Cuestión de Fe: Capítulo 1-6

santa_slay

Viernes.

¿Quién iba a imaginarse que Santa podía ser tan vengativo?

Aquí lo descubriréis:

A estas alturas de la historia y vistos los acontecimientos que han ocurrido hasta ahora, he de suponer que su mente sufre un shock de confusión similar al de la pobre Faith. Pero no se preocupe, todo tiene su explicación. Las historias son como ríos que fluyen. Afluentes y arroyos de pequeñas historias que desembocan en un gran torrente de trama central. Los personajes, como náufragos a la deriva, se pierden entre los meandros y falsos regatos sin salida, se quedan estancados o regresan al río madre hasta llegar a la desembocadura final de su desenlace. Navegantes solitarios en tramas entrelazadas. Pero yo soy diferente, Yo conozco el cauce. Yo soy Capitán, no marinero. Como bien dice mi título nobiliario soy Omnisciente, Narrador Omnisciente, y sé lo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en esta historia. Todo misterio quedará revelado con el tiempo. No obstante, si no tiene paciencia, sólo tiene que ir al final del libro y leer el último capítulo. Pero recuerde que la Curiosidad mató al gato. No sé qué le habría hecho el minino, porque no es parte de esta historia, pero acabó bien muerto.

Sin embargo, para calmar el ansia de los más curiosos y porque a veces la Justicia también es libre de castigar a quien se debe, le guiaré por el pequeño cauce de uno de los afluentes de esta historia. Nos apartaremos del torrente madre de la trama central y le contaré qué fue de los tres asesinos de Papá Noel. Preste atención, pues aunque el caudal de esta pequeña historia es pequeño, no lo es así la importancia de su agua, que tarde o temprano, siempre acaba sumándose a la crónica del manantial principal.

Antes de nada, debe saber que las Navidades son una leyenda poderosa de cultura, folclore e infinidad de personajes y mitos. El más famoso de todos esos personajes es Santa Claus. Bien es cierto, que se ha ganado su fama, año tras año, gracias a sobornos constantes en forma de regalos y dulces, pero nadie puede disputarle su sitio en el podio más alto del protagonismo navideño. Sin embargo, especialmente en Hispanoamérica y España, se han erigido, desde hace siglos, tres duros competidores, cuya tradición e historia es anterior a la del panzudo de rojo, pero cuya virtud en el marketing corporativo ha quedado eclipsado ante el éxito aplastante de Santa Claus. Se les conoce como los Tres Reyes Magos, nacidos de las Santas Escrituras de la Biblia, trajeron desde el lejano Oriente regalos a Cristo recién nacido. La tradición cuenta que cada cinco de enero, por la noche, dejan regalos a los niños que han sido buenos. Sus nombres son Melchor, Gaspar y Baltasar.

Por muy racista que suene, la idea de que un hombre negro, junto con dos compinches, se colase en una casa por la noche sin ser visto, ha podido contribuir a la poca aceptación de estos tres personajes en el mundo anglosajón. Por otra parte, un hombre gordo disfrazado que conduce un trineo volador, tirado por renos mágicos y que cae por el hueco de una chimenea, parecía mucho más apropiado. ¿No cree?

De cualquier manera, ajenos a toda tradición, ya que todavía quedaba algo de tiempo libre, Melchor, Gaspar y Baltasar apuraban el fondo de tres pintas de cerveza de un trago en el único bar donde gente como ellos podían reunirse sin despertar sospechas, la taberna “True Lies”.

El ambiente era oscuro. Y así permanecía aunque fuese de día. Pese a tener grandes cristaleras en una de sus paredes, éstas, solo dejaban traspasar una mínima fracción de luz. Los rayos de sol chocaban contra los colores del cristal y proyectaban sombras por todo el recinto. Suelo, pared, mesas, sillas y barra eran de madera, de esa que chirría ante los zapatos blandos y responde con eco a las suelas de tacón duro, pero nunca se quedaba indiferente. Una ligera niebla permanecía siempre entre los presentes, aunque nadie estuviese fumando. Ni siquiera al abrir la puerta ésta se escapaba. Era como si todo el bar estuviese sacado de una fotografía antigua y todo permaneciese inalterable eternamente. Era un bar mágico, como sólo puede serlo un bar de leyendas. Había uno en cada ciudad, pueblo o aldea del planeta. Capitalismo los había llamado “franquicias” una vez, pero no se adecuaba bien al sentido de “True Lies”, ya que, en realidad, sólo existía un único bar, y era el mismo en todas partes. Lo que cambiaba era la puerta por la que se accedía a él. ¿Cómo encontrar la puerta correcta? Me temo que me está prohibido compartir esa información. Un lugar no es exclusivo si se deja entrar a todo el mundo. Y los clientes de “True Lies” eran, sin lugar a dudas, gente exclusiva.

