Cuestión de Fe: Capítulo 1-11

Magic door

Viernes.

Toca trocito de la novela.

Y este es el trocito final.

No habrá más piezas del capítulo uno porque éste termina aquí.

Si queréis empezar el segundo ya sabéis lo que tendréis que hacer😉

Atreveos a abrir la puerta que nunca estuvo allí.

(Yo sé lo que me digo. Y vosotros pronto lo sabréis)

Hacedlo ahora:

Definitivamente me estoy volviendo loca.

El pensamiento cruzó la mente de Faith con la misma naturalidad que una gaviota al volar frente a una ventana. Después de bajar del autobús se había dirigido hacia su casa. Giraba en las esquinas de siempre, evitaba los baches de siempre y caminaba a velocidad de crucero con el piloto automático puesto para poder pensar en sus cosas. Sin embargo, como cuando se está leyendo concentrado y algo se mueve por la parte de visión que no se centra en las letras, una distracción había hecho saltar el fusible del automático y había puesto a Faith en modo manual.

Junto al portal de su casa, justo debajo de una farola encendida, se encontraba el extraño hombre que respondía al nombre de Sam. Pero eso, Faith no lo sabía. Hasta ahí todo normal. Zapatos negros, pantalones negros, camisa blanca, abrigo largo hasta las rodillas, por qué no decirlo, también negro, cigarrillo humeante en mano derecha. Tal vez algo sospechoso, pero aquello era Los Ángeles, lo raro era lo normal en esa ciudad. Lo que hizo bizquear la preciosa mirada de Faith para cerciorarse de que aquello no era una alucinación fue el pelo. Aquel hombre tenía el pelo en llamas… ¡y él ni siquiera se movía!

Tan sólo esperaba tranquilamente fumando.

Pero la idea de la reciente locura de Faith tan solo cruzó y no llegó a instalarse, anidar  y poner huevos en el alféizar de su mente. Conforme se acercaba, eso sí, algo más despacio de lo que venía andando, el efecto óptico de las llamas se fue disipando. Aquello era solamente pelo en movimiento. Un pelo rubio como el oro y brillante como el fuego que el aire mecía y levantaba en olas. La luz de la farola incidía sobre él directamente y se reflejaba con fuerza hacia el exterior del halo del foco. Tal vez no se estaba volviendo loca. Si no fuera por…

–¡Coño!

…los ojos rojos. Faith dio un respingo al verlos. Un coche pasaba justo delante de ella en el mismo instante y pudo fingir que se debía al sobresalto de ver el vehículo pasar. La duda de si se estaba volviendo majara volvió a cruzar su mente a la misma velocidad que el automóvil. El enanito gordo, bonachón y despreocupado que llevaba el departamente de lógica dentro de Faith le susurró al oído interno: “Solo ha sido el reflejo de los faros, como el flash de las cámaras de fotos”.[1].

Todo habría ido de acuerdo al plan si no llega a ser porque otro enanito más delgado, más inquieto y más tendente a la frenética actividad, encargado del departamente intuitivo no hubiese musitado al otro oído interno al mismo tiempo: “No te fíes. Creo que hay algo raro en ese tipo.”

Ambos mensajes recorrieron el enredado cerebro de Faith y colisionaron justo en el centro, provocando tal confusión, que para cuando podía tomar una decisión ya estaba al lado de su portal.

Y del extraño.

–Faith, ¿verdad?[2] –preguntó Sam expulsando las palabras disimuladas en el humo.

–No –respondió la parte intuitiva por inercia. Pero esta vez lo suficientemente fuerte como para que el grito escapase por el tímpano interno se colase por el conducto auditivo a través de la trompa de Eustaquio y saliese por la boca.[3]

–Sé perfectamente quien es usted, señorita Wright.

–Entonces supongo que solo preguntaba por decir algo –contestó haciendo que la ironía se desbordara por su boca con la misma naturalidad con que el humo del cigarro subía hacia el cielo.

Era algo que nunca había podido evitar desde que era niña. Sin embargo, la animadversión que sentía por aquel hombre no era natural. Había algo en aquel extraño que no le gustaba nada en absoluto. Sí, era atractivo. No podía negarse. Sí, tenía una sonrisa embaucadora y seductora, pero que al mismo tiempo parecía peligrosa. Como si detrás de aquellos labios suaves y perfectamente simétricos se escondiesen los afilados dientes de un felino depredador dispuestos a desgarrarla en cuanto desviase la mirada.  Se llevó el cigarro a la boca y al abrirla, Faith no pudo evitar dar un respingo en su sitio. Tal vez fuera porque una voz interior le estaba gritando “Corre insensata, corre”. Pero es que el interior de Faith siempre había estado repleto de voces que le gritaban, y esta vez parecía que se habían reunido todas a dar una fiesta. Y entre todas ellas la voz de la curiosidad parecía haber ganado la lucha por el micrófono del karaoke. Así que se quedó donde estaba.

