“Apocalipsis No” Capítulo 1

sunrise-on-pennsylvania-ave-abpan.com_Ya puse hace poco el prólogo y ahora pongo el primer capítulo, donde podéis ver que la novela es una completa y absoluta locura.

Y lo mejor de todo… que sólo es el principio.

Pero no os olvidéis de que hasta que la termine, podéis entreteneros leyendo mis novelas anteriores:

LUZIUS

Luzius

CUESTIÓN DE FE

Cuestión de Fe

y

 OTHAN

portada-othan1

Ahora, a leer el primer capítulo de:

APOCALIPSIS NO

Capítulo 1

El despertar de la humanidad

Michael se despertó con las manos arrugando las sábanas inconscientemente. Con el instinto de quien repite la misma acción todas las mañanas, buscó los cierres de seguridad que impedían que la ropa de cama se saliese del colchón y le dejasen libre y los presionó para notar enseguida el alivio de la presión de las cinchas que le rodeaban. Saltó de la cama y se acercó a la ventana para retirar la cortina. La luz del día le golpeó en los ojos con la fuerza de una resaca de domingo.

Le costaría unos segundos acostumbrarse a la luz. Lo suficiente como para mantener el suspense en su interior.

Cuando las pupilas dejaron de dolerle y pudo levantar los párpados, un suspiro de decepción escapó de sus labios.

Desde la habitación del Four Seasons donde vivía desde que lo rehubicaron podía ver que el mundo seguía allí donde lo había dejado la noche anterior.

Había tenido la misma pesadilla de todas las noches. Parecía parte de su maldición. Apenas lograba dormir dos horas seguidas sin que la imagen de aquella mujer rondase su cabeza para atormentarlo. La misma escena, la misma situación y la misma decisión que le había convertido en el ser más odiado del planeta.

Probó a abrir el grifo del agua, pero hacía meses que ni una gota se asomaba por él. Aun así tenía que intentarlo. Ya no sabía si lo hacía por rutina o porque de verdad le quedaba esperanza de que en algún momento el suministro se restablecería.

Abrió uno de los armarios del baño y…

–Mierda.

Se había quedado sin toallitas higiénicas.

La papelera estaba repleta de ellas. Se agachó y rebuscó entre las sobras del día anterior. Cogió una al azar y la olió.

Todavía se podía reutilizar.

Se restregó los sobacos y se vistió con la misma ropa del día anterior. Toda la demás estaba demasiado sucia.

Al abrir la puerta de la habitación encontró una cagada en la entrada. Los vecinos nunca olvidaban recordarle que no le querían allí. Nadie deseaba vivir cerca de él. Si no fuera por la superpoblación, seguramente tendría el edificio para él solo. Puede que un par de manzanas incluso. Lo único bueno de toda aquella situación es que no tenía que compartir apartamento. Nadie habría querido hacerlo.

El resto de la humanidad estaba obligada por mandamiento presidencial a convivir y ceder sus viviendas para encontrar una solución a los problemas de habitabilidad.

Michael pasó por encima del pedazo de excremento. ¿Para qué recogerlo si cuando volviese a casa se iba a encontrar otro que ocupase su lugar? Abrió el armario junto al hueco del ascensor y se colocó el arnés de seguridad. Abrió las compuertas. Hacía años que habían retirado el ascensor y lo habían sustituido por una barra de bomberos. Hoy día uno no podía fiarse de ningún artilugio mecánico, en cualquier momento podía fallar y las consecuencias podían ser fatales. Enganchó la argolla de seguridad al cable de la pared, echó una mirada arriba y abajo para asegurarse de que nadie estaba en la barra y saltó en el interior.

Se aferró con fuerza para asegurarse de que no bajaba demasiado deprisa. No era que temiera por su integridad física. A él no podía pasarle nada. Pero, qué coño, era divertido.  Tenía tan pocas razones para sonreír, que alargar un poco aquel momento era lo más parecido a la felicidad que había conseguido en años.

Sus pies tocaron tierra y la realidad volvió a tirar de la comisura de sus labios con fuerza hacia abajo.

Podía oír a la multitud fuera del portal. Se agolpaban con el murmullo de los aburridos esperando a que saliese, como buitres sobre el cuerpo agonizante de alguien perdido en el desierto a punto de perder el conocimiento… y su vida.

Michael agarró el pomo de la puerta y se detuvo. El murmullo del exterior crecía.

“Huelen el miedo”, se dijo a sí mismo.

Cerró los ojos, aunó fuerzas y salió a la luz.

Nada más ver la rendija de la puerta el griterío creció como una ola de mar a punto de chocar contra los acantilados. Una marea de gente se agolpaba por toda la avenida Pennsylvania. Miles de cabezas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, desde el Capitolio hasta la Casa Blanca. La salida de Michael creó un terremoto con epicentro en la entrada del edificio. El efecto fue el mismo que el de una piedra tirada a un estanque tranquilo. Las cabezas fueron alzándose para mirarle con el desprecio habitual mientras, de las tiendas de campaña, ancladas al suelo, se asomaban madres furiosas sujetando a sus bebés.

Lo primero en golpearle fue una lata de refresco. Aquella fue la primera gota de la tormenta por caer. Segundos después, el cielo se oscurecía con infinidad de objetos que alcanzaban a Michael.

Había una ley expresa prohibiendo todo aquello, pero las leyes solo tienen sentido cuando la gente las cumple y esta no era de esas. Tampoco tenía de qué preocuparse. Nada ni nadie en la faz de la Tierra podía hacerle daño, pero eso no significaba que la basura dejase de oler mal ni que tuviesen que hacerle la vida sencilla.

