Cuestión de Fe: Capítulo 1-9

fat witch

Viernes.

Toca trocito de la novela.

Mucha gente me ha acusado de ser cruel con los gordos después de leer este trozo de la novela, porque decían que se sentían mal por el pobre personaje llamado Emma que aparece..

Bueno, eso significa que lo hice bien.

¿No?

Aquí lo descubriréis:

El eco de la frustración de Loke todavía retumbaba entre las paredes del Bar. Pero Emma Granger era completamente ajena a él. Corría a toda velocidad entre los cubículos de la oficina procurando no chocar con nadie e intentando que el balanceo de su bolsa de deporte no le tirase al suelo. Sus compañeros se apartaban con la misma mirada con la que mirarían a un tren de mercancías que se dirigiese directamente hacia ellos. Aunque la experiencia le decía que también se apartarían si no fuese corriendo, con la única diferencia de que la mirada de desprecio duraría más tiempo.

Emma se engañaba a sí misma pensando que la odiaban porque estaba gorda. Pero la verdad era que la odiaban sin necesitar ninguna excusa para ello. Y aun así cualquier motivo parecía servir. Roger diría que era porque nunca hablaba. Rose porque hablaba demasiado sobre sí misma. Walter porque vestía raro. Cindy porque olía raro. Charles porque le había pillado varias veces mirándole por encima de la pared del cubículo y temía que algún día, en la soledad de la sala del café se le declarase.

Emma era, sin dudas, la candidata perfecta para ser despedida en el próximo reajuste de plantilla. Sin embargo, el señor Aldous G. Randalf, nunca lo permitiría. Este genio de las finanzas era el productor ejecutivo de la productora donde trabajaban todos ellos, gerente de la mayor editorial del mundo, dueño de los derechos de autor del gran éxito de las últimas temporadas: “Warrick el mago adolescente”, culpable de quince Oscars de la academia de cine por la trilogía “The Lord of the Kings” y un completo desconocido, por el que cualquier periodista daría su alma por entrevistar en exclusiva.

Entonces, ¿por qué un hombre cuyo mundo distaba tanto del de Emma podría preocuparse tanto por alguien como ella?

La respuesta era sencilla.

Porque Aldous G. Randalf sabía la verdad.

Él conocía la razón por la que años de dieta y de ir diariamente al gimnasio no habían surtido el más mínimo efecto en la masa gelatinosa del abdomen de Emma. El motivo por el que, pese a ello, ella jamás dejaba su bolsa de deporte en casa y continuaba corriendo por los pasillos de la oficina asustando al personal y despertando odios entre sus compañeros todos los martes y jueves de cada semana.

Lo que Aldous G. Randalf sabía, y los demás no, era que Emma era una fervorosa creyente.

Y que ya llegaba tarde.

Su pie derecho golpeaba repetidamente el suelo del ascensor con ritmo nervioso. Los dedos se retorcían unos con otros en una batalla entre rechonchas salchichas ensortijadas. Sus ojos se movían con más velocidad mientras lanzaban furibundas miradas a los números que indicaban el lento descenso del elevador, que de haber podido, seguramente se habrían sentido lo suficientemente amedrentados como para haberle hecho caso. Giró su mano izquierda con la agilidad de una grúa mecánica y descubrió lo tarde que era. Así que tomó una decisión.

Dejó la bolsa en el suelo, la abrió a toda prisa y comenzó a desvestirse. El ascensor gemía y se balanceaba con los movimientos bruscos de Emma. Sus brazos chocaban contra las paredes cuando se estiraba para sacarlos de la chaqueta. La falda cayó al suelo sin apenas tocar el cierre de sujeción, que restalló como un látigo cuando la goma se liberó de la tensión de circundar el hemisferio de Emma. Inclinándose sobre la bolsa abierta con una gracilidad que no envidiaría ni un octogenario reumático, sacó del interior lo que pretendía ser una falda gris de uniforme colegial, pero que se parecía más a un tutú ocre de oso de circo. La chaqueta que salió a continuación de la bolsa de deporte podría haber cubierto una moto pequeña, sin embargo, apenas abarcaba el contorno de Emma. En lo que debía ser la pechera, pero por imposibilidad de dimensiones se acercaba más al resquicio de la sobaquera, había burdamente bordado un escudo de color dorado. Lo siguiente fue una corbata de color negro  que se enroscó en su cuello a modo de horca, pero que al tener que rodear tanto recorrido apenas colgaba unos centímetros. Justo antes de llegar a la planta baja, Emma sacó unas gafas redondas del bolsillo interior de la chaqueta y se las colocó empujándolas con su dedo índice sobre el puente de su nariz. Por último, del bolsillo lateral de la bolsa agarró un palo de madera descolorido y agrietado. Uno de los extremos era un poco más grueso que el otro. Éste desapareció entre sus rechonchos dedos, y con varios movimientos de batuta en el aire apuntó hacia las puertas deslizantes del ascensor y pronunció la palabra halojomora.

