Cuestión de Fe: Capítulo 1-7

Dead in bed

Viernes.

Toca trocito de la novela.

Conocemos un poquito de la vida de Faith y de su pasado.

Vida que va a cambiar drásticamente en un abrir y cerrar de ojos.

Aquí lo descubriréis:

Tras este baño de sangre. Porque créame, fue un baño de sangre. Es aconsejable que nos centremos de nuevo en la auténtica protagonista, Faith.

Es comprensible creer que la visión de un cadáver resucitando podría haberla vuelto loca, pero la verdad era que no se lo había tomado tan mal. La vuelta a la vida de pacientes catatónicos, en coma e incluso declarados clínicamente muertos era rara, pero ya había ocurrido antes. La mente racional del ser humano era capaz de creerse este tipo de cosas con el tiempo y abrir una grieta en el muro de las posibilidades para que se derramase por ella un buen torrente de credulidad. Lo que realmente ocupaba la mente de Faith era la desaparición del cadáver a través de un crematorio y el cambio de color de sus ropas. Para eso había que ser mucho más crédulo de lo que Faith estaba dispuesta a admitir. No obstante, tampoco podía comentárselo a nadie. La tratarían de loca y no podría explicar la desaparición de un cadáver. Aquello podía ser una legión de líneas rojas en el block de notas de la señorita Lockheart como de aquí a la luna. Así que fue egoísta y salió de la sala de refrigeración de cadáveres sin decirle nada a Willy. Sabía que le estaba metiendo en un lío. Sería él el que tendría que explicar la falta del cuerpo, pero no pareció importarle demasiado.(Por si desea saberlo, al final, el sistema burocrático se encargó de engullir el problema por sí solo. Nadie fue a identificar el cadáver, nadie preguntó por él, nadie fue a recogerlo y nadie se percató de que donde antes hubo el cuerpo de un hombre de 140 kilos, semanas después, sólo había un brick de zumo de naranja y un sándwich de jamón, huevo y tomate dentro de una bolsa de plástico junto a una nota que ponía “Cena de Willy. No la toques si no quieres ser el próximo inquilino de esta nevera.”)

La casa de Faith no estaba lejos, podía ir andando, sin embargo, había cogido el autobús que llevaba al aeropuerto “John Wayne” cerca de Long Beach. Hoy tenía una cita ineludible y, para variar, volvía a llegar tarde.

El trayecto se le pasó en un suspiro. La hora y media que duraba el viaje la pasó ensimismada recordando lo que había ocurrido con el misterioso Papá Noel. No llegó a ninguna conclusión y como hace la mayoría de la gente decidió aparcar aquel evento en uno de los huecos de la memoria que era mejor olvidar. Ocho paradas después, Faith se bajó del autobús, y poco después comenzó a oír los gritos de los niños.

Un muro tan alto como las copas de los árboles que se veían por encima de él circundaba el patio exterior del Orfanato “El sauce llorón”. Se trataba de un nombre ridículo, pero había que admitir que no existía nombre alguno que hiciese sentir mejor a un niño que no tenía padres o que los que tenía no le querían. El suelo de la calle reflejaba con envoltorios de cientos de caramelos y restos de adornos terroríficos la noche de Halloween del día anterior. Faith sabía que era un día muy especial para todos aquellos chavales, porque el resto del año eran huérfanos, pero el 31 de Octubre podían ser lo que quisieran: vaqueros, princesas, magos, superhéroes, niños con padres…  Lo malo llegaba el día después, cuando todos aquellos sueños desaparecían y volvían a la realidad. Se quitaban el disfraz y de su interior salía siempre el huérfano escondido.

–Rápido, escondeos. Ya está aquí –escuchó Faith mientras se acercaba.

Sabía lo que venía a continuación. Abriría las puertas y todos saltarían al unísono gritando ¡SORPRESA! Ella fingiría sobresaltarse y las risillas de los más jóvenes devolverían la alegría por unos momentos. Todos los años era igual.

