Saturno, el cobro de una deuda

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Saturno paseaba de nuevo por las calles de Atenas. Sus pasos solitarios creaban ecos que atravesaban la barrera del tiempo y que sólo él podía oír, ya que sus ojos hacía años que habían dejado de serle de utilidad.

Grecia había cambiado a lo largo de los siglos. Olía diferente. Olía a McDonalds, a Kentucky Fried Chiken y Cocacola. La esencia de un país orgulloso había quedado sepultada por la pestilencia de la cultura extranjera. Grecia apestaba al sudor rancio de América abandonado sobre el cuerpo de una Europa violada. Y por unos instantes Saturno deseó que aquellas cuencas vacías pudiesen llenarse con lágrimas que lavasen su pena.

Pero una brisa llegó de improviso que despertó sus pituitarias. Saturno inspiró con fuerza moviendo su cuello en todas direcciones intentando detectar la procedencia de aquella ambrosía que calentaba sus pulmones de repente.

Como atrapada por un anzuelo invisible, su nariz se detuvo en seco. La punta señalaba un callejón a su izquierda desde el que tímidas voces se escurrían en la noche como riachuelos de agua en un día de lluvia.

-El partido está muerto. Debemos volver a los orígenes.

Las palabras llegaban a él como el aroma de pasteles recién horneados. Su cuello se giró en dirección al callejón con la rapidez de un gato que oye un ruido inesperado. Y sus pies se pusieron en marcha en la misma dirección en la que apuntaba su nariz, siguiendo el hilo de la conversación que llegaba a sus expertos oídos.

-Europa es la puta de Alemania -, continuaba la conversación. Y estas palabras provocaron una sonrisa en el agrietado rostro de Saturno.

La información que le habían dado a cambio de sus favores era cierta. El viejo espíritu del comunismo, su espíritu, estaba creciendo en Grecia de nuevo. Pero necesitaba que alguien lo alimentase, necesitaba combustible para avivar las brasas que nuevos aires ya estaban soplando, para encender el fuego que arrasaría con el capitalismo que había infestado el mundo. Y de las cenizas que quedarían después de arrasar con todo, él se alzaría como un Ave Fénix para guiar a sus hijos por el camino recto y justo del Comunismo. Y así volvería a ser poderoso, a ser… joven.

-Debemos conseguir retirar a los viejos. La cúpula está aposentada en sus asientos como si fueran tronos –dijo una de las voces.

-Ya solo piensan en la comodidad de sus puestos. Les gusta hablar de la ideología, pero hablando no vamos a conseguir nada. Necesitamos tomar las riendas del partido y pisar el acelerador, o nos quedaremos atascados en el lodo en el que nos han metido los ancianos –confirmó una segunda voz.

La sonrisa de Saturno se hizo tan amplia en su boca que sus roídos dientes amarillos asomaron tras los labios.

Sus pasos se aceleraron conforme la conversación resonaba con más fuerza en sus oídos. Su bastón golpeaba el suelo buscando objetos en el suelo que tropezasen su caminar. Y al mismo tiempo chocaba con las paredes a ambos lados. El callejón era estrecho. Y aunque sus ciegos ojos no podían verlas, las pintadas de grafitis en los muros resonaban en el eco que el bastón le devolvía. Estiró su mano derecha y acarició la pared mientras se abría paso en el callejón. La yema de sus dedos acarició el relieve de la pintura.

Trescientos jóvenes armados con hoces y martillos y vestidos con la bandera griega esperaban preparados en un paso de las Termópilas ficticio a una horda de un millón de hombres de negro, banqueros, políticos y esclavos que soportaban bajo sus hombros un trono inmenso. Sobre él un Xerxes avaricioso representado por Ronald McDonald dispuesto a devorar el mundo a su paso, apuntaba con un dedo beligerante en la dirección de la guerra, animando a sus ejércitos a acabar con todo lo que se interpusiera ante él.

-Pero ¿cómo podemos hacerlo? –preguntó la primera voz.

Y en la mente de Saturno sonó como la señal de su entrada en escena.

Su anciana mano apareció de la nada, de la oscuridad del callejón, y se posó como la garra de un halcón sobre su presa en el hombro de un joven griego.

-Yo puedo ayudar en eso –dijo Saturno.

Su aparición asustó a los dos jóvenes.

Su primer instinto había sido correr, pero la zarpa de Saturno retenía con fuerza el hombro de Adelphos. Y Eneas no iba a abandonar a su hermano.

