Apocalipsis No: Capítulo 2

La ramera de babiloniaSigo teniendo grandes problemas para poder continuar escribiendo mi última novela. El estrés del trabajo, la difícil vida en Egipto… pero no desespero.

En esta continuación de la novela presento una escena corta donde hace aparece por primera vez uno de los personajes de más relevancia en la historia.

BABILONIA

Lee el capítulo:

“No existe en el universo fuerza más poderosa que el deseo de venganza de una mujer despechada”

Boris Sanders

Mientras un cabizbajo Michael comenzaba su camino, un día más, hacia su puesto de trabajo, a unas 136 millas de allí, la ciudad de Filadelfia bullía de gente, al igual que el resto del planeta. Sin embargo, la catedral de San Pablo y San Peter estaba vacía. Hacía tiempo que ya no se ofrecían misas. Puede que la fe no hubiese desaparecido de los corazones del hombre, pero los rituales semanales, las tradiciones y costumbres eran más difíciles de mantener. Además, Dios parecía haber dado la espalda a los hombres… así que la humanidad pensó que pagarle con la misma moneda no estaba de menos. La gente se hacinaba en las calles, en los parques, en los edificios… pero evitaba las iglesias con rencor, como los exnovios que procuran no visitar los lugares comunes para no encontrarse.

No dejaba de ser irónico que antes del incidente, antes del día del juicio, los hombres, dudando de la existencia de Dios, acudían suplicantes a las iglesias. Imploraban a un cielo que no contestaba que les diese una muestra de que toda su fe no era en vano, que no estaban perdiendo el tiempo. Ahora que esa petición había sido resuelta, que toda duda había sido barrida de golpe de sus mentes… ahora abandonaban los mismos con la respuesta a sus plegarias, pero sin alivio en sus corazones.

Sin embargo, en ese momento, en el centro de la capilla, anclada al suelo, el ara albergaba una visitante todavía sujetada a su cuerda de anclaje y a los bordes del altar.

Decenas de cartas quedaban desparramadas por el suelo. Lo que hacía unos instantes había sido un castillo de naipes era ahora desorden y caos. El trabajo de horas había quedado reducido a un montón de cartas. Era frustrante, y, aun así, las volvió a recoger, las juntó en un paquete sólido, cogió la dos primeras y formó una pirámide con ellas.

Sus manos, suaves como el mármol del altar, temblaban ligeramente mientras se esforzaba en mantener el equilibrio de los naipes. Sus labios se apretaban el uno contra el otro instintivamente como efecto de la concentración. Un mechón moreno bailaba frente a sus ojos molestándole, pero no paró a retirarlo hasta que las dos cartas se sujetaron por sí solas. Acto seguido cogió otras dos para repetir el mismo ejercicio.

El padre Christoph la había estado observando en silencio escondido tras la puerta de la sacristía. Ella no debería estar allí, pero ver a alguien en su iglesia después de tanto tiempo resultaba agradable, aunque fuese de aquella manera tan extraña.

–¿Qué es lo que hace aquí señorita? –le dijo saliendo de su escondite.

–No le he oído llegar padre –contestó ella sin inmutarse ni dejar de montar las piezas –. ¿Qué me decía?

–Tarde o temprano la gravedad volverá a fallar y se caerán –comentó el cura intentando ignorar la extraña situación.

–Ya lo sé.

–Entonces ¿por qué volver a empezar?

–Porque me ayuda a pensar, padre.

–¿Pensar?

–Sí, pensar.

–¿Sería mucho atrevimiento si pregunto en qué?

–En Dios, padre –contestó sin interés –. En cómo debió sentirse cuando le traicionaron. En cómo después de todo su esfuerzo, de todos sus planes, de todo su trabajo… un simple capricho hizo que todo se desmoronase y nos abandonase.

–Él no nos ha abandonado –replicó instantáneamente. –Nunca lo haría.

–No se engañe padre –contestó ella colocando otras dos cartas. –Se ha ido y nos ha dejado solos. Él mismo lo dijo.

–Aque… aquello fue un engaño –tartamudeó nervioso. –Esas… esas visiones eran… eran…

–La verdad, eran la verdad –terminó ella por él. –Pero aquello fue su despedida, su rabieta personal mandándolo todo a tomar viento.

–Fue un truco –insistió el padre. –Tuvo que serlo.

–Un truco dice –respondió ella indignada por su estupidez. –Un truco de los buenos. Ya lo creo.

–Pero…

–¿Pero qué? –le preguntó colocando otra pirámide de cartas sobre la base que había creado. –No hay peros, padre.

Christoph no supo qué contestar. Todos los años de entrenamiento, de enseñanzas, la dialéctica practicada en el seminario durante décadas para poder responder a cualquier pregunta de los feligreses había desaparecido. Antes era mucho más sencillo. Antes la duda era un aliado en la batalla de la Iglesia. La ignorancia de la verdad abría la puerta a cualquier explicación. Era más sencillo creer cuando no se sabía realmente en qué. La voz del templo, la voz de la Iglesia respondía las preguntas que nadie sabía contestar. Aquello parecía servirles. Pero ahora… ahora que sabían a ciencia cierta que Dios existía… ahora todo era más difícil de creer.

–¿Me encuentra atractiva, padre? –le preguntó la mujer interrumpiendo sus pensamientos.

Él la miró sorprendido, pero la pregunta había anidado en su cerebro, echado raíces con rapidez y florecía con intensidad.

Sin que él hubiese siquiera contestado, la mujer se sentó en el altar dejando sus piernas abiertas. El vestido largo que llevaba se partió en dos mostrando unas piernas bronceadas y pulidas por las manos de una artista. El trozo de tela que caía entre ellas sugerentemente se mecía dejando intuir la ausencia de ropa interior.

La mirada del padre Christoph subió inmediatamente avergonzado de sí mismo y se encontró con una sonrisa cruel.

–¿Quiere ver más, padre? –dijo ella dejando que el tirante de su vestido se desprendiera mostrando un pecho perfecto sin un ápice de vergüenza.

–Hija, por favor –exclamó él alargando la mano y sujetando el tirante antes de que cayese aún más. Pero no pudo subirlo. Dejó aquella obra de la naturaleza al descubierto que atraía su mirada como la llama de una fogata a una polilla.

Inmovilizado vio como ella cogía su mano y la guiaba al interior de su vestido. La palma de sus manos recorrieron las curvas de sus pechos al compás de sus deseos. Un gemido escapó de sus labios sonrosados seguido de una risa aguda y tímida. Ella cogió su otra mano y la guió por debajo, entre sus piernas, donde ya corrían ríos de placer que empapaban el interior de sus muslos.

–¿Le gusta, padre? –preguntó ella sabiendo de antemano la respuesta. –¿Quiere parar?

–No –se apresuró a decir sin siquiera darse cuenta.

–Él lo hizo –exhaló ella con el cuerpo entregado al placer. –Él paró y por eso ha pasado todo esto.

Christoph no controlaba su cuerpo. Apenas era capaz de pensar. Solo sabía que aquello estaba bien. Que era natural, que era lo que se suponía que había que hacer. Y que no se podía resistir.

–¿Quién eres? –quiso saber mientras se subía la sotana con prisa y se lanzaba de cabeza al pecado.

–Babilonia – suspiró a su oído.

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Si te ha gustado, no desesperes. Algún día la terminaré y podrás comprarla.

Pero mientras tanto, no te olvides que hay otras novelas del mismo autor que puedes disfrutar mientras tanto:

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