Un pequeño grupo de monstruos de armario se habían recluido en la esquina más oscura, bajo un cartel que rezaba “Zona habilitada para discapacitados”. La imaginación de los niños les había otorgado enormes bocas y dientes, sin embargo, no les había dotado de aparatos digestivos demasiado elaborados, por lo que la ingesta de cualquier bebida o alimento que no fuese carne o sangre infantil provocaba grandes dificultades poco agradables a la vista y el olfato. Por esta razón se les apartaba del resto de los clientes.

En la barra, compartían cesta de cacahuetes Elvis Presley, un enano marciano, o puede que fuese un venusiano y lo que algunos pensarían que era un zombie albino pero que muchos reconocerían como el artista anteriormente conocido como Michael Jackson.

Liberty ejercía de camarera. Siempre al servicio del sediento, su melena rubia se paseaba entre las mesas retirando las copas vacías y dejando las jarras llenas. Sus pantalones cortos y ceñidos decían que no había nada debajo de ellos y el generoso escote de su camisa a cuadros declaraba a pleno pulmón la libertad de sus dos ocupantes. Su cuerpo había declarado la independencia a la ley de la gravedad y el tiempo. Sus curvas eran tan vibrantes y sinuosas que recorrerlas solamente con la vista era considerado un deporte de riesgo. Era graciosa y agradable cuando quería. Estricta y osca cuando lo deseaba. Y ahí radicaba el secreto de Liberty. Era rebelde y fiel al libre albedrío. Por eso, cuando Curiosidad le preguntó por qué había decidido ser camarera cuando podía ser lo que quisiera, Liberty simplemente contestó: “Porque quise”.

El bar nunca cerraba y siempre había alguien en su interior. Su clientela era tan variada que necesitaría mil vidas para enumerar tan sólo una mínima parte. Pero por ahora simplemente debemos recordar a tres de ellos. Tres criminales que disfrutaban de sus últimas horas libres del año celebrando una vez más el asesinato de su mayor enemigo.

–¿Visteis su cara cuando aparecimos en el callejón? Ja –rió Melchor que lucía una barba cana color ceniza.

–Ese gordo de mierda no se lo podía creer –continuó Gaspar, cuya barba era castaña como la caoba en otoño e igual de frondosa que la de Melchor.

–Otro año que muerde el polvo –culminó Baltasar con acento oriental y ni un pelo en su rostro que ocultase su piel oscura como el ébano.

–¡Por nosotros! –brindó Melchor alzando su jarra.

–¡Por otro Halloween sin Santa Claus! –gritó Baltasar.

Alzaron sus jarras y las hicieron chocar en el aire. El vidrio sonó como campanas de victoria y celebración. La cerveza recorrió sus gaznates como ambrosía reservada a los héroes. Siempre bajo la atenta mirada de Liberty, que ya tenía preparadas otras tres jarras llenas a punto de ser servidas. Las colocó sobre la mesa y el sonido al depositarlas en la mesa de madera sonó inusitadamente fuerte. Melchor alzó su jarra y miró curioso en la base para ver si descubría algo. Pronto su mirada, y la de los demás, cambió de dirección. El mismo ruido fuerte a madera golpeada volvió a sonar, pero esta vez se percataron que provenía de arriba, del techo. Sonaba como una lluvia de granizo del tamaño de pelotas de tenis. Los golpes se repetían con fuerza e intensidad hasta que la frecuencia cesó tan de repente como había llegado. Sin embargo, una cadencia lenta pero firme persistió. Alguien estaba andando por encima del tejado. Los cuellos de los asistentes siguieron la dirección del ruido. Todas las miradas coincidieron en el fuego de la chimenea encendida. Cayó polvo sobre las llamas y éste ardió como fósforo multicolor.

