Cuestión de Fe: Capítulo 1-5

TheCremationOfSanta

Viernes.

Toca trocito de la novela.

Santa ha muerto.

Larga vida a Santa.

¿O no?

Aquí lo sabréis:

La morgue siempre estaba fría. Se necesitaba un sistema de refrigeración que mantuviese los cuerpos fríos. Los cadáveres con el calor se descomponían, emitían gases y olían fatal. Pero aunque fuese una medida higiénica y práctica, Faith no podía dejar de pensar que aquello, en realidad, sólo servía como nevera para que los gusanos tuviesen la comida fresca durante más tiempo. Y que Willy, el guarda de noche de la morgue, usase una de las cámaras para guardar su cena, también ayudaba un poco.

–¿Qué pasa Faithy Face? –saludó el guarda sonriente con una mancha de mostaza en la comisura.

–Te he dicho mil veces que no me llames así, Willy. Y límpiate la boca. Como te vea la zorra de Lockheart seguro que añade otra línea roja a tu expediente.

–Gracias Faith –le contestó.

El sistema de la señorita Lockheart de líneas rojas era similar al de una profesora de escuela católica. Cada miembro del hospital, ya estuviese a su cargo o no, contaba con una ficha individualizada. En cada ficha escribía en un extremo de la hoja la palabra “Bien” y, exactamente a la misma altura, en el lado opuesto escribía la palabra “Mal”. El sistema no era muy complejo, pero sí terriblemente efectivo para la mente de la jefa de enfermería. Cada mala acción era anotada con la forma de una pequeña línea de color rojo horizontal. Y encima colocaba un número consecutivo en cuenta atrás. Una cosa así:

 

Bien                 Mal
10

9

8

7

6

5

4

3

2

1

 

Físicamente, costaba diez líneas rojas llegar desde “Bien” a “Mal”. Pero para ser sinceros y fieles a la verdad, con una sola línea roja, uno ya se encontraba en la lista negra de la señorita Lockheart. Sin embargo, hacían falta las diez completas para que ella presentase una queja formal ante el comité de personal con una lista detallada de todas las infracciones. Pero todo esto era ya, mera burocracia. Faith ya había agotado todas sus líneas desde hacía mucho tiempo. Ya no había de qué preocuparse.

–Tienes mala pinta –comentó Willy fijándose en las manchas de la ropa de Faith.

–Ya sabes, turno doble –contestó abriéndose la chaqueta para mostrarle todo el desastre y volviéndose a tapar rápidamente por el frío.

–Tu turno terminó hace diez minutos –le dijo mirando el reloj, que también tenía una mancha de mostaza.

–Ya lo sé, pero el Santa Claus del depósito… bueno… lo encontré yo

–¡Qué pasada!

–Sí, una pasada total. La cuestión es que… no sé… pensé en echarle un vistazo antes de irme. Y…

–No digas más.

–Gracias Willy.

–No hay de qué Faithy…

–Willyyy…

–Uy, lo siento Faith –se disculpó sonrojado.

Empujó la puerta con los dedos y la sostuvo para dejar pasar a la joven enfermera. El frío de la sala de las cámaras estaba aún más frío que el sótano en general. De sus bocas se escapaban ondas de vaho que desaparecían en el aire.

–Joooder qué frío –se quejó Faith.

–Ten, ponte esto –le dijo Willy mientras le colocaba una chaqueta plumífera sobre los hombros.

–Gracias Willy.

–No hay de qué. La guardo para cuando hay que entrar durante mucho tiempo.

La puerta se cerró sola detrás de ellos. Una de las lámparas fluorescentes parpadeaba amenazante. Poco quedaba para que se fundiese.

–Vamos a ver –dijo Willy mientras ojeaba una carpeta con la lista de las cámaras –. John Doe vestido de Papá Noel está en laaaa… aquí está. Cámara 25.

Faith temblaba. Hacía mucho frío, pero no era ese el motivo. O por lo menos no del todo.