En ese momento, Faith se percató de que no se había cambiado de ropa. Su bata olía a vómito, tenía manchas de sangre en los bajos y unas ojeras de sueño que añadían varios lustros a su edad. Parecía una bruja, y Halloween ya había terminado. No había solución, así que agarró la manilla de la puerta de entrada, cogió aire profundamente y la abrió de golpe.

–¡SORPRESAAAA!

Faith se llevó la mano derecha al pecho y miró a todo el mundo con cara de susto. Los trece niños que habían gritado se reían con las manos en la boca y se miraban unos a otros satisfechos por su pequeña hazaña. La pequeña Ruth, sin embargo, al ver la vestimenta de Faith se escondió rápidamente detrás de las piernas de uno de los cuidadores. Por otro lado, el joven Stuart, Calvin y Edward se miraban unos a otros y se tapaban entre ellos para ocultar sus cuchicheos y risas nerviosas.

–Qué idiota, no sabe que Halloween se ha terminado –dijo Edward en alto.

Una mano, rápida como una centella, voló para darle una colleja. El niño se frotó el cogote y miró a su alrededor. Sus amigos se estaban riendo, pero el cura que le miraba desde arriba no mostraba síntomas de diversión alguna (aunque en realidad le hacía bastante gracia). Pese a la seriedad con la que intentaba reprender al chico, aquel cura no podía esconder la ternura que le inspiraban los jóvenes. La piel bronceada del padre Jesús, sus ojos azules claros y sus jóvenes treinta años le alejaban mucho de la imagen típica de los curas viejos, cenicientos y arrugados a los que los niños les gustaba llamar “cuervos”.

–¿Qué hemos dicho de usar palabrotas? –le preguntó mientras le cogía de una oreja.

–Pero si solo he dicho “idiota”. ¡Aaay!

El cura estiró más aún de la oreja.

–¿Qué hemos dicho?

–Lo siento –se quejó –. No lo volveré a decirlo.

El joven cura soltó la oreja de Edward y éste salió corriendo hacia el grupo de amigos, que lo recibieron con burlas.

–Vosotros sí que sois idiotas –les dijo a Calvin y Stuart, mientras giraba la cabeza para asegurarse de que el padre Jesús no le había oído. Lo que encontró fue la mirada furibunda del cura junto con una mano levantada dispuesta a azotarle.

Los tres niños salieron pitando más asustados que de cualquier monstruo de Halloween mientras se formaba una sonrisa en el rostro del padre Jesús.

Faith lo miraba todo con la misma mueca alegre en el rostro. Jesús al darse la vuelta se encontró con ella de frente y ambos se abrazaron.

–Felicidades pecosa –le susurró al oído.

Faith, todavía abrazada a él, observó los adornos en el jardín, los niños corriendo y jugando entre las mesas y las sillas, los encargados del orfanato intentando controlarlos, el cartel enorme de “Felicidades” colgando entre los dos sauces de la entrada. Pero no encontró lo que buscaba.

–No le veo por ninguna parte –le dijo a Jesús separándose.

–Está arriba –le contestó perdiendo la sonrisa de su cara –. Quería bajar, pero apenas tenía fuerzas y se lo prohibí.

–¿Tan mal está?

–Lo suficiente como para necesitar quedarse en la cama, pero no tanto como para no darme con el bastón en la espalda por obligarle a quedarse.

Faith intentó leer el rostro del cura, descubrir algo que se escondiese entre sus palabras y que denotase que le estaba mintiendo. Pero otros asistentes querían felicitar a la recién llegada.

Claudet, la oronda cocinera, la abrazó como una luchadora de wrestling abrazaría a su contrincante para hacerle una llave, hasta tal punto que mientras apretaba su espalda tan fuerte como para no dejarle respirar, sus pies dejaron de tocar el suelo. El viejo Charles, siempre con su rastrillo de hojas en mano, la rodeó con el único brazo que le quedaba libre, y le plantó dos sonoros besos en las mejillas. Su barba le dejó una sensación de hormigueo y un aroma a cigarro rubio que le decía que se había saltado a la torera la prohibición del médico. Hasta Rudolph, el anciano cocker hispaniel, cuya nariz color cobrizo le había dado su nombre, se acercó brincando para felicitarla y dejarle los bajos de la falda llenos de babas.