-¿Qué deseas anciano? –preguntó Adelphos sacudiendo su hombro sin éxito.

-Lo mismo que vosotros, al parecer –, contestó Saturno apretando un poco más con su mano.

Adelphos fruncía el ceño. Aquella mano le agarraba con tal fuerza que parecía fundir sus dedos en la carne y fijarlo al suelo. ¿Cómo era posible que un anciano ciego pudiera tener tanta fuerza?

-¿A qué se refiere? –le interrogó Adelphos de nuevo.

-Será mejor que primero vayamos a algún sitio donde el frío no haga tanto daño a mis envejecidas piernas -, contestó Saturno soltando a su presa. Pero rápidamente agarró el brazo del joven a la altura del codo usándolo de bastón.

Eneas fijó su mirada en la mano de Saturno. Su muñeca quedaba desnuda y un tatuaje descolorido por los años asomaba al descubierto. Un simple gesto con la cabeza fue suficiente para que Adelphos bajase la mirada y viese una borrosa hoz y un martillo cruzados.

Todavía no sabían si estaban en problemas o no. Pero la parte del frío parecía haber anidado con éxito en sus mentes, y de repente, la idea de un lugar cálido crecía en sus cabezas como una magnífica idea.

Sin saber muy bien cómo, los dos hermanos siguieron los pasos de Saturno en silencio. La mínima presión de su mano sobre su brazo les guiaba como las riendas de un carruaje.

La ciudad era antigua, pero los caminos que recorrían parecían aún más antiguos que la propia urbe. Giros en esquinas, callejones por los que nunca habían caminado, edificios cada vez más viejos que nunca habían visto antes pasaban delante de sus ojos. Hasta la luz de la luna parecía envejecer a cada callejuela, lo que era curioso, porque parecía sufrir el efecto contrario a envejecer. La Atenas que estaban recorriendo era antigua, y cuanto más antigua se volvía, más parecía rejuvenecer. Cuanto más distantes en el tiempo caminaban, la luz era más brillante, más vieja, pero más nueva al mismo tiempo. Sus mentes no podían explicárselo, pero algo en su interior parecía decirles que todo tenía sentido.

Estaban andando, pero al mismo tiempo no se estaban moviendo en el espacio. Estaban recorriendo un camino distinto al de los mortales sin darse cuenta. Y aquel extraño anciano parecía guiarles exactamente por donde debían caminar.

-Aquí –anunció Saturno deteniendo su andar.

Adelphos y Eneas alzaron la mirada y leyeron el letrero: “The Travelling Players”. Eso es lo que decían sus ojos, pero cuando su mente lo leía, las palabras cambiaban y decían: “True Lies”.

A través de los cristales se escapaba una luz mortecina. La promesa de una taberna repleta de humo, luz tenue, cerveza caliente y ambiente para historias que solo deben ser escuchadas por unos oídos selectos. Ninguna imagen, ninguna sombra. Sólo una fachada. Pero en ese momento la puerta se abrió. Y del interior salió una mujer. Una mujer como no habían visto jamás los dos jóvenes y como no volverían a ver jamás en sus vidas.

Su cuerpo solo estaba cubierto por una tela blanca perfectamente ceñida a su impresionante figura, desde su hombro izquierdo, bajando por su cintura, enrollándose en ella como una serpiente y bajando por unas largas piernas hasta sus tobillos donde cintas de cuero ajustaban unas sandalias a sus pies. Bajo su brazo derecho sujetaba un casco metálico con suavidad y elegancia, mientras en su hombro izquierdo descansaba un búho de ojos curiosos que penetraba con su mirada a los tres recién llegados.

-Hola Saturno –saludó Atenea inclinando su cabeza al mismo tiempo que su búho, y ofreciendo por primera vez al conocimiento de Adelphos y Eneas el nombre del extraño anciano que les había cautivado misteriosamente.

Saturno inclinó su cabeza a modo de saludo. Y lo mismo hicieron los dos jóvenes mientras miraban de reojo cómo aquella maravillosa figura desaparecía en una niebla nocturna que no habían notado que allí estuviera antes.

Cuando la hipnótica presencia de Atenea desapareció de sus mentes, sus cuerpos recuperaron la libertad de movimiento. Y un leve tirón de Saturno los introdujo en el edificio.

Guió sus cuerpos en torno a los oriundos del lugar, porque sus mentes se perdieron en el tumulto de figuras extrañas, de personajes de leyenda, ideas, sueños y misterios que bebían y reían en aquel extraño lugar.