No era la primera vez que había visto un cadáver. Ya estaba acostumbrada. Es algo que no se puede evitar cuando se trabaja en un hospital. Pero en este caso era diferente. No había muerto bajo su cuidado. No había llegado en una ambulancia ni había sido ingresado. Lo había encontrado en la calle, fuera del entorno normal del hospital. Tal vez era aquello. Pero no. Había algo más.

Willy tiró de la bandeja deslizante con fuerza y ésta salio sin problemas. Una sábana blanca cubría el cuerpo. Y por el tamaño del bulto, no cabía duda de que se trataba de su panzudo Santa Claus. A los pies de la camilla metálica se encontraba el extraño traje verde que había llevado puesto. Las manchas de sangre seca habían coloreado de negro las zonas por donde habían entrado las puñaladas y había salido su vida.

–Extraño ¿verdad? –dijo Willy.

–¿El qué?

–El traje.

–¿Qué le pasa al traje?

–Que es verde.

–Ah, eso.

–Se supone que debería ser rojo ¿no? –dijo Willy.

–La verdad es que no.

–¿Cómo que no? Santa Claus viste de rojo. Todo el mundo lo sabe.

–Lo cierto es que el auténtico Santa Claus vestía de verde Willy –le corrigió con tono amable.

–Eso es mentira.

–Me temo que no –volvió a corregirle sin alterarse –. Coca cola utilizó el color rojo y blanco de Santa Claus y la gente comenzó a acostumbrarse a verlo siempre así.

–Eso es una chorrada –se quejó Willy. Pero en su mente comenzó a contemplar la posibilidad de que lo que Faith le había dicho pudiese ser verdad. Porque, aunque este hecho en concreto es cierto, el truco para hacer veraz una mentira es decirla con convicción.

–Como quieras Willy –desistió Faith –. ¿Te importaría dejarme un minuto a solas con él?

–No irás a sentarte en sus rodillas ¿verdad? –bromeó mientras salía de la sala.

Faith sacó su mano derecha de entre los pliegues del polar y le mostró cuanto podía extenderse su dedo corazón. Acto seguido, Willy cerró la puerta tras de sí.

Hacía frío. Mucho frío. Un pequeño charco de zumo naranja, que seguramente pertenecía a la cena de Willy, se había congelado en la esquina de la habitación. Ni las ratas, ni siquiera las cucarachas, se atrevían a enfrentarse a aquel gélido ambiente para lograr aprovechar las sobras y migas que el guardia había dejado atrás. Allí solo había frío y muerte. A excepción de los restos de Willy, lo demás estaba en un estado excepcionalmente limpio. Los muertos ensuciaban poco. A través del aire congelado se podían percibir olores a lejía, formol, ambientador rancio y… ¡¿algodón de azúcar?!

Debía ser un error, pero ciertamente no lo era. Con la cabeza inclinada para facilitar el olisqueo Faith abría sus fosas nasales e inspiraba repetidas veces. No se equivocaba. Mezclado entre el ambiente aséptico se encontraba un ligero olor dulzón. Movió la cabeza en círculos a su alrededor en busca de una ráfaga de esencia acaramelada. Encontró el rastro y se sorprendió cuando la punta de su nariz apuntaba hacia el cadáver de Santa Claus. Se inclinó sobre el cuerpo. Lo tapaba una sábana blanca, pero no cabía duda de que el olor provenía de debajo. Aun así, la curiosidad empujaba demasiado. Tenía que levantar la tela para comprobarlo definitivamente.

Le temblaba la mano. Su mente intuitiva sabía que algo raro estaba pasando. La otra parte, la racional, pensaba en la posibilidad de que fuese una broma de Willy. Por último, la parte vengativa, ya estaba elaborando el castigo que inflingiría al pobre desgraciado si la anterior tuviese razón.

Confundida entre tantas vías de pensamiento, su mano derecha tomó la iniciativa sin consultar y levantó la sábana. El aire contenido se puso en movimiento y llegó a Faith como una ola de mar. Ponche, bastones de azúcar, mantecados, muñecos de mazapán, galletas de canela y jengibre, humo de leña quemada y hojas verdes de abeto se introdujeron por su nariz directas al cerebro. Éste interpretó los olores como recuerdos infantiles de navidades alegres pasadas. Y, sin poder evitarlo, una sonrisa afloró en su rostro.