Así fue agradeciendo, abrazando y besando a todos los que se acercaron a ella para recibirla. Faith se sentía contenta de volver a ver a todos ellos, y de conocer a algunos nuevos que se habían unido a la familia de “El sauce llorón”, pero la cara que más ganas tenía de ver le esperaba en el interior. Se le debían notar las ganas, porque nadie quiso retenerla mucho tiempo y poco a poco le hacían andar hacia la entrada del edificio. Así, casi sin darse cuenta, se encontró en el interior del orfanato. El padre Jesús, que le había abierto la puerta, le dejó pasar primero.

–Sígueme. Es por aquí –le indicó el padre Jesús.

–Ya lo sé –le contestó Faith –. Todavía me acuerdo. No hace tanto tiempo que me fui.

Puede que el tono con el que lo dijo no fuese muy condescendiente, porque el padre Jesús frenó su paso y se colocó a su altura.

Caminaron por los pasillos sin hablar. Ambos habían pasado sus años de juventud entre aquellas paredes. Y Faith podía ver sus recuerdos como fantasmas correteando. Las risas formaban ecos en las esquinas y algún que otro llanto. Al pasar frente al cuarto de las escobas Faith aminoró el paso. Un día de noviembre como aquel, hacía ya más años de los que quería reconocer, escondida entre la bata del viejo Charles, trapos sucios y escobas calvas, Faith dio su primer beso. Y después de aquel beso vendrían más, acompañados de suaves caricias y manos furtivas e inexpertas en lidiar con los enganches del sujetador.

Echó una última mirada a la puerta y al volver la cabeza hacia el frente vio como el padre Jesús sonreía sin poder evitarlo mientras le observaba el culo sin disimulo.

–Vas a ir al infierno, ¿lo sabes? –le dijo Faith al mismo tiempo que le pegaba un puñetazo en el brazo.

El padre Jesús no dijo nada y continuó andando sin dejar atrás a su compañera, sin quejarse un ápice y sin dejar de sonreír. Faith se agarró al brazo de su amor de juventud y continuó su paseo por el pasado con otra sonrisa en su cara.

El pasillo llevaba a unas escaleras. Cada piso daba lugar a otro pasillo similar, a cuyos lados se extendían las aulas en el primero, las habitaciones de los chicos en el segundo, las de las chicas en el tercero y por último, en el cuarto piso, las habitaciones del personal. Jesús sacó un manojo de llaves de su bolsillo, y estas tintinearon en el silencio del pasillo. Al final, en la parte más alejada, haciendo un recodo en forma de “L” se hallaban las dependencias del director. Tan solo se acudía allí cuando se habían roto las reglas más importantes del orfanato. Faith había pasado por aquel despacho más veces de las que ella podía recordar. Siempre había sido traviesa y rebelde. Pero aquella vez no iba en busca del director, aquella vez iba a ver a su padre.

Al abrir la puerta, el aire del interior salió de un bandazo y un fuerte olor ácido taponó la nariz de Faith. La enorme mesa de madera en la que se sentaba el director había desaparecido, así como su silla reclinable que chirriaba como un gato atropellado. El incómodo sofá donde obligaba a sentarse castigados a los niños que eran enviados allí, había sido sustituido por un fino colchón que se sujetaba sobre un somier metálico que parecía sacado de la segunda guerra mundial. Y sobre él, delgado, arrugado y enfermo, luchaba por respirar una y otra vez más, el padre Wright.

Tenía los labios secos y los ojos parecían llorar pus. Apenas reconocía su rostro escondido entre tanta arruga. La piel tenía tan poca carne a la que agarrarse que se apergaminaba sobre sí misma e impedía que le pudiesen afeitar bien. Faith lo miró con tristeza y apartó la vista casi de inmediato. Jesús le sujetaba con fuerza, y sólo gracias a eso, Faith no salió corriendo de allí.

El aire fresco venido de fuera debió llegar hasta el padre Wright, porque enseguida comenzó a removerse en busca de más sábana que pudiese taparle. Pero en su intento, una de las dos mantas que le cubría, la de encima, se deslizó y cayó al suelo. Faith no dudó en agacharse rápidamente para recogerla. Y con sumo cuidado y cariño la volvió a colocar sobre el frágil cuerpo del anciano.