La lluvia de basura duró un minuto más, hasta que se fue acumulando alrededor de Michael. La mierda le cubría las rodillas. Pero lo que realmente los detuvo fue que habían comenzado a golpear a la primera línea de indignados y éstos, a su vez, habían comenzado a devolver los ataques entre gritos contradictorios.

Michael intentó limpiarse la ropa con las manos, pero solo conseguía extender más la porquería y mancharse más aún las palmas. Agitó sus brazos con un par de latigazos para intentar desprenderse de los trozos más gruesos y se limpió la cara con los bajos de su camisa.

La muchedumbre le observaba en silencio como seguidores a un profeta, pero sin la veneración, la devoción y el respeto que acarreaba el cargo.

–¡Yo solo quiero…!,– comenzó a gritar a la multitud.

CLONK

Una lata volvió a golpearle la frente.

–Cállate imbécil.

–Inútil.

–Mira lo que has…

Los gritos siguieron creciendo de nuevo. Pero, de repente, un grito se elevó por encima de todos los demás… literalmente.

Agnes Potter sabía que aquello podía pasar. Lo había visto muchas veces antes. Sin embargo, aquella mañana olvidó tomar precauciones y sus pies se despegaron del suelo sin que a nadie le diese tiempo de poder agarrarla. Miles de ojos la siguieron como un globo de feria escurrido de los dedos de un niño que volaba hacia el cielo agitando sus manos y pies en busca de un asidero inexistente. Todos notaron la sensación de vértigo y nauseas que precedía al fallo de la gravedad y corrieron a agarrarse a algo.

Michael seguía mirando a la señora Potter. Se fijó en el lugar desde el que había ascendido. Allí comenzaría el fallo y se extendería hacia el exterior. Estaba demasiado cerca. Echó un vistazo rápido a su cinturón y descubrió que se había olvidado de utilizar el anclaje. Errores como aquel eran los que provocaban accidentes como el de Agnes.

Agarró el gancho nervioso. Restos de ketchup hacían que el metal se escurriese entre sus dedos.

–¿Dónde está?, ¿dónde está? –repitió nervioso.

No podía encontrar ninguna argolla de sujeción entre tanta basura.

Los techos de las tiendas de campaña se hinchaban con los cuerpos de la gente que en su interior eran atraídos hacia arriba. Las melenas de las mujeres se alzaban mientras sus dueñas se aferraban a farolas, bancos, papeleras y a las líneas de anclaje distribuidas por toda la calle. Las zapatillas sueltas escapaban como burbujas en una soda. La basura desaparecía en el cielo. Y justo cuando notaba que sus pies se desprendían del suelo, Michael consiguió asir la argolla de su cinturón a la manilla de la puerta de la entrada de la casa.

Estaba a salvo.

Permanecieron flotando como boyas en el mar unos minutos. Nunca se sabía cuánto duraría. El fallo más largo había durado media hora en Shaoguan, al norte de Hong Kong hacía unos años. Fue tan intenso y tan inesperado que miles de personas desaparecieron en el aire en cuestión de segundos.

Uno ya no podía fiarse ni de la gravedad. El planeta parecía haber perdido su periodo de garantía. Pero aquello no era lo peor. El miedo no era a morir. Nadie moría en esos días. Precisamente ése era el problema de la superpoblación. Seguían naciendo niños que requerían su espacio, su alimento, sus… sus necesidades. Pero ningún viejo moría, ningún accidente, herida o mutilación servían para acabar con la vida de nadie. La Muerte simplemente había dejado de trabajar. Así, irónicamente, el auténtico miedo de la humanidad era, que después de malvivir entre miles de millones de personas todos los días, acabasen siendo arrastrados al espacio exterior, perdidos, sin nadie con quien hablar, sin nadie a quien quejarse… solos.

La gravedad siempre volvía de golpe, como si alguien simplemente volviese a conectarla subiendo un interruptor.

Y esta vez ocurrió transcurridos 5 minutos.

Miles de personas golpearon al unísono el suelo. Una ola de quejidos se extendió a lo largo de la avenida mientras sus miradas furiosas convergían en Michael una vez más.

–Lo siento,– murmuró sin que nadie le oyese realmente.

Desenganchó el anclaje de la manilla de la puerta y se dirigió hacia la cuerda blanca que nacía desde un poste frente al portal. Notaba el silencio a su alrededor y sus miradas de reproche. Aquello dolía más que la basura y los insultos lanzados contra él.

Aseguró el gancho de anclaje a la cuerda y caminó cabizbajo mientras la gente se apartaba silenciosamente abriéndole la senda hacia su trabajo.

–¡Mi madre!–, escuchó a su espalda.

Michael se dio la vuelta y vio a un crío sujeto al poste donde comenzaba la cuerda de seguridad.

–¡Era mi madre!–, gritó el niño entre lágrimas.

Del poste colgaba una señal metálica mal anclada. El chaval la arrancó con rabia y se la lanzó sin que le llegase a dar.

Michael bajó de nuevo la cabeza y reanudó su andar escuchando entre el silencio de miles de personas el triste lamento de un hijo que nunca más volvería a ver a su madre. Y todo por su culpa.

La gente no dijo nada. Ni siquiera un murmullo de reproche.

Solo alguien que estaba cerca de donde había caído el cartel lo leyó y escupió furioso sobre él.

El texto rezaba:

“Cable de seguridad 1AP1NW001WDC.

Uso exclusivo del

Presidente de los Estados Unidos.

 

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