El timbre de llegada a la planta baja sonó en la mente de Emma como el disparo de salida de una carrera de las olimpiadas. Y por pura fuerza de voluntad, ciento cuarenta y tres kilos de mujer se pusieron en movimiento al unísono directos a las calles de Nueva York dejando tras de sí a dos porteros estupefactos que, más tarde, se preguntarían si lo que habían visto había sido real o producto de su imaginación.

Corría por Broome Street mientras se lamentaba por no haber cogido la réplica de escoba voladora de Warrick. De haberlo hecho, habría ido dando pequeños saltos con la esperanza de que en uno de ellos no volviese a caer al suelo y flotase mágicamente sobre ella. El hecho de que su pantagruélico peso pudiera romper la escoba por la mitad en el proceso se le había escapado a la imaginación. Pero ahora no venía al caso.

Como si del rastro de un tufo insoportable se tratase, Emma dejaba tras de sí una hilera de cuellos girados y muecas de repulsión. Gracias a Dios, no tenía que ir muy lejos. Porque, dentro de su cabeza, la preocupación de llegar tarde a la reunión semanal estaba dejando paso a las miradas de estupefacción, asco y odio que la gente le lanzaba. Agachó la cabeza y apretó el paso en un vano intento de que los viandantes no se percatasen de que lo más parecido a un hipopótamo de circo disfrazado caminaba entre ellos.

Al llegar a Lafayette Street giró desafiando a las leyes de la inercia y corrigió su rumbo con la misma delicadeza que un transatlántico. Entre los edificios del Soho, justo antes de llegar a Little Italy, tras el antiguo Children’s Museum of the Arts, pasada la sede del periódico chino Sing Fao, había unas oficinas con un cartel de “Se alquila” que llevaba allí tanto tiempo que la gente de la zona había olvidado cuándo estuvo lleno su interior. Sin embargo, Emma hizo caso omiso del cartel y sacó de su bolsillo unas llaves de las que colgaba una diminuta réplica de una escoba voladora. La puerta se abrió automáticamente al girar el pomo y se encontró de bruces con un hombre alto y completamente calvo, pero con una larga barba blanca, que vestía una túnica gris abierta por el pecho, un sombrero de punta cuyo extremo se doblaba en una elegante caída natural y una espada plateada sujeta por una vaina de tela marrón perfectamente ceñida a la cintura. Apoyaba su peso sobre un báculo de madera que le sacaba una cabeza y cuyo extremo superior terminaba en unas enredaderas que sujetaban una bola de cristal. Los ojos del extraño le lanzaron una mirada de reproche mientras se intuía una mueca de disgusto entre los pelos de la barba.

Emma estaba a punto de abrir la boca para recitar la contraseña cuando alguien le empujó por detrás. Un hombrecillo se había colado por el resquicio de la puerta antes de que ésta se cerrase y, con las prisas, no pudo evitar chocar con ella y caer al suelo rebotado. Por alguna extraña razón, pese al enorme volumen de Emma, la gente tendía a colisionar con ella. Tal vez fuese por aquello de que “los árboles no dejaban ver el bosque”. Porque la gente cuando veía por primera vez a Emma se acercaba a ella ingenuamente y después se asustaba de golpe al ver que lo que creían que era un muñeco gigante de exhibición, cobraba vida y se movía con voluntad propia. Aunque si hiciéramos caso a la comunidad científica y en realidad existiese una fuerza de atracción cuya fuerza es proporcional a la masa de cada objeto, Emma poseería su propio campo gravitacional. Para algunos, esta aseveración podría resultar excesivamente cruel o una gracia de mal gusto, pero le aseguro que para un científico no existen ese tipo de cosas y, por lo tanto, resultaría ser, como dirían ellos, “una mera causa efecto en un método de resolución lógico deductivo”. Es por todo el mundo conocido que los científicos no tienen sentido del humor, ya que es un requisito necesario en sus estudios universitarios. Las razones por las que es así fueron desconocidas hasta que un miembro del gremio, un científico renegado que actualmente trabaja como cómico, o lo que se conoce como periodista económico, reconoció en una entrevista privada que la asignatura obligatoria “Tumor sí, Humor no” se impartía con el objetivo de entrenar a los futuros científicos para que pudiesen dar discursos repletos de palabras sin sentido y datos ridículos con veracidad y sin llegar a reírse en el proceso. Se han desarrollado asignaturas similares para las carreras de Derecho, Económicas y Ciencias Políticas.

