La Guía del Turista Extraordinario: Una aventura de Hanna Erinson

Icelan CairnEl pasado Julio me fui de vacaciones a Islandia. Un país tan caro que da vergüenza pero precioso. Tan lleno de vegetación y naturaleza, tan vacío de gente y tan distante y aislado que me inspiró para mi próxima saga de novelas. Sí, habéis oído bien. No será una sola novela sino una colección completa de novelas juveniles que tendrán como título “La Guía del Turista Extraordinario”.

Desgraciadamente sé que me va a llevar mucho tiempo terminar la primera de todas. Pero hoy, por primera vez en mucha tiempo he vuelto a escribir, por lo menos, el Prólogo. Y sé que cuando escribo el prólogo ya he empezado. Como dice el proverbio:

“Un viaje de diez mil kilómetros comienza con un solo paso”.

Y ese primer paso es el prólogo.

Aquí os lo dejo para quién quiera leerlo:

Prólogo

Había dejado atrás los campos humeantes de lava. El calor asfixiante se había convertido en ráfagas de viento helador al salir a la superficie. El exterior era gélido como sólo podía serlo en aquellas longitudes del planeta. La noche, si es que aquella luz ambarina que se llegaba desde el horizonte se podía llamar noche, era despejada, lo que hacía que el calor del ambiente se escapase aún más rápido hacia la atmósfera, y él había dejado cualquier ropa de abrigo en el interior. Solo correr le mantenía en calor. Por desgracia, correr a su edad no era una opción que pudiese mantener durante mucho tiempo. Hacía muchos inviernos que había dejado atrás la juventud. Pero todavía quedaba algo de fuego en su viejo corazón y miedo suficiente en sus piernas como para forzar la máquina al máximo.

Por un segundo pensó en dirigirse dónde había dejado su coche. Pero su cerebro descartó la idea enseguida. Si iban tras él, el coche sería el primer lugar donde le esperarían y no había vivido todos esos años cometiendo errores de principiante.

Vadeó las colinas, siguió las corrientes subterráneas aprovechando las fumarolas. El olor sulfuroso a huevo podrido que supuraba la tierra constantemente escondería su rastro y le daría algo de ventaja. Pero aun así el eco de sus propios pensamientos le iban repitiendo con cada pulsación: “no lo conseguirás viejo”.

Y sabía que tenía razón. Pero rendirse no era una opción.

Se detuvo un segundo a recuperar el aire. Posó sus manos sobre sus rodillas para aguantar el peso de su cuerpo, preguntándose a sí mismo quién aguantaría el peso de sus piernas. Respirar costaba demasiado. Su pecho subía y bajaba pesaroso y con esfuerzo. Podía notar un sabor metálico en la garganta. Posiblemente estaba sangrando. Pero no era momento de preocuparse de eso. Levantó la mirada y vio a lo lejos una gran nube de vapor blanco brillante. Las luces de uno de los balnearios de la zona se reflejaban en la torre de agua que se evaporaba de las termas. Si conseguía llegar allí a lo mejor tenía una posibilidad.

Pero era mucho pedir.

A lo lejos, pero no tan lejos como a él le gustaría, pudo oír el ruido de sus perseguidores. No era un aullido. Allí no había lobos. Y ojalá los hubiera. No. Aquellos ruidos provenían de otros seres mucho más peligrosos que simples lobos. Y ya fuera el sonido de aquellos gruñidos en la fría noche o el sudor de su espalda bajando por su nuca, el miedo comenzó a bombear de nuevo sangre a sus venas y movilidad a sus piernas sin importar la edad de ambas.

Con pasos torpes saltaba entre las rocas del camino. Corría ya sin seguir el olor podrido de las fumarolas. Estaba claro que esconderse ya no era una opción. Giró a la izquierda. Escaló el desnivel que había entre la carretera y el exterior empedrado. Por lo menos un firme liso le haría correr con más seguridad y más rápido. El aire entraba helado en sus pulmones quemándole la garganta. Pero aún era más helador el ruido de sus perseguidores.