–La hemos estado buscando, señorita Wright –dijo Sam tras otra calada al cigarro.

–Cuando dice “hemos” espero que no se refiera a usted y su amiguito –le contestó Faith echando una mirada rápida hacia lo que suele denominarse “partes nobles”, pero en las que, hasta en los más dignos reyes, se carece de nobleza –. Porque no tengo tiempo para chiflados salidos.

Sam sonrió. Era una de esas sonrisas fáciles de traducir, porque su significado se desbordaba por todos lados, hasta tal punto, que casi parecía haberse comido un kilo de polvorones marca “No me ha hecho gracia”. Lo que, sin embargo, a Faith pareció hacerle sonreír.

–Tiene que venir conmigo –dijo Sam dejando su sonrisa aparcada lejos de allí.

–Yo creo que no –contestó Faith dando por zanjada la conversación y dirigiéndose hacia el portal de su casa.

Antes de que pudiese dar más de un paso, Sam agarró su brazo y la detuvo en seco. El contacto de su piel le produjo nauseas. Una ola de asco rompió allí donde le estaba agarrando y fue extendiéndose por todo su cuerpo dejando tras de sí una resaca de sensación desagradable. Su roce le quemaba como el picor de una urticaria infecciosa. Y Faith, sintió miedo.

–Lo diré de otra manera –dijo Sam obligándole a mirarle –. Vas a venir conmigo.

No pasaba ningún coche en ese momento por la calle, así que esta vez no podía echarle la culpa a los focos. Hasta ese momento Faith pensaba que “te brillan los ojos” era solo una expresión, pero el resplandor incandescente que se prendió en los iris del extraño le dio un nuevo sentido.

Una voz aguda y rencorosa gritó dentro de la cabeza de Faith un “te lo dije”, pero no tenía tiempo de discutir consigo misma. Acostumbrada a trabajar en un hospital, había tenido que aprender a defenderse de borrachos, locos y familiares histéricos. Años de experiencia en defensa personal se concentraron en una única, pero efectiva patada en la entrepierna, que mandó la nobleza que pudiera quedarle al más plebeyo de los vulgos al suelo.

Faith corrió con todas sus fuerzas, que para venir de un turno doble en el hospital resultaban sorprendentemente rápida. Buscar las llaves del portal en el bolso mientras corría desaforada por el miedo no era una tarea sencilla. Pero como se suele decir: “la necesidad crea la habilidad”. Por eso, aunque le temblaban las manos al agarrar las llaves, acertó a atinar en la cerradura y girar correctamente en un tiempo más que aceptable. Sin embargo, así como existe en la mente de los niños la extraña creencia de que solo debajo de la manta de su cama están protegidos de los monstruos del exterior, conforme se hace uno adulto, este convencimiento se extiende hacia las paredes de tu propia casa, pero no a las del portal del edificio.

Faith siguió corriendo sin mirar atrás. Inició el ascenso a su piso por las escaleras saltándolas de dos en dos. Tan sólo perdió un par de segundos cuando se inclinó sobre la barandilla para mirar hacia abajo. La puerta de la entrada apareció volando de la nada y se incrustó en la base de las escaleras. La mente analítica de Faith hizo un cálculo rápido de la fuerza necesaria para realizar tal proeza y llegó a la conclusión de “sal cagando leches de aquí” con la misma rapidez con la que una calculadora suma dos más dos.

Apenas podía respirar del esfuerzo. El aire que entraba en sus pulmones parecía un grupo de turistas en una visita rápida a un museo sin interés por pasar por la tienda de regalos, pero aun así pudo notar el asfixiante aroma de algo quemándose. La parte curiosa de su mente se moría por saber qué era, pero esa parte estaba sujeta, amordazada y amenazada de muerte por todas las demás partes de su cerebro, que animaban a su dueña a correr como espectadores de un hipódromo con una apuesta ganadora en la mano.

