ese silencio terminó pronto. La lluvia de gritos e improperios caían sobre el pobre Lázaro inclementemente y sin que él pudiera entender realmente qué estaba pasando o por qué.

Pero pronto entendió las consecuencias. Esa noche y muchas otras llovería en al raso. Y una nueva experiencia llegaría a llenar los huecos de su aprendizaje por primera vez. Y lo haría con sorpresa, rapidez y fatal sentimiento: el hambre.

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Lázaro: capítulo 12

SS_LeadersLoseEverything-630x315Capítulo 12

El tiempo pasó como pasa siempre, lento para los jóvenes y rápido para los adultos. Lázaro creció en estatura, musculación y conocimiento. Si bien, el conocimiento fue la parte que menos se desarrolló. Sí, aprendió a sumar, restar, multiplicar y dividir. Aprendió a leer y aprendió a escribir. Al menos a escribir su nombre correctamente. Pero como nunca le encontró la utilidad tampoco le encontró el entusiasmo por aplicarlo a su vida diaria de labores físicas.

Todo parecía una consecución de días repetidos similares unos a otros. Despertarse, alimentar a los cerdos, gallinas y conejos mientras se escondía de su padre. Verle partir hacia el bar. Correr al colegio. Repetir las mismas lecciones que los profesores se emperraban en mandarles día tras día. Correr a casa, arreglar el huerto. Recolectar hortalizas, huevos y preparar la comida. Todo listo para que su padre llegase y no hubiera nada fuera de sitio. Eso no aseguraba que cualquier inconveniente real o fruto del azar despertase las iras de su padre y recibiese la paliza tradicional.

Lázaro no se había dado cuenta entonces de que, a aquellas alturas de la vida, él ya era más fuerte que su padre. Incluso si éste no hubiese dedicado los últimos años a debilitar su cuerpo con enormes ingestas de alcohol, absoluta falta de ejercicio físico y pobre alimentación, posiblemente Lázaro podría haberse defendido y vencido fácilmente. Pero, de la misma manera, que el pueblo tiranizado no es consciente de que solo con su superioridad numérica podría hundir a los tiranos que lo tenía oprimido y permanece esclavo con una soga imaginaria, Lázaro nunca se enfrentó a su déspota particular.

Puede que si Lázaro se hubiese sublevado ante el yugo de su progenitor hubiese aprendido una gran lección. Puede que su forma de entender el mundo hubiese cambiado y se habría enfrentado a su futuro con una postura más activa, más autosuficiente y más valiente. Puede que esa lección de valor y amor propio hubiese forjado un espíritu luchador y emprendedor que lanzase a aquel joven mísero y apaleado en un camino hacia el estrellato propio y ajeno. Un futuro donde el valor de uno y la creencia en sí mismo podía levantar y destruir cualquier obstáculo interpuesto entre uno y la meta a alcanzar.

¡Qué gran lección habría sido!

Sin embargo, nunca lo sabremos. Porque Lázaro jamás levantó una mano contra su padre, sino que bajó su frente y obedeció siempre. Por temor, por vergüenza, falta de autoestima o, puede, que por simple estupidez. Y así lo hizo hasta que un día, esperando la llegada de su padre el alcalde del pueblo, quien no había puesto pie en su casa en lo que Lázaro recordaba de vida, apareció en el umbral de su puerta, con traje negro, bigote arreglado y mueca sombría en el rostro.

-Lo siento chaval, -dijo sin ni siquiera saludar, presentarse, lo que extrañó mucho a Lázaro, ya que según le enseñaban en el colegio, eso es lo primero que tenías que hacer cuando te dirigías a un desconocido de manera educada. -Me temo que tu padre ha muerto, -añadió el alcalde. El hecho de que fuese de cirrosis no era interesante para Lázaro, como tampoco debería serlo para usted como lector. Ya que, aunque la Muerte se vista de seda… sigue llevando guadaña.

-¡Oh! Entonces me tomaré yo la cena, -respondió Lázaro. Lo que le sorprendió mucho más al alcalde de lo que se había sorprendido Lázaro antes, así como confirmó muchas de las habladurías del pueblo sobre esa familia.

Es de entender. El alcalde nunca había estado en la casa. Nunca había hablado con Lázaro anteriormente y tampoco se había interesado hasta ahora por su vida. Poco sabía de lo acostumbrado que estaba el joven a la muerte y a la pérdida a su alrededor. Como tampoco conocía el aislamiento al que se había visto sometido y que había creado una percepción de la realidad completamente ajena a las convencionalidades y presiones sociales de sus paisanos.