La piel de Santa Claus era tan blanca como la barba que le cubría toda la cara y la abundante melena de toda su cabeza. Sus labios se perdían entre tanto pelo y su nariz todavía guardaba algo de color por culpa de pequeñas varices en su punta redondeada. “Demasiado alcohol” pensó la enfermera que se escondía en el interior de Faith. Sin embargo, no cuadraba. Un típico sin techo que se hubiese dado al alcohol olería a vino picado, a basura, sudor y a sangre. Éste cadáver, pese a que lo habían limpiado, olía a pino fresco, a nieve recién caída, a madera de mueble viejo, a dulces y flores de invierno.

Faith se inclinó aún más sobre el cadáver y sorbió por la nariz con fuerza. Su mente todavía se resistía a algo tan ilógico. “Puede ser el olor del suavizante de la sábana” le dijo su mente racional. Pero en cuanto el olor llegó a las pituitarias, lo racional se batió en retirada. Una nueva mente, como una idea que germinaba y crecía a gran velocidad, iba abriéndose hueco en primera línea de cerebro. “No puede ser. Es imposible” gritaba la razón. Pero ya estaba acorralada y apenas tenía espacio. Esa nueva idea abarcaba prácticamente la totalidad del pensamiento. “Ni se te ocurra pensarlo” gritó con un último suspiro la razón antes de verse aplastada por la idea nueva, que había crecido tanto que ya estaba a punto de desbordarse y salir a la luz. Y ¡zas!

–¿Será el de verdad?

Lo hizo. La idea salió al exterior por la boca y cayó directamente encima del pecho de Santa Claus. Y nada más tocarlo éste aspiró con tanta fuerza que parecía querer introducir en sus pulmones todo el aire de la habitación.

Faith echó su cuerpo hacia atrás con brusquedad. El susto la lanzó contra la pared del otro extremo de la habitación. Quería haber gritado, pero al parecer, la rapidez y la fuerza con la que había saltado para alejarse de la camilla había dejado atrás la parte de su cerebro que dominaba esa parte motriz. Sentada en el suelo helado observó cómo el cuerpo, presuntamente inerte, de Santa Claus alzaba su mano derecha y retiraba la sábana que le cubría. La tela cayó al suelo con un ruido sordo, y así lo hizo también el traje que reposaba a sus pies. Pero, para sorpresa de la asustada espectadora, el color verde que tanto había sorprendido a Willy se había transmutado en un rojo vivo. Poco pudo pararse a comprobarlo, pues por muy magnífico que pareciese, no tenía nada que ver con el espectáculo de un cadáver despertándose de entre los muertos.

Dos patas gruesas se deslizaron por un lado de la camilla y con un salto excepcionalmente ágil para un hombre de su envergadura y que llevaba prácticamente un día muerto cayó al suelo.

–Uy, ay, joder, coño, la ostia que frío está el suelo –escuchó Faith desde el suelo. Y la voz que oía sonaba grave como el tañido de una campana enorme.

Santa Claus saltó sobre la sábana que había cubierto hasta entonces su cuerpo y se protegió del gélido suelo. Su barriga peluda caía sobre su bajo vientre amenazando sepultar en el olvido su diminuto miembro viril[1]. Pero lo que realmente llamaba su atención era la “Y” que tenía trazada en todo su pecho y su panza. La prueba de la autopsia. Los hilos de sutura se le salían por algunas partes. Él se miraba extrañado, casi tanto como Faith. Con uno de sus regordetes dedos cogió el extremo de uno de los hilos. Tiró de él con suavidad y vio cómo la sutura se deshacía poco a poco desde la base de su estómago.