Consiguió llegar a su apartamento y cerrar la puerta tras de sí, para después dejarse caer al suelo empujando con su espalda la entrada. Su corazón latía con el mismo ritmo que una rave techno frenética. Las fuertes pulsaciones sobre sus sienes producían casi el mismo dolor de cabeza.

El olor a quemado no había desaparecido, sino que se filtraba por debajo de la puerta.

Alguien salió al pasillo. Faith la reconoció enseguida. Se trataba de  la voz inconfundible de la señora Soto. Inconfundible, porque su tono era tan agudo que no rompía el cristal, directamente lo fundía; junto con varios tímpanos, ya puestos. Se decía que la señora Soto gritaba tanto porque su marido estaba sordo, pero hay quien sospechaba que el señor Soto sufrió la sordera poco después de casarse. Y como diría una abuela sabia: “Eso da qué pensar”.

–¿Qué demonios…? –alcanzó a decir la señora Soto. Pero la frase se quedó a medias. Algo la había asustado tanto que no pudo continuar.

Lo que hizo que Faith sintiera un pavor aún mayor. Nunca había visto a la señora Soto callarse por nada. No existía cartero, vecino, perro, gato o funcionario público, con pistola o sin ella, que pudiera refrenar su grito de banshee. La teoría decía que hacía falta algo de dimensiones apocalípticas para que la señora Soto guardase silencio. Y para la señora Soto, algo cercano al Apocalipsis era cualquier actividad que realizara su marido más alejada de estar sentado delante del televisor, pero el silencio que provocaba sólo era el previo a la tormenta, que era entonces cuando los vecinos veían o, mejor dicho oían, más cerca el Apocalipsis.

Pero el mutismo duró solo unos instantes. El grito de la señora Soto creció como una bocina a manivela, que en la segunda guerra mundial habría conseguido que todos los habitantes saliesen corriendo de sus casas en busca de un refugio antiaéreo. Esta vez solo logró despertar a Faith de su sopor de pánico.

No sabía qué le había hecho pensar que dentro de su casa habría estado a salvo, pero ahora no había vuelta atrás. Se levantó del suelo y corrió hacia su habitación. Detrás de la puerta guardaba un bate de béisbol para ocasiones como esa. Los Ángeles no era Nueva York, pero nunca estaba de más estar prevenida. Agarró el bate con fuerza, pero al verse en el espejo que colgaba de la pared de su cuarto se sintió de cualquier manera menos segura. Del pasillo llegaban más gritos.

Escuchó cómo se abría una puerta en la entrada y, acto seguido, se escuchó el golpe al cerrase. Se acercaba el sonido de pasos sobre el suelo de madera hacia su cuarto. Agarró con más fuerza el bate. No porque quisiera golpear más fuerte, sino porque le temblaban tanto las manos que temía que en el primer movimiento se le cayese al suelo antes de poder usarlo apropiadamente. Se movió un paso hacia la derecha para colocarse detrás de la puerta. Su peso sobre la madera vieja hizo crujir el suelo y parar su respiración. Los pasos de afuera se detuvieron en seco. Faith imaginó una cabeza que se giraba en dirección a su habitación. Lo había oído. Seguro.

El hombre se acercó a la puerta y la empujó con cuidado. Fue en ese instante cuando Faith cerró los ojos y procuró poner todas sus fuerzas en un único golpe. Sintió que el trozo de madera chocaba contra algo, y que ese algo soltaba un grito de dolor y caía al suelo. Volvió a levantar el bate por instinto y abrió los ojos dispuesta a dejarlo caer de nuevo.

–Pero qué coño…–exclamó el hombre que estaba en el suelo.

–¿Quién cojones eres tú? –preguntó Faith parando el bate a medio vuelo.

Delante de ella, a sus pies, se encontraba Loke, con un brazo agarrándose el otro, allí donde le había golpeado.

–Soy amigo. Soy amigo –contestó Loke girando su cuerpo y su cabeza mientras entrecerraba un ojo atemorizado de volver a ser golpeado.

–Y eso lo sé ¿porquéééé?

–Esto. Bueno –Loke alzó la mirada y se dio cuenta de que no sabía qué contestar. Se había colado en una casa ajena y le habían sorprendido. Por suerte, fue salvado por el grito.[4]

Faith giró la cabeza asustada por los aullidos del pasillo y Loke aprovechó para agarrar el bate.

Dio un salto hacia atrás y se colocó detrás de la cama sin dejar de mirar a Loke, que se había quedado con el arma.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó Loke levantándose del suelo.