Cuando sus consciencias llegaron con retraso a donde Saturno los había guiado, sus ojos reconocieron un apartado. No entendían lo que habían visto, así que lo olvidaron con facilidad y sus cerebros comenzaron a reconocer objetos más familiares. La madera de la mesa enfrente de ellos, los asientos poco mullidos, el olor a cerveza y tabaco que les rodeaba por todas partes, las manchas en el suelo y las cáscaras de cacahuetes… estaban en un bar. ¿Qué más necesitaban saber?

-Así que queréis recuperar el viejo espíritu del partido –sonó la voz de Saturno en sus cabezas rompiendo el hechizo que les mantenía cautivados. Y en ese momento toda distracción pareció sucumbir ante la figura de Saturno.

-Sí –contestó Adelphos.

-Los ancianos ya no creen en las ideas que predican –secundó Eneas.

Saturno asintió. Y su mirada hueca llena de curiosidad pareció abrir los diques de ansia e ideas nuevas que sonaban a viejas ideologías que los dos hermanos acumulaban en sus pechos.

El tiempo pasó, puede que lentamente, puede que rápidamente. Era difícil de saber cuando la pasión fluía desde sus corazones hasta sus bocas. Las palabras brotaban de sus labios evocando verdadero espíritu comunal. Sus ideas, que parecían utopías en el mundo real, parecían cobrar esencia y realidad a través de sus palabras en aquel lugar.

Y Saturno les escuchaba alegre mientras su felicidad al oír aquel espíritu comunista tan joven, tan puro, tan real, animaba a los hermanos a continuar hablando, a continuar soñando y creando mundos mejores para todos sus compatriotas y para todo el mundo. Porque un mundo comunista era un mundo mejor. Y ellos sabían cómo conseguirlo.

El anciano que tenían delante no les había dicho nada, pero les entendía, les escuchaba y les daba la razón con sólo sonreír.

Saturno estaba orgulloso de Adelphos y de Eneas. Todo lo que había escuchado de sus bocas era exactamente lo que esperaba oír. Habían entendido perfectamente lo que significaba ser comunista. Habían dejado atrás la superficie de los libros de filosofía, de ciencia política y de los estereotipos con los que el capitalismo y la sociedad moderna habían querido mancillar la sinceridad y la esencia altruista que él representaba.

Adelphos y Eneas eran dignos hijos suyos.

El discurso cesó cuando los dos hermanos acabaron sus argumentos y sus sueños desperdigados sobre la mesa en forma de palabras.

En ese momento se percataron de la nueva presencia.

Un hombre se alzaba junto a la mesa del reservado.

No era un camarero. De eso podían estar seguros. Sin embargo, al mirarle creyeron reconocerle, no sabían realmente con qué nombre identificarle, porque cuando creían encontrar un parecido, una cara a la que asignarle una persona concreta, un pestañeo después su rostro parecía cambiar y parecerse a otra persona que creían conocer sin saber realmente a quién o por qué.

-Hola Loke –saludó Saturno.

-Hola Saturno –devolvió el saludo el dueño de la taberna. –Te dije que la información era buena.

-Tenías razón –, afirmó Saturno sin que los dos hermanos entendiesen nada de la conversación.

El recién llegado sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. Un cuchillo de carnicero perfectamente afilado que ninguna lógica podía explicar de dónde lo había sacado realmente. Pero la Lógica estaba atareada en esos momentos disfrutando de una cerveza en otro reservado del bar, al parecer.

Loke dejó el cuchillo frente a Saturno, encima de la mesa, con el mango perfectamente alineado con las marcas de la madera y al alcance del anciano.

Los dos hermanos no entendían absolutamente nada de lo que estaba pasando en esos momentos. Pero no importaba. Apenas habían entendido nada de lo que había pasado desde que Saturno se había cruzado en su vida, de la misma manera que la presa desconoce que está en peligro hasta que es demasiado tarde.

-Que aproveche -, dijo Loke mientras se daba media vuelta y volvía a sus quehaceres, y sin que los dos jóvenes pudiesen ver frente a ellos alimento alguno que explicase la invitación a comer.

Loke anduvo tranquilamente, dejando a su espalda un reguero de sangre que teñía de rojo el suelo del bar mientras los gritos de dos jóvenes se sumergían en la normalidad de un lugar donde nada era normal.

Saturno volvía a alimentarse de sus hijos, como había hecho desde que nació su mito en la mente de los hombres.

El ciclo se cerraba.

Una deuda había sido saldada.

FIN

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