Pero estamos perdiendo el hilo.

Emma se giró para ver el pequeño cuerpo caído. Desde el suelo, un diminuto hombre vestido de traje le devolvió la mirada no sin cierto temor, pues desde una posición tan poco ventajosa la visión de una bruja de dimensiones jurásicas podría asustar hasta el más aguerrido de los ejecutivos neoyorquinos.

–¿Emma, eres tú? –preguntó el hombrecillo sin necesidad de que le contestasen, pues alguien de aquellas dimensiones solo podía ser ella o un paquidermo fugado del zoo.

–¿Walter? –le respondió mientras se inclinaba para ayudarle a levantarse.

Una mano de ella envolvía toda la de Walter sin esfuerzo y además abarcaba parte del brazo también. Una vez de pie, el hombrecillo apenas le llegaba al hombro.

–Dios, lo siento Emma. He saltado justo antes de que se cerrase la puerta –le dijo mientras se sacudía los pantalones –. Me he vuelto a dejar las llaves en casa.

–No te preocupes Walt, tú te has llevado la peor parte.

–Sí, tienes razón –contestó inclinando la cabeza. Lo que para él significaba casi lamer el suelo.

–Creía que era la última en llegar –dijo Emma sin dejar de mirarle, lo que le obligaba a inclinar la cabeza hacia abajo provocándole una papada descomunal que hacía pensar que, en otra realidad, donde los sapos fuesen los dueños del mundo civilizado, Emma habría sido el canon de la belleza.

–Pues ya ves que no –contestó con una sonrisa.

–¿Dónde está tu traje para la ceremonia? –preguntó Emma.

–Lo he tenido que dejar en la oficina. Con las prisas no me daba tiempo y no iba a venir disfrazado para que me viese todo el mundo.

–No, claro que no –afirmó Emma mientras su rostro tomaba un color rojo fluorescente.

–Siempre puedo pasar por un “shugle”.. (No se preocupe, yo tampoco lo entendí hasta que leí las novelas de “Warrick, el mago adolescente”. Al parecer es la forma en la que se denomina a las personas normales. Suele ser requisito indispensable para un verdadero fan el hablar con palabras que el resto de la humanidad no entiende. Incluso los hay que se aprenden idiomas inventados como el élfico de “The Lord of the Kings”. En el idioma común, a este tipo de gente, los normales les llaman frikis.)

–Oh, es verdad –, respondió Emma.

– ¡Ejem!

El carraspeo de garganta podría haber serrado el corazón de una secuoya en una sola pasada, pero esta vez, sólo cortó la conversación en seco. El guardia barbudo les miraba con los ojos semicerrados mientras la mente de Emma imaginaba que los labios formaban muecas de reproche detrás de la cortina de pelo blanco.

–Ah, la contraseña sí, sí. Esto era… –contestó nervioso Walter –. Empezaba…como algo que…leñe…

–De los libros de la magia –comenzó a recitar Emma.

–Ah, sí claro –replicó chasqueando los dedos mientras el guardia barbudo lanzaba una mirada al cielo y hacía mover los flecos de su bigote con un resoplido.

–De los libros de la magia, solo es uno el verdadero –entonaron los dos.

–Entonces decid ahora su nombre buen viajero –replicó el guardián –. Decidlo ahora y decidlo sin miedo.

–El libro de Warrick, el mago y el guerrero –contestó Emma con tono cantarín.

–El libro del Lord, que sin duda fue el primero –añadió Walter.

