Cuestión de Fe: Capítulo 1-3

chainedheart

Señoras y señores, es viernes, y eso significa que toca continuación del capítulo de Cuestión de Fe.

Hoy no veréis avanzar mucho la trama, es una trocito que guía lentamente a Faith hacia su destino, pero que servirá para guiar al lector en el estilo literario que va a dominar toda la novela.

Así que disfrutadlo.

Aquí lo tenéis:

Nadie en todo el universo sabe a qué huele un hospital. Si alguna vez se para a pensarlo por sí mismo o, si tiene realmente curiosidad, y decide preguntar a la gente que está a su alcance sobre este tema, la respuesta que acabará dando la vuelta a sus oídos y a su mente siempre será la misma: Un hospital huele a “hospital”. Lo que no quiere decir en absoluto que tenga que oler bien. De hecho, suele oler bastante mal. Tiene algo que ver con la enorme cantidad de virus y bacterias, vómitos, excreciones y gases que se concentran en un único edificio. Sin embargo, a Faith era algo que le gustaba. Una casa vacía olía a polvo, a cerrado, a humedad, a libro viejo o cuero podrido, a virutas de pintura desconchada o a roedor muerto. Ah, pero un hospital… un hospital tenía olor propio. Y eso le daba entidad al edificio. Le daba… personalidad. Y a Faith le gustaba eso. Le hacía sentir que pertenecía a un lugar especial.

También es cierto que un hospital es ese lugar al que acudes para curarte de una enfermedad y en el que tienes más posibilidades de contraer otra por contagio. Pero esta fina ironía solo aumentaba el atractivo de Faith hacia su trabajo. Un poco de humor siempre ayudaba a soportarlo mejor.

Por desgracia para ella, el exceso de trabajo no le había dejado tiempo para poder apreciar este tipo de cosas. El día de Halloween era especialmente conflictivo en el hospital. La responsabilidad y la prudencia parecían esconderse entre los disfraces de la gente. Como consecuencia, la última ronda de la noche se tomaba en forma de medicina en la cama de un hospital. Intoxicaciones etílicas en los casos de los adultos, hiperglucemias y empachos derivados en vómitos y diarreas para los más jóvenes. Heridas por accidentes, caídas y peleas, infectadas por culpa de maquillajes de calidad dudosa. Y por supuesto, locos, pirados, esquizofrénicos imbuidos por el especial espíritu de la fiesta de los muertos en la que, por una vez al año, ver monstruos no era motivo de internamiento pero tampoco ayudaba a su ya de por sí frágil psique.

Faith había comenzado su turno con la misma broma de todos y cada uno de los años. Cuando el primer borracho disfrazado de vampiro le dijo el ya típico “bonito disfraz de enfermera” fingió una risa educada y sincera. La segunda vez, la sonrisa dejó de ser sincera, simplemente educada. La tercera fue un rictus mecánico y fugaz, imperceptible para el ojo humano beodo. Las siguientes simplemente mutaron en un facsímile de expresión que venía a decir: “Puedo hacer que esto duela mucho o muchísimo. Tú eliges”. Pero no todo el mundo sabía interpretar tan bien el rostro de las personas, así que el mensaje se perdía en un malentendido de desinterés. A medida que iba tratando pacientes, la sangre, el sudor, las manchas de vómitos y otras cosas que es mejor no describir en estas líneas, provocaron que al día siguiente más de un paciente se despertase con el vivo recuerdo de que la enfermera que les había atendido el día anterior había sido un auténtico muerto viviente. Aunque también había quien se lo achacaba a las drogas, las del hospital y las que venían de polizón incluidas en el enfermo antes de llegar.

El 1 de noviembre daba a su fin, así como las fuerzas de Faith. El turno doble terminaba en unos minutos y poco a poco los enfermos disfrazados habían ido desalojando las habitaciones del hospital. Halloween desaparecía como la niebla en un sueño.

–¿Te vas ya Faith?