Los tres Reyes se miraron unos a otros. Reconocieron el miedo en sus miradas y la perplejidad en sus muecas. En ese breve instante en el que habían apartado la mirada de la chimenea, un fuerte sonido sordo apagó el fuego del hueco de la chimenea. Pero lo que les heló la sangre fue la voz profunda y cruel que siguió a continuación:

–¡Ho, ho, ho, Feliz Halloween muchachos!

El enorme saco de regalos de Santa Claus había servido para apagar el fuego de la chimenea y como colchón amortiguado para la caída de su dueño. Sonreía de tal manera que ningún niño se habría sentado en sus rodillas. Y su mirada ya se encontraba anclada en los pescuezos de sus tres competidores.

Gaspar dejó caer su jarra al suelo. Sus piernas estaban tan asustadas que saltaron a la carrera incluso antes de que su cerebro le diese la orden, pero antes de que alcanzase la puerta, el voluminoso cuerpo de Santa Claus se interpuso entre la salida y su víctima. En ese mismo instante, si su pelo no fuese completamente cano de por sí, se habría vuelto blanco en menos de lo que se tardaba en decir “glups”.

Más de una persona, al contar esta parte de la historia, me ha preguntado ¿cómo era posible que una persona de tamaña envergadura como Santa Claus pudiera moverse a tanta velocidad? Y es que no se debe olvidar que este prodigio de la naturaleza navideña era capaz de recorrer todos los hogares del planeta en una sola noche. Hay que ser rápido para lograrlo. Puede que los Tres Reyes Magos cumpliesen la misma labor, pero ellos se distribuían el globo en terceras partes. Un simple ejercicio de lógica indicaba por tanto que Santa Claus era, al menos, el triple de rápido que cualquiera de sus competidores. Así se explica que Gaspar no fuese siquiera capaz de ver el movimiento feroz con el que la mano de Papá Noel agarró su cuello.

Apenas podía respirar, pero tampoco hacía falta. Con la presión de un solo dedo, Santa Claus rompió el cuello del Rey Mago (no se extrañe tanto, además de veloz, es capaz de levantar un saco que contiene todos los juguetes de todos los niños del mundo, romper un cuello es una nimiedad). El chasquido sonó como el de una rama seca al romperse. Y su cuerpo cayendo al suelo fue como una maza golpeando un tambor de guerra. Melchor y Baltasar se levantaron de sus sillas como un resorte. El miedo se había tatuado en sus rostros. Gaspar había sido una advertencia para que cejasen en sus intentos de huida, y, sin lugar a dudas, había surtido efecto.

–Es imposible –consiguió articular Melchor.

–Es evidente que no –contestó Santa Claus mientras se dirigía hacia la mesa.

–Todavía quedan horas para que termine el día –se quejó Baltasar mientras veía la mole roja y blanca acercarse más y más.

–Unas horas que pretendo pasar divirtiéndome con vosotros dos –les contestó mientras la sombra de su corpachón los tapaba a ambos. En sus ojos vieron un atisbo de lo que se escondía en su mente, y entonces se dieron cuenta de que Gaspar había sido el más afortunado.

Lo que pasó a partir de entonces es digno de uno de esos movimientos de cámara que se alejan del punto de interés y dejan a la imaginación del espectador lo que pudo ocurrir, compartiendo solamente una sombra intrigante, un disparo o un grito estridente. Y aunque esta pequeña historia de venganza, dolor, sangre, sufrimiento y miedo es particularmente adecuada para esta época de Halloween, no es especialmente relevante para nuestra trama. Créame, soy el Narrador. Sin embargo, sí que lo es uno de los testigos que se encontraban en aquel momento en el bar. Alguien que, de no haber estado allí, el destino de Faith habría sido completamente distinto. Pero es lo que tiene el Destino, que es caprichoso, y que ese mismo día había quedado con nuestro testigo accidental en el bar, a esa misma hora. Sin embargo, no había aparecido, y el joven que aguardaba sentado en una de las mesas lo vio todo de principio a fin. No por nada, era el dueño del bar.

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