Si bien aquellos eran dos libros, en lugar del único verdadero, el guardián no puso pegas y dejó pasar a los recién llegados con un simple gesto.

La incongruencia de la contraseña data de las primeras ediciones de “The Lord of the Kings”. Sus seguidores crearon la contraseña, al mismo tiempo que el club, según la referencia del “Libro del Lord” cuyo poder reunía a todos los libros en uno. Pero a la llegada de los fans de “Warrick, el mago adolescente”, las dos sociedades se juntaron y se creó una unión de los dos colectivos, ante lo cual, resultó más fácil aceptar las dos versiones que ponerse de acuerdo en una nueva.

Emma avanzó con su acompañante por el pasillo de la entrada. Estaba oscuro y sólo una línea de luz se colaba por debajo de la puerta que había al fondo. El eco de una multitud rompía el silencio. Y conforme se acercaba, el griterío aumentaba su volumen y el caos. Emma empujó las puertas y la luz le golpeó la cara sin piedad. Parpadeó rápidamente y la imagen de una muchedumbre abarrotada se fue formando borrosa en sus retinas. Cuando sus ojos dejaron de dolerle, el griterío cobró la imagen de decenas de personas disfrazadas todas juntas en un gran salón. Tal era el tumulto que cualquiera que haya visto un gallinero repleto de aves no podría evitar encontrar el parecido. A su lado, Walter se restregaba los puños de la camisa en los ojos y procuraba aclimatarse también.

De las paredes colgaban telas marrones bordadas con hilos dorados en sus bordes. En su centro, con hilos también dorados, una enorme “W”, a modo de blasón, decoraba el telar. Otras telas de color blanco, con ribetes azul oscuro en sus bordes, mostraban una gran “K” en su centro. Al fondo de la sala había un gran estrado y, colgando sobre él, dos gigantescos carteles. Uno de ellos era la representación del místico colegio “Hoggarts” donde Warrick, el mago adolescente, vivía sus aventuras. El otro cartel mostraba los reinos subterráneos del mundo de “The Lord of the Kings”. Y ambos mostraban un eslogan similar: “Cree. Pues es real.”

Emma se sumergió en la multitud y a cada paso que daba producía el mismo efecto que una máquina quitanieves en pleno temporal de invierno. Pese a la diferencia entre el estilo místico de los aficionados de Warrick y la indumentaria medieval y guerrera de los de Lord of the Kings, los asistentes se compenetraban unos con otros sin que pareciese haber roces entre los distintos seguidores. Emma giró la cabeza para ver si Walter le seguía, y así era. Paró solo un par de veces para saludar a unos y a otros. Allí se sentía como alguien apreciada. Ella pertenecía a aquel mundo y no al triste ambiente de su oficina donde todos le odiaban. Escogió un sitio cerca del estrado y enseguida fue un cacareo más dentro del gallinero.

El terrible zumbido de decenas de personas hablando al unísono fue interrumpido de golpe por un agudo chirrido proveniente de los altavoces que estaban colocados en los lados del estrado. Todas las cabezas se giraron al mismo tiempo en dirección hacia el escenario. Dos figuras encapuchadas, una masculina y otra femenina, subieron por las escaleras que había a ambos lados. Los murmullos de excitación del público crecían con la expectación de los dos maestros de ceremonias. Un joven vestido con harapos como único atuendo corría encorvado y arrastrando su pie derecho por la tarima sujetando entre sus manos dos pies de micrófono. Los colocó un instante antes de que los maestros de ceremonias llegasen a su lado. Y con la misma rapidez con la que había aparecido desapareció con el cojeo fingido y los harapos falsos que dejaban entrever ligeramente sus posaderas.

Los dos maestros de ceremonias se colocaron frente a los asistentes. Cada uno de ellos llevaba en sus manos un enorme libro de piel, uno de color gris y el otro marrón. La capucha de uno de los maestros cayó dejando ver el rostro de un hombre anciano, de piel arrugada como la corteza de un árbol muerto y la mirada ahogada en una niebla de glaucoma. Con sus manos desprovistas de carne, todo huesos y piel, alzó con fuerza el libro sobre su calva mostrando una gran letra “K” rubricada en plata en su dorso.

–¡De los libros de la magia, solo es uno el verdadero! –gritó alejándose del micrófono.

