Cuestión de Fe: Capítulo 1-8

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Viernes.

Toca trocito de la novela.

Las ruedas y engranajes de la historia van cogiendo velocidad mientras los personajes que moverán las ruedas del destino entran en escena.

¿Quién es el dueño del True Lies

Aquí lo descubriréis:

Liberty todavía estaba limpiando el estropicio que Santa Claus había organizado con los Reyes Magos. Halloween ya había quedado atrás, así que las víctimas de Papá Noel ya habrían vuelto a la vida y a sus obligaciones, pero los restos que habían dejado tras de sí se empeñaban en no querer despegarse del suelo.

Sonaba Everybody hurts de R.E.M. La melodía flotaba en el ambiente mezclándose con las conversaciones de los estrafalarios clientes y el ruido del cepillo con el que frotaba Liberty el suelo de madera. Pero entre la sonata habitual de la vida rutinaria del bar podía detectarse un sonido constante, como el molesto vuelo de una mosca o el repiqueteo de la lluvia en la ventana. Oculto en las sombras, sentado en una mesa reservada solo para él, el dueño del True Lies movía los dedos sobre el teclado de un teléfono blackberry con la misma habilidad con la que un mago juega con una moneda de plata. El tecleo era rápido y constante. Creaba su propio ritmo ajeno a todo lo que le rodeaba. La luz de la pantalla iluminaba ligeramente su rostro. Sus rasgos se confundían entre los flashes emitidos por el cambio de imagen en el teléfono.

–Hola Loke –escuchó por encima del hombro.

Sus manos dejaron de teclear. La pantalla cesó de cambiar imágenes y se detuvo en una página web de cotilleos de famosos. La luz le iluminó el rostro, esta vez, de manera estática, pero aun así sus rasgos eran difíciles de perfilar. Por el rabillo del ojo vislumbró unas botas de cuero negro, y cubriendo las piernas una larga gabardina. Alzó la vista hasta fijarse en el pecho descubierto del hombre que le había interrumpido.

–Hace mucho tiempo que nadie me llama así Des –contestó devolviendo su atención al teléfono y comenzando a teclear de nuevo.

–Hubo un tiempo en el que tú me llamaste padre –dijo sin emoción en las palabras.

–Dicen que la gente aprende de sus errores –replicó Loke sin dejar de atender a su móvil.

–Nosotros no –le corrigió enérgico –. Nosotros somos lo que somos. Ni más ni menos

–Sí, sí, lo que digas. ¿Qué coño quieres?

–Necesito un favor.

–Ah no –dijo volviendo a levantar la mirada de la blackberry por segunda vez –. No voy a volver a ser tu juguete. Otra vez no.

–No tienes elección.

–Eso está por ver.

–Necesito que te ocupes de una joven. Es algo personal.

Des cogió el móvil de las manos de Loke sin que él pudiese impedirlo. Había algo en su manera de moverse, en su manera de actuar y hablar, que cuadraba y tenía sentido, de tal modo, que cualquier cosa que hiciera parecía embotar la mente de quien le rodeaba. Como si todo a su paso fuese una pieza de un puzzle que encajaba en el mismo instante en el que él lo deseara.

Tecleó rápidamente bajo la atenta mirada de Loke, y cuando pareció que había encontrado lo que buscaba le devolvió el teléfono.

Loke echó una primera ojeada, hizo rodar la bola central que hacía descender la pantalla. Bajó y subió varias veces el cursor que permitía ver el pantallazo completo, lo leyó hasta cerciorarse de que no estaba perdiendo el sentido.

–Es imposible –dijo al fin sin dejar de mirar la pantalla.

–Se acercan tiempos extraños hijo.

– ¿Tú sabías todo esto? –preguntó Loke confundido.

–Yo siempre lo sé –contestó Des sin interés, dándolo por sentado –. Y tú también deberías saberlo.

–Pero, pero… –comenzó a decir con culpa en el tono –. No me lo tomé en serio. Es, es…

–Es lo que es. Ni más ni menos –repitió como un mantra mientras cobraba completo sentido al decirlo.

–Lo sabías y no has hecho nada.

–¿Y qué crees que estoy haciendo ahora? –contestó Des con una sonrisa que hubiera sacado de quicio al mismísimo santo Job.

–Lo que estás haciendo es pasarme el muerto a mí –se quejó mientras levantaba la cabeza para decírselo a la cara, pero Des ya no estaba allí.

Sabía que se había marchado, pero aun así giró el cuello como el visor de un periscopio reconociendo la superficie del bar, pero ningún “ping” sonó en el radar de su visión que advirtiese a Des por ninguna parte. Tan sólo un par de pesadillas infantiles escondidas en las sombras, una musa literaria que había abusado del Martini de manzana verde y la incansable Liberty, que continuaba fregando el suelo, llenaban el lugar.

–Mierda –bufó Loke.

Un timbre de aviso le informó de un nuevo correo electrónico en su teléfono. Su buzón ya acumulaba más de quinientos mensajes en la bandeja de entrada en los últimos cinco minutos. La cifra se cuadruplicaría en los diez minutos siguientes, y tendría que contestar a todos ellos. Al fin y al cabo, ese era su trabajo. Manejar, recibir y distribuir información. Eso era toda su vida. Toda su existencia. El bar sólo era un capricho, una banalidad que explicaba su carácter y que cuadraba con la esencia que le definía de nacimiento. Cualidad que, sin lugar a dudas, había heredado de su padre.

Un nuevo timbre.

Este mensaje era de Des.

Loke se olvidó de los demás y seleccionó el último mail. La pantalla se dividió en dos y la parte inferior se desplegó como una previsualización del texto. Tan solo venía una frase que decía:

“Por cierto, les he dicho a las Hermanas que les harás una visita. Pero claro, ya lo sabían.”

Como narrador he vivido, visto y oído infinidad de historias. He navegado entre las tramas más apasionantes y los textos más aburridos. En la sección de sinceridad y pasión nunca presencié mayor ardor que cuando un enamorado dijo al objeto de su amor “te quiero”, salvo en este caso, cuando Loke simplemente dijo:

–Mierda.

 

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