La voz provenía de Heather P. Lockheart, la jefa de enfermeras. Ya sé que los apellidos no se escogen sino que vienen impuestos por el progenitor. Sin embargo, Heather parecía haberse propuesto como objetivo en esta vida hacer honor al suyo. La jefa del cuerpo de enfermería del hospital de Los Ángeles no trataba enfermos, trataba heridas y enfermedades. El día que muriese y se le practicase la autopsia, el cirujano encontrará una cadena de eslabones negros enroscada a su corazón y cerrada por un candado diminuto. De él colgará un cartel en el que se podrá leer “Cerrado por cese de negocio desde 1978”. Aunque para ser sinceros, su corazón siempre tenía hueco para una chocolatina. Sin embargo, en su corto recorrido, los bombones siempre se equivocaban de dirección y acababan todos en su estómago, donde celebraban una fiesta multitudinaria. Al terminar, se distribuían a lo largo y, sobretodo, ancho de su robusto, bamboleante y rollizo cuerpo.

Para Heather, los enfermos eran el paquete donde venía el trabajo. Y el trabajo era su vida. Así que aquella pregunta aparentemente inofensiva dirigida a una de sus trabajadoras iba pulida como el acero de un cuchillo y embadurnada con un tono de veneno y recriminación.

Faith la miró de arriba abajo mientras introducía su brazo izquierdo en la manga de su chaqueta azul de trabajo y se abrochaba rápidamente para ocultar su tatuaje y su vientre. No sabía cómo lo hacía, pero Heather siempre estaba impoluta. Mientras ella tenía todo su uniforme con el colorido de un cuadro abstracto de Kandinsky, la jefa de enfermería parecía la mismísima virgen María inmaculada en todos los términos posibles.

–He terminado mi turno Heather –le contestó con el aire de un suspiro.

–Señorita Lockheart –le corrigió automáticamente mirando con reprobación la vestimenta de su subordinada.

Faith hizo como que no le había oído y continuó recogiendo sus cosas para irse.

–He oído que has tenido un altercado antes de comenzar tu turno –le dijo la “señorita Lockheart”, pero su tono indicaba “has vuelto a llegar tarde” –. Han dejado el cadáver en la morgue. Espero que se lo lleven pronto. No podemos tener un cuerpo ocupando espacio inútilmente.

La teoría de la señorita Lockheart (tras un mero vistazo a la dama nadie se atrevería a dudar entre señora o señorita) consistía en que los muertos podían esperar, pero los vivos no. Un muerto no tenía nada que curar ni tratar. Así que los cadáveres duraban poco en el hospital de Los Ángeles. Por desgracia para la jefa de enfermería, por muchas ganas que tuviese de mantener su morgue cuanto más limpia posible, en el caso de asesinatos y accidentes, el cadáver debía permanecer durante un tiempo prudencial y legal para dar margen a que alguien reclamase el cuerpo o para la identificación del mismo. Y ese hecho le molestaba profundamente. Y como había sido Faith quien lo había encontrado, también se había convertido en el centro de diana de la señorita Lockheart para dirigir su frustración y culpa.

Faith sacó su mano manchada de sangre por la manga de la chaqueta y sin molestarse en despedirse de su jefa, recogió el bolso de su taquilla y salió sin más. Oyó como la señorita Lockheart abría la puerta detrás de ella, pero fingió no darse cuenta y continuó su camino. Tal vez si la ignoraba lo suficiente desistiría.

Toda ella olía vómito, sudor y sangre seca. Al pasarse la mano por el pelo descubrió un resquicio de algo líquido. Una persona normal habría cometido el error de llevárselo a la nariz para descubrir qué era, pero Faith llevaba demasiado tiempo trabajando como para hacerlo. Además, estaba demasiado cansada. Así que simplemente se limpió en la bata por debajo de la chaqueta. Total, una mancha más no iba a desentonar.

Seguía las líneas pintadas en el suelo. La azul guiaba a la zona de espera, la amarilla a urgencias, la roja a la sala de operaciones, la verde hacia la salida y la negra… la negra llevaba a… la morgue.

Faith escuchó los pasos de la señorita Lockheart a punto de aparecer por la esquina y sintió curiosidad. La misma curiosidad que obliga a continuar leyendo un capítulo más de un libro cuando se está en la cama, pese a estar en plena lucha con los párpados por mantenerlos abiertos. Por eso, a pesar del cansancio, sus pies siguieron lentamente una pequeña línea de pensamiento que se había formado en su cabeza y que, por simple casualidad, también era negra. “La curiosidad mató al gato” le dijo una voz en su cabeza, posiblemente la voz de la razón. Pero una voz distinta, más risueña y con un tono más infantil, contestó también dentro de ella: “Pero yo no soy un gato”. Una vez dentro del ascensor pulsó el botón del sótano y las puertas se cerraron justo a tiempo para perder de vista a la señorita Lockheart.

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