–No tengo ni idea. Había un hombre en el portal esperándome. Pero no era un hombre. Era… no sé lo que era.

–Tenemos que irnos –dijo rápidamente Loke echando una mirada hacia la puerta de la entrada.

–No me digas.

–Eso que está ahí fuera viene a por ti.

–No me había dado cuenta, gracias por aclarármelo.

–En serio, esto no es un juego.

–Joooder, pues hasta ahora me lo estaba pasando de miedo.

Loke tiró el bate al suelo y salió al recibidor. Y en el proceso soltó un bufido de exasperación que sonó como el vapor de una tetera lista para servir.

–Supongo que le viene de familia –se dijo a sí mismo.

Faith escuchó aquellas palabras. Y por un segundo se olvidó de los gritos del pasillo y salió en persecución de Loke.

–¿Qué acabas de decir? –le preguntó agarrándole por el brazo que había golpeado previamente.

Loke gimió por el dolor y se soltó de un tirón. Miró las paredes del apartamento con rapidez sin prestar la más mínima atención a la pregunta. Los gritos del pasillo habían cesado y habían sido reemplazados por un absoluto silencio. Y eso daba aún más miedo.

–¿Hay una puerta trasera? –preguntó Loke mirándola directamente a los ojos.

–¿Tú qué crees? Esto no es ningún palacio. Ahora en serio, ¿qué has dicho antes?

Loke miró hacia la puerta de entrada y vio la sombra de pies frente a ella. Faith, siguió la mirada y también lo vio, y de repente, el miedo volvió a su cuerpo de golpe.

Loke agarró a Faith del brazo y la arrastró hacia la pared del otro extremo.

–¿Qué vamos a hacer? –preguntó Faith.

–Calla.

El silencio fue interrumpido por un pequeño crujido. La puerta se estaba abombando. Virutas de madera habían saltado del marco y las bisagras habían comenzado a brillar y a quemar la madera a su alrededor.

–¿Qué vamos a hacer? –volvió a preguntar Faith, que no era capaz de pensar una frase distinta.

–Calla –repitió Loke –. Tenemos que esperar.

–¡Esperar! ¿A qué? ¿A que se limpie los pies en la alfombrilla de la entrada?

La madera parecía un globo a punto de reventar. Y lo mismo ocurría con el dique de paciencia que Loke había ido construyendo desde que se había encontrado con Faith.

–Hay reglas que hay que seguir, sabes. Esto sólo funciona en el último segundo –dijo Loke exasperado –. Ahora calla y entra. Estoy salvándote el culo.

–¿De dónde coño ha salido esta puert…? –intentó contestar.

Loke empujó a Faith al interior de la puerta que acababa de aparecer misteriosamente en la pared de su salón y la cerró justo en el momento en el que la entrada del apartamento explotaba.

Tal y como dictaban las normas.

Justo en el último segundo.

 

––––––––––––––––––––––––

 

Aquí termina el primer capítulo de “Cuestión de Fe”.

Espero de corazón que lo haya disfrutado y que haya cumplido sus expectativas.

¿A dónde lleva la puerta misteriosa? ¿Quiénes son las Hermanas a quien Loke va a ir a visitar? ¿A qué se dedican los Tres Reyes Magos cuando no es navidad? ¿Seguirán cambiando mágicamente los textos de los libros de “Warrick, el mago adolescente”? ¿Quiénes son los auténticos padres de Faith?

No se pierda el siguiente trepidante capítulo donde alguna de las anteriores preguntas será contestada.

Más acción, más sexo y más violencia.

Y hasta una explosión nuclear.

[1] Nota del traductor: El autor hace otro juego de palabras al referirse al “logical depart-mental manager” e “intuition depart-mental manager”. Al separar depart-mental hace referencia a la parte mental de la palabra, de manera que el juego de palabras en castellano sería traducirlo como “departa-mente” parecido a “departamento”.

[2] Nota del traductor: En la versión inglesa lo que dice es “Faith, right?” que vuelve a ser un juego de palabras por lo que se explica anteriormente con el apellido Wright.

[3] Nota del traductor: Nuevamente hay un juego de palabras referidas al apellido en esta contestación cuando Faith responde “Wrong”, “error” en castellano.

[4] Nota del traductor: La expresión “Salvado por la campana” tiene su expresión en inglés en “Saved by the bell”, el autor cambia la palabra “bell” (campana) por “yell” (grito) realizando un juego de palabras más.

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Si te ha gustado y quieres saber más.

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