–Huuummm –gimió el padre Wright al sentir de nuevo el peso sobre su cuerpo. Y poco después su boca formó lo que él pretendía que fuese una sonrisa pero que parecía más una mueca de dolor –. Has venido niña.

Faith se sorprendió. No había abierto los ojos. No creía que fuese capaz siquiera de hacerlo. Lo más seguro era que estuviese ciego. Se arrodilló en el suelo junto a la cama y miró a su amigo Jesús que lo veía todo desde la puerta. Él le devolvió la mirada y sus labios se movieron sin hacer ruido, pero formando la palabra “háblale”.

–Estoy aquí padre –le dijo Faith cogiéndole la mano como quien cogería un pájaro herido.

–Padre, padre –contestó el anciano escupiendo las palabras con desprecio –. Cuando me llamas así no sé si lo haces por mi condición de cura o porque te lo pide el corazón.

Faith lanzó una mirada a Jesús que le sonreía con los hombros levantados y con una expresión en el rostro que cualquier experto en muecas habría traducido como: “Ya le conoces, ¿qué más quieres que te diga?”

–Hola papá –le saludó con un suspiro.

–Mucho mejor –contestó el anciano con una sonrisa –. Felicidades niña.

–Gracias papá.

Jesús dio varios pasos hacia atrás en silencio sin dejar de mirar hacia el anciano padre y su amiga. Cerró la puerta tras de sí procurando no hacer ruido y dejó a los dos cierta intimidad.

Todos los niños del orfanato eran hijos del padre Wright de una forma figurativa pero, de entre todos ellos, Faith siempre había sido la preferida. Y lo había sido de tal manera, que el director del orfanato decidió, hace ya más de veinte años, adoptarla formalmente. ¿Por qué? Antes de que Faith llegase al orfanato el padre Wright sufría una crisis de fe, y de alguna manera, aquella niña cambió su vida, la reformó y le dio un sentido a su trabajo. El origen del apellido “Wright” provenía del Inglés Antiguo wryhta, que significa trabajador y que se añade a otros sustantivos para definir a “alguien que construye o repara algo”. El anciano cura lo repetía a todos los niños que llegaban como recordatorio de que él tenía la misión de ayudar y reparar el daño que el mundo les había hecho a ellos obligándoles a vivir allí. Faith había arreglado su propia vida, y por eso pensó que darle su apellido sería un gesto simbólico. Darle un padre de verdad tenía todo el sentido del mundo.[1]

–Hija.

– ¿Sí papá?

–¿Rezarías conmigo?

–Por Dios papá, ¿ya empiezas con eso?

–¿Cómo es posible que alguien con tu nombre y tu educación pueda ser atea?

–¿De verdad quieres discutir eso ahora?

–Hija, tú fuiste un regalo de Dios.

–No me vengas con esas.

–Me acuerdo como si fuese ayer –continuó como si no le hubiese escuchado.

–Por favor… –pidió Faith, pero sin convicción, pues el padre Wright seguía su relato sin atender a las palabras de su hija.

–Fue una noche de Halloween –relató con los ojos cerrados y la boca seca –. Los niños habían salido con el padre Domingo. O puede que fuese con el padre Clemence. Sí, era el padre Clemence, me acuerdo de que tenía una verruga en la nariz. Los niños le llamaban Krispie Clemence. Un buen hombre ese Krispie Clemence.

Faith se acomodó sentada en el suelo. Apoyó la cabeza en el colchón y dejó que la voz de su padre relatase aquella historia repetida año tras año.

–Yo me había quedado en mi despacho –continuó el anciano –. Estaba escribiendo mi renuncia a la dirección del centro y mi petición de salida de la orden. Había pedido a Dios tantas y tantas veces que me hablase, que respondiese a mis plegarias. Pero solo obtenía silencio y quería tirar la toalla. Entonces sonó el timbre de la puerta.

Faith se removió en su sitio. La parte que venía a continuación era la que le hacía sentir más incómoda.