De la misma manera, Lázaro tampoco había mostrado mucho interés por el funcionamiento ordinario de una sociedad civil como la de su pueblo. No disponía de las habilidades sociales necesarias para entender lo que era la empatía o lo que estaba bien o mal percibido socialmente hablando. En la psicología moderno puede que le hubiesen diagnosticado un trastorno Asperger. No obstante, los pomposos y arrogantes psicólogos modernos se habrían equivocado. A Lázaro, simplemente, le daba igual lo que opinasen los demás.

Lamentablemente para él, repudiar e ignorar la opinión y la vida ajena puede resultar eminentemente positivo para la tranquilidad mental y de espíritu propio, sin embargo, lo quisiera o no, lo supiera o no, él vivía en la sociedad regida por otros y debía someterse a sus leyes como todos los demás. Hecho muy importante que estaba a punto de darle más problemas de los que creía que fueran posibles y que le harían pensar, en más de una ocasión, que su padre le hizo una gran jugarreta al morirse y destruir su estatus vivendi.

Lázaro apenas sabía escribir, leer o manejar la realidad matemática. De manera que cuando el juez del ayuntamiento le explicó que ya tenía edad de emanciparse si quería, él no entendió lo que significaba emanciparse. Pero, por vergüenza, no se atrevió admitirlo y dijo que sí. Tal vez eso significaba que le darían algo gratis. Y no quería desaprovechar la oportunidad.

Todo lo que vino a continuación también se escapó a su entendimiento. Conceptos como herencias, legados, certificados de defunción o incluso de nacimiento, el suyo para ser más específicos, escrituras de propiedad e inscripción en el Registro Civil eran algo de otro mundo. O por lo menos, no del suyo.

Lázaro hizo lo que mejor que sabía hacer, que no es otra cosa que seguir órdenes por miedo a hacer el ridículo o a ser reprendido.

Hubo entre todos los asistentes, que tratándose de un pueblo no eran pocos, ya que la curiosidad atraía a los pueblerinos hacia un acontecimiento extraordinario como aquel más que el estiércol a las moscas, alguien que supo aprovechar la situación. Propietario de los terrenos colindantes a la, ahora, propiedad de Lázaro, se ofreció voluntario a guiar al joven huérfano por los intrincados vericuetos del laberinto burocrático en el que se encontraba perdido.

Este Cicerone inesperado y no solicitado, convenció con elocuente argumentación al pobre Lázaro de que un joven como él, aunque emancipado, no poseía la preparación, experiencia o capacidad necesaria para llevar por sí solo las labores de mantenimiento y cuidado de una residencia como la suya, junto con el huerto y la granja. Sería en el mejor interés del propio Lázaro venderle la propiedad a él, que ya cuenta con los trabajadores para ello y que, al estar en el linde de su propia propiedad, no tendrían que desplazarse.

Las explicaciones, aun irónicas para el humilde lector, al saber que Lázaro había dedicado su día a día en hacer él solo lo que su voluntarioso benefactor procuraba convencerle de ser incapaz, se alargaron durante tediosos minutos. Minutos que Lázaro dedicó a fingir que escuchaba. Y que finalizaron con él, una vez más, firmando papeles que alguien más adulto que él, le decía que debía firmar.

Tras la sesión de firmas, Lázaro dispuso de una casa menos, una huerta menos, una granja menos, unos terrenos menos, unos animales que le sustentaban diariamente menos, ah, sí, un padre menos y todo a cambio de una suma de dinero que cualquier persona racional habría considerado un insulto. Lázaro no se encontraba entre ellos.

El dinero que recibió cubrió el funeral de su padre, que de buena gana habría enterrado en una de las esquinas de su huerto. No obstante, no solo existía un problema legal al respecto, sino que también se adicionaba el pequeño detalle de que el artículo posesivo había cambiado al mismo tiempo que la posesión del huerto, no siendo suyo nunca más sino del avispado vecino.

Tuvo que pagar también por las misas. A las que debía acudir. “Era lo apropiado”, según le repetían unos y otros mostrando la palma de su mano conforme recolectaban los honorarios que, también, eran lo apropiado, al parecer.

Poseedor ahora de una cantidad de dinero y, aún más, siendo ahora una imagen reconocible en la vecindad, su presencia gratuita en el colegio llamó la atención. Había llegado entonces también la hora para Lázaro de aprender la lección de que todo tiene un precio. Y el de la educación no parecía barato, sobre todo comparado con lo que pagaba antes, que era nada.

En cuestión de días Lázaro vio desaparecer los restos de su familia, sus posesiones, su dinero y su seguridad.

 

 

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