De cómo reírse de la Muerte con… pollas

Black_laughing_death_with_a_big_horglass_and_a_scythe_tattoo_designLo que cuento a continuación es un hecho real.

He cambiado algunas cosas para no identificar a las personas reales. Pero los acontecimientos son tan verídicos como la caída del muro de Berlín.

Hace poco, diagnosticaron un tumor cerebral a una concocida. Uno de esos tumores de los que no hay esperanza de vida. De los que miras al doctor con ojos de gato pidiendo leche desesperadamente y él te devuelve esa mirada diciendo: “No majo no. Que la va a palmar”. Y tú le vuelves a mirar, pero esta vez como te enseñó tu madre de niño. Es decir, con mirada de “por favor”. Y él erre que erre: “Que no, majo. Que te he dicho que la va a palmar”, “pero seguro.” “Sí, sí, seguro”. “Pero seguro, seguro”. “Joder, ahora me haces dud… Que no joder, que la espicha, estira la pata, se muere, pasa a mejor vida… mueeeerrrrrtaaaaa”.

Bueno, ese tipo de tumor. Supongo que me entendéis.

Para más inri, todo esto lo contaba el doctor mientras el marido de la ahora ya difunta (siento decirlo) se encontraba en tratamiento de quimioterapia por otro cáncer.  Éste tipo de cáncer no era del tipo “majo te vas a morir”. Este era más del tipo “Pues mire usted, puede que se cure y puede que no” que tanto les gusta a los médicos.

A todo esto, la pareja tenía dos hijas adolescentes que esas Navidades habían pedido un par de Iphones a Papá Noel, pero en cambio, el gordo cabrón vestido de rojo había llegado con su bolsa de regalos por la noche y había dicho: “Ho, ho, ho… ¿qué tenemos este año para estas preciosas chicas? ¿Habéis sido unas niñas buenas? Sí, seguro que lo habéis sido. Bien, pues como premio, Santa Claus os ha traído CANCER para papá y mamá”.

En fin. Todo una fiesta.

Ante una imagen tan agradable y navideña como esta, cual caballeros andantes, parte de mi familia y el que escribe cogimos el coche y nos fuimos a ver a la familia para ver si necesitaban algo, para animar el cotarro y hacer esas cosas que se hacen cuando Santa Claus te trae cáncer por navidad.

Mi madre, antes de que llegásemos me dijo: “Hijo, no seas burro”.

“No sé a qué te refieres, mamá” le contesté yo.

“Hijo, que nos conocemos”, insistió ella.

Sinceramente, no sé a qué se refería.

La cuestión es que allí estábamos. En una casa llena de alegría y jolgorio intentando fingir que allí no pasaba nada.

Y ese es el problema en estas situaciones. Es como si la Muerte, con su túnica negra y su guadaña estuviese allí sentada con una taza de tú en sus manos y todos intentasen no mirar hacia ella.

La primera pregunta que se hizo fue la de siempre:

“¿Qué? ¿Cómo estáis?”

Y la respuesta fue también la de siempre:

“Na, pues bien”.

Mis cojones. ¿Qué ostias iban a estar bien? Pero las convencionalidades son así. Se sacan temas que no tienen el más mínimo interés para ver si los afectados pueden pensar en otra cosa que no sea el esqueleto que toma el té a tu lado.

Así que se me ocurrió que podía cambiar de tópico a algo menos convencional dirigiéndome a las dos hijas.

“Bueno, y vosotras ¿cómo andáis de pollas? ¿Algún capullo está intentado meterse bajo vuestras bragas?”

Fue cómo un relámpago. De repente, el esqueleto con guadaña desapareció y todo el mundo se fijó en el idiota que había dicho pollas y bragas en medio del tráiler de un funeral.

Porque así son las visitas a los enfermos terminales. Son como un mal anuncio de una serie que va a acabar: “Próximamente en la vida de tu madre”. Prrrrr. La palma. Fin de serie. “No se pierda la segunda parte ‘Papá también la palma’ este otoño en los mejores cines”.

Fiel a mi teoría de que si metes la mata es mejor meter la otra y escarbar hasta esconderte bajo una montaña de estiércol con una sonrisa,  comencé a hablar de pollas todo el rato. La familia me miraba perpleja. Supongo que sus mentes bullirían entre la perplejidad y la indignación de mi madre. Las madres saben cómo lanzar miradas de indignación mejor que nadie. Y como se suele decir, “si las miradas matasen” hace tiempo que yo estaba bajo tierra.

Pero la cosa es que, después de unos minutos me tiré a la piscina de mierda de cabeza con un: “¿Qué Andrés (nombre ficticio), aún se te levanta con toda esa mierda por las venas? Porque lo de las náuseas es una mierda, pero que encima no se te levante tiene que ser la hostia”.

El hombre comenzó con un simple y tímido “Si te soy sincero, …”

Poco tiempo después, nos pasamos 2 horas en las que nos olvidamos por completo del cáncer, del tumor, del ataúd de la futura señora, de la soledad de las niñas y de las mierdas de la enfermedad, y llenamos la habitación de pollas. Pollas por todas partes. Pollas viejas que no se levantaban, pollas jóvenes, pollas enormes de actores porno en internet. Pollas, pollas, pollas y más pollas por todas partes. Un mundo maravilloso donde las pollas eran el pilar maestro de la sociedad. ¿Quién sabe? A lo mejor si te comías una polla te curabas del cáncer. Y comenzamos un debate.

“¿Tú qué harías papá?”, le pregunté. “Tienes cáncer, la única cura es comerte una jugosa, carnosa y sudorosa polla de macho. ¿Qué harías?”

“Morirme fijo chaval” soltó el muy burro mientras los demás se descojonaban.

“Venga papá. Seguro que no es para tanto. Solo es una polla. Así, un lametón rápido en la puntita”.

“Que no hijo. Ni de coña”

“Veeeeeengaaaaa. Al fin y al cabo te besas con mamá  y seguro que esos labios han pasado…”

“Tu madre no come pollas hijo”, me cortó rápidamente.

“Mira, otra que se va a morir de cáncer”, soltó una de las niñas envalentonada provocando la risa de todos en la mesa.

Y así, entre polla y polla, risa y risa, pasamos la tarde.

La madre, sigue enferma. Murió seis meses después tal y como predijeron los médicos. Todos vamos a morir tarde o temprano. Pero gracias a un cipote, a una verga, a un cimbel… a una conversación sobre pollas, al fin y al cabo, se olvidó por un rato de su mala situación.

Porque políticamente correctas o no, las pollas son pollas. Nada más.

Y siempre sirven para pasar un buen rato.

Así que os dejo con la pregunta:
¿Qué haríais si tuvieseis cáncer y chupar pollas os curase?


¿Por qué escribo esto?

Muy sencillo.
Estoy especialmente orgulloso de aquel día. Pero además, siguiendo con la idea de mi último post, este es un ejemplo de cómo escribo. De mi sentido del humor y de lo que puedes encontrar en mis novelas.

Y si te has reído con esto, pues seguro que te reirás con mis libros.

Así que echa un vistazo.

Pincha en la imagen para comprar el libro

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