–¡El libro del Lord, que sin duda fue el primero! –contestó la mitad del auditorio.

A continuación, la capucha del segundo maestro de ceremonias cayó y dejó a la vista una gran melena rubia, pero el rostro que se ocultaba detrás se quedó a la imaginación, ya que todo el pelo le cubría la cara como una fregona colocada del revés. Al igual que su anciano compañero, alzó el libro con fuerza mientras mostraba la gran letra “W” dorada en la portada y soplaba para apartarse los pelos de la boca y prepararse para recitar la fórmula sagrada.

–¡De los libros de la magia, solo es uno el verdadero! –repitió como si fuese la primera vez que se hubiese oído.

–El libro de Warrick, el mago y el guerrero –entonó la otra mitad.

Dentro de la multitud, los creyentes se miraban unos a otros satisfechos y sonrientes, y dejaron de ver disfraces para dejar paso a sus verdaderas ropas.

En el escenario, los maestros de ceremonias rotaban sobre sus propios pies para mirarse el uno al otro sin bajar un centímetro los libros. Ambos se inclinaron en señal de respeto, hasta que la melena rubia barrió el suelo y la anciana columna crujió como un árbol amenazando desplomarse. Acto seguido colocaron los libros bajo sus brazos, porque, admitámoslo, pesaban mucho.

La melena rubia dio un paso hacia el micrófono, pero el carraspeo disimulado de su compañero de escenario la frenó en seco. Un rayo de rencor y advertencia consiguió colarse entre la cortina de cataratas y glaucoma del anciano e impactó directamente en donde se suponía que tenían que estar los ojos tras la melena. De alguna manera, el rencor eterno entre los dos maestros creó un hilo de conexión y del interior de la melena salió una invisible disculpa en forma de “ah, sí, jueves”. El anciano paladeó un “en efecto, jueves” entre sus labios resecos llegando a un perfecto entendimiento de los dos, y todo ello, sin emitir ningún sonido, lo cual tenía mucho mérito teniendo en cuenta la poca visibilidad del anciano y la nula capacidad de expresarse a través de la melena. Los dos clubes de fans se juntaban cada martes y jueves, de modo que cuando había notificaciones que afectaban a las dos congregaciones, dependiendo del día que fuese, sería uno u otro quien haría de portavoz. Los martes correspondían a Warrick y los jueves eran responsabilidad de The Lord of the Kings. Esto se decidió así tras semanas de discusiones, en los que cada uno de ellos tenía argumentos para quedarse con un día u otro, desde que “el jueves fue el día en el que Warrick había entrado por primera vez en Hoggarts” a que “la réplica del libro del Lord fue sacado a la venta un jueves” (en USA, un miércoles en Asia y un Lunes en Europa). Así que finalmente se tiró a cara o cruz, con las correspondientes monedas oficiales de Hoggarts y del Reino del Lord, por supuesto.

–Amigos –comenzó el anciano provocando el silencio.

– ¿Qué? –se escuchó desde el interior de la multitud tímidamente.

El anciano guardó un segundo de silencio y reproche a aquel espontáneo. Otro segundo para descartar encontrarlo entre la neblina de caras difuminabas que tenía ante él. Y continuó como si no hubiese sido interrumpido, pero sospechando que la melena rubia se reía detrás de él.

–Amigos –repitió, e hizo una pausa con el ceño fruncido, que de haber existido subtítulos habrían dicho “Di algo ahora si te atreves” –. Tengo una gran noticia que anunciaros.

Los pies de los asistentes se removieron en sus sitios y un murmullo creció como una ola en aquel mar de seguidores disfrazados.

–Hemos conseguido nuestro objetivo –dijo sin tapujos el anciano. Y el murmullo creció en intensidad anunciando el restallido de la ola –. Nos llamaban locos. Nos llamaban frikis. Inadaptados.

Con cada frase el murmullo se alzaba con asentimientos guturales, como un electrocardiograma dando subidas a cada afirmación.

–Pero finalmente dejaremos de ser odiados –siguió el maestro entrando casi en éxtasis –. Lo que otros llamaban las creencias de unos pocos, hoy se convierte en algo que al principio sólo podíamos soñar.