Faith estaba paralizada. La razón del interior de su cerebro había recogido sus cosas, las había metido en una maleta y había colgado un cartel que decía “Cerrado por vacaciones” antes de irse. La visión de Santa Claus quitándose los puntos le hizo imaginar cómo se abriría la herida recién cerrada y sus órganos se desparramarían por el suelo. Sin embargo, lo que vino a continuación fue completamente distinto. Para entonces la razón ya estaba lejos, así que la sorpresa no fue tan grande.

Conforme el hilo desaparecía de la piel del anciano panzudo, la herida se cerraba por sí sola y sin dejar cicatriz alguna. Incluso los tres agujeros de puñal que no habían sido cosidos estaban desapareciendo sin más. En cuestión de un minuto su cuerpo no mostraba más imperfección que una evidente obesidad mórbida. Se agachó con más flexibilidad de la físicamente posible para recoger su ropa. Y fue en ese momento cuando sus ojos se encontraron con los de Faith.

–Ho, ho, ho. ¿Qué tenemos aquí? –exclamó mientras se vestía rápidamente.

–Tú…tú…tú estabas muerto –consiguió articular Faith.

–Oh, eso –dijo sin parecer importarle demasiado –Sí. No debería haber resucitado hasta dentro de unas horas. ¿Raro verdad?

–Pero… pero… te asesinaron. Yo estaba allí.

–Ah, eras tú. Muy amable por tu parte. ¿Viste a esos bastardos?

– ¿A quién?

– ¡A quién va a ser! A los Reyes Magos. Esos cabrones me matan todos los años para que no disfrute de las vacaciones. Creía que todo el mundo lo sabía –exclamó agitando violentamente sus brazos –. Espera.

Completamente vestido, Santa Claus dio un par de pasos para acercarse a Faith. Al inclinarse sobre ella el cinturón de cuero negro crujió por el esfuerzo y un fuerte olor a caramelos llegó con él. Agarró la barbilla de Faith con su mano derecha y giró su rostro hacia ambos lados. Su mirada la recorría como un escáner de impresora láser. De vez en cuando volvía a girar la barbilla para detenerse en algún punto de su rostro.

–Lo siento –le dijo soltándola bruscamente –. Te he confundido con uno de los nuestros.

Una vocecilla dentro de la cabeza de Faith se preguntaba qué significaba “uno de los nuestros”, pero la voz estaba enterrada por varios metros cúbicos de miedo, así que no tuvo oportunidad de preguntarlo.

–Olvida todo lo que has visto y oído. Será lo mejor para ti –le dijo mientras se colocaba bien los pantalones, que se le habían bajado al agacharse –. Todavía me quedan un par de horas antes de que me vuelvan a encerrar en el polo con todos esos malditos duendes. Así que voy a buscar a esos tres bastardos y me voy a vengar antes de volver a los trabajos forzados.

Santa le dio la espalda. Junto a la pared donde se encontraban las cámaras refrigeradas había una puerta con una chapa metálica que ponía “Crematorio”. La abrió y pasó como si fuese su propia casa. El horno estaba al final de la sala. Su puerta cuadrada estaba diseñada para introducir las cajas mortuorias con unos raíles. Santa la abrió y se introdujo sin el más mínimo esfuerzo. Sin saber cómo, Faith vio como el obeso Papá Noel se daba la vuelta en el interior del crematorio. Él la miraba todavía extrañado como si no terminase de creer que hubiese podido equivocarse al juzgarla. Finalmente, Santa Claus sonrió y movió sus regordetes dedos en señal de despedida. Un segundo después pegó un pequeño salto y su cuerpo se distorsionó y deformó para caber por el hueco de aireación del horno.

El cuerpo de Faith se incorporó como un espasmo. Corrió dentro de la sala del crematorio y se acercó a la cavidad de la moderna chimenea. Su mente llegó un poco más tarde que su cuerpo, justo cuando un risueño “ho, ho, ho” llegaba desde las tuberías de ventilación.

 

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[1] Los niños piensan poco en las partes íntimas de sus fantasías, así que éstas no se desarrollan mucho

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Si te ha gustado y quieres saber más.

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