Sus rodillas se quejaban con fuertes pinchazos. Y cada vez que levantaba la vista, las luces del balneario no parecían estar más cerca ni un solo metro. Sin embargo, el sonido de lo que fuese que le estaba buscando se distinguía en sus oídos cada vez más cercano.

Sin dejar de correr se permitió echar una mirada atrás y cuando vio un brillo rojizo en lo alto de la colina su mente volvió a decirle con tono triste: “ahora sí que no lo consigues viejo”.

En ese momento se detuvo. Pero no fue decisión suya.

En el corto periodo que había dejado de mirar la carretera se desvió un poco y sin verlo tropezó con un montículo de piedras.

Cayó al suelo rodando un par de metros por el suelo. Su cabeza golpeó una de las rocas y la sangre comenzó a caer por su frente cegándole en el ojo derecho. El miedo le hizo intentar levantarse, pero la vejez jugó en su contra. El tobillo izquierdo no podía sostenerle. Y el sonido de sus perseguidores se hacía cada vez más cercano.

“Estás acabado viejo”, se oía a sí mismo decir.

Se llevó la mano a la frente y se limpió la sangre de la cara. La visión todavía era borrosa, pero cuando vio el montículo con el que se había tropezado casi se echa a reír.

Medía un metro y medio, más o menos. Consistía en decenas de piedras apiladas juntas a modo de cono achatado que terminaba en una forma redondeada.

Los aullidos, si es que se les podía llamar así, sonaban más cerca. Y el terror se apoderó de sus manos.

Del interior de una bolsa que le colgaba del hombro sacó un libro y una gafas. Sus manos temblaban, sin saber si era por el frío, las prisas o el miedo. Pero abrir las páginas estaba resultando estúpidamente difícil, y ponerse las gafas aún más.

No era capaz de ver a sus perseguidores, pero podía oír cómo las piedras se movían a su paso y cómo el mismo suelo temblaba conforme se acercaban.

“No tienes mucho tiempo, viejo. Más vale que tengas suerte”, se dijo a sí mismo cuando encontró la página que buscaba.

Se colocó las gafas ignorando el temblor de sus manos, de sus piernas y el del suelo, que anunciaba la llegada de un destino que llevaba evitando demasiado tiempo. Miró la página adecuada con atención para después mirar el montículo con más detenimiento. Volvió a mirar el libro y al montículo como quien compara fotografías con la realidad. Y cuando creyó detectar lo que estaba buscando, estiró la mano, presionó varias rocas y un hueco se abrió en la base. Con rapidez se quitó las gafas, cerró el libro y lo guardó todo en la bandolera de viaje. Lo introdujo en el hueco del montículo. Se inclinó sobre él, susurró unas palabras a la cima mientras presionaba otro par de rocas seleccionadas y el hueco se cerró.

Cuando escuchó el sonido de las rocas deslizarse unas con otras y pasó la mano sobre ellas para ver que no había espacio entre ellas que permitiese ver ningún hueco dejó caer el peso de su cuerpo sobre el montículo.

“Se acabó”, se dijo a sí mismo.

Su respiración se ralentizo. No tenía escapatoria. Y eso le hacía enfrentarse a lo que venía con tranquilidad. Sus perseguidores también lo sabían. Y por eso ya no corrían.

Uri Erinson parecía dormir apoyado sobre el montículo. No necesitaba comprobar que lo que le perseguía ya no lo hacía más.

Y, aun así, cuando abrió los ojos… el monstruo estaba allí.

-Llegas tarde, – le desafió con una sonrisa, sabiendo que al día siguiente su nieta Hanna recibiría la peor de las noticias.


 

Espero que os haya gustado.

Como he dicho, por desgracia, todavía queda mucho para que la termine, pero siempre podéis esperar leyendo alguna de mis anteriores novelas.

😉

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