Las palabras salían de su boca como grano tirado al gallinero. Y la audiencia se lo tragaba al vuelo moviendo la cabeza rápidamente en busca de más, intuyendo que pronto el plato bueno, el postre dulce y esperado, estaba por llegar.

– ¡Hoy se hace oficial! – gritó el anciano. Y parte de la multitud dejó escapar un grito ahogado sin querer –. Hace unos meses se presentaron los papeles. Diez millones de miembros en el país. Casi cien millones en todo el mundo.

El murmullo crecía con el tono del anciano, que pronto sería capaz de romper el cristal con su voz.

–Hoy –sentenció para darse un respiro y dejar un silencio de expectación –. ¡Nos hemos convertido en una religión oficial a ojos del mundo! ¡Viva la fe del Lord!

–¡VIVA! –respondieron al unísono todos ellos.

–¡VIVA LA FE DE WARRICK!– gritó la melena rubia.

–¡VIVA! –repitieron mientras miraban embobados el mensaje que colgaba sobre sus cabezas: “Cree. Pues es real”.

Como suele ocurrir en estas situaciones, alguien se debió apoyar inintencionadamente sobre el botón del play de la cadena de música que había curiosamente allí ese día. Y el griterío y alegría pasó directamente a una danza alocada de satisfacción y celebración. Todo muy natural.

Emma estaba pletórica. Había soñado con aquel día durante mucho tiempo y tenía ganas de llorar, pero no deseaba que le viese nadie. Apartando a la gente a su paso como una cuchara a los cereales en un cuenco de desayuno, desapareció por la puerta lateral de la sala y se metió en el baño de señoras, cuyo dibujo típico había sido sustituido por una sombra de una bruja volando en escoba y una elfa portando un arco. Tuvo que entrar de lado por la puerta del aseo porque no cabía en el diminuto cubículo. En cuanto cerró la puerta, un torrente de lágrimas se abrió paso desde su estómago hasta la garganta para desbordarse por sus ojos y principalmente por su nariz.

Se sonó con el papel higiénico y el eco del baño provocó que pareciese la bocina de un barco o la llamada de un reno en pleno celo primaveral.

Más calmada, con menos lágrimas molestando su visión, sacó un libro de su bolsa. La última edición de las aventuras de Warrick se abrió entre sus manos. Y ella lo acarició mientras repetía una y otra vez en susurros: “gracias, gracias, gracias”. Antes de aquel día, Emma había tenido dudas. En su fuero interno sospechaba que se acogía a la idea de que el mundo de Warrick era real porque su mundo era una mierda, porque la gente le odiaba y le trataba de rareza. Su alma clamaba por un lugar donde ella no era gorda y fea, sino simplemente una persona especial y mágica capaz de hacer cosas increíbles. Ahora se sentía mejor. Habían dado un paso de gigante para encontrar el camino a Hoggarts e intuía que pronto todo cambiaría.

Se encontraba más tranquila, pero no le apetecía volver a la sala. Quería pasar un rato a solas con su libro, con Warrick. Así que lo abrió por una página al azar, cualquiera le valía. Comenzó a releer las palabras que ya tenía prácticamente memorizadas. ¡Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que el texto había cambiado!

“–He hablado con el viejo –dijo Warrick arreglando las arrugas de su traje de Armani –. Y me ha dicho que las Asociaciones Religiosas ya están en marcha.”

Emma releyó el texto cuatro veces. Sus ojos se movían tan rápido que se mareaba. Su corazón latía tan rápido que si no fuese porque estaba bien enterrado bajo gruesas capas de grasa corporal se habría escapado al trote bajo el sol poniente de un oeste lejano.

“–¿Y qué hay del Rumor? –preguntó Sam jugueteando con un cigarrillo en su mano.

–Por eso te he llamado –contestó Warrick acercándose a él y robándole el cigarrillo –. Ya sabes lo que tienes que hacer.

–La chica  –dijo secamente.

–En efecto, encárgate de ella –contestó expulsando el humo del cigarro entre los dientes –. Ahora vete, me esperan unas hermosas jóvenes para celebrar mi ascensión al templo de las religiones.”

Emma dejó de leer. Sus ojos se habían empañado con ese tipo de felicidad que sólo se manifiesta en forma líquida. No entendía nada. Pero daba igual. Sus dudas se habían desvanecido para siempre.

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Si te ha gustado y quieres saber más.

Ya sabes:

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