–Llamé a Claudet, pero se me había olvidado que tenía el día libre para atender a sus sobrinos –continuó el anciano con emoción en la voz –. Tardé un minuto en llegar hasta la puerta. Seguramente serían niños disfrazados que querían caramelos. Pero estaba equivocado. Al abrir encontré a mis pies un pequeño moisés. Y dentro, estabas tú. La criatura más bonita que había visto en mi vida.

Faith se tapó la cara avergonzada.

–Miré alrededor –prosiguió –. Pero no había nadie. Tan solo una nota en el capazo. “ROGAMOS A DIOS QUE CUIDE DE NUESTRA HIJA. PONEMOS NUESTRA FE EN USTED” decía la carta. Te cogí en brazos y supe que Dios te enviaba a mí como una señal. Aquellas dos almas perdidas habían puesto su fe en mis manos, como decía su nota…

–… y por eso te puse el nombre de Faith. Irónico ¿verdad? –murmuró Faith con los labios mientras su padre lo decía en voz alta. *

–No te burles de tu anciano padre –le regañó.

–Pero si…

–Estoy ciego hija, pero todavía sé cuándo me haces burla.

–Lo siento papá.

–No lo sientas –le contestó con una sonrisa –. Eres una persona especial Faith. Estás destinada a hacer cosas grandes.

–Papaaá…

–No repliques a un anciano moribundo. Un padre sabe estas cosas.

–Todos los padres piensan lo mismo de sus hijos y eso no quiere decir que sea cierto.

–Oh, por Dios bendito, ¡qué testaruda eres! Haz caso a tu padre por una vez en tu vida. Estás destinada a cosas grandes. Lo sé.

– ¿Cómo lo sabes?

–Simplemente lo sé. Tengo Fe.

Faith se rindió y abrazó a su padre con cariño.

–Y siempre me tendrás papá.

En ese instante, con su cuerpo sobre la cama, rodeando con sus brazos a su padre se percató de lo realmente delgado que estaba. Notaba los endebles músculos del cura intentando levantarse para devolverle el abrazo pero perdiendo la batalla. Le costaba respirar. Tanto hablar le había cansado y ella se apartó deprisa de él por miedo a hacerle daño.

–No deberías hacer esfuerzos –le dijo mientras se ponía de pie.

–Hablar contigo nunca es un esfuerzo –contestó buscándola por el sonido de su voz con los ojos cerrados –. No estoy cansado.

–Mentir es pecado, ¿lo sabías?

–Pero tú no crees en esas cosas –le contestó sonriente –. Por mucho que me esfuerce en lo contrario.

–Oh, cállate viejo truhán.

Faith se inclinó para besar la frente del anciano y notó la fiebre.

–Duerme un poco –le dijo a modo de despedida –. Vendré a despedirme antes de irme.

Para cuando cerró la puerta el padre Wright ya estaba sumido en un sueño profundo y el padre Jesús le esperaba paciente junto a la habitación.

–Tiene fiebre –le dijo Faith en cuanto se pusieron a andar.

–Lo sé –le contestó apesadumbrado –. No podemos bajársela. El médico ha dicho que no se le puede dar más medicación que la que toma. Me temo que sólo queda esperar.

Faith no supo qué contestar. Así que no dijo nada y continuó caminando junto a su amigo.

–Sé que no eres creyente pero ¿quieres que vayamos a la capilla a rezar? –preguntó el padre.

–Jesús.

– ¿Qué?

–Vete a tomar por culo.

 

––––––––––––––––––––––––

[1] Nota del traductor: la palabra wright tiene el mismo inicio de la palabra wrong (error), pero contiene en sí misma la palabra right (correcto), lo cual supone una dualidad con la que se puede jugar fácilmente en el idioma anglosajón y que el autor utiliza constantemente. De esta manera al decir que le da su apellido “Wright” y sería lo correcto “Right”, se crea el juego fónico entre las palabras.

* Nota del traductor: Todo resulta un juego de palabras, ya que Faith en inglés significa Fe, de ahí que “We put our Faith in you” se traduzca en “ponemos nuestra Fe en usted”

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