Cuestión de Fe: Capítulo 1-2

Des

Hoy no es viernes, lo sé, pero mañana es fiesta y no voy a trabajar, así que adelantamos un día el capitulillo

Aquí lo tenéis:

La señorita Iro tomaba el té en el salón de su casa. Desde la ventana podía observar la algarabía en la Gran Place. Bruselas se había rendido también a las tradiciones norteamericanas del disfraz y la farándula de Halloween. Jóvenes y no tan jóvenes corrían y gritaban imbuidos por el valor que proporcionaba un buen disfraz y un índice de alcohol en sangre que haría sonrojar hasta a la madre más permisiva.

La señorita Iro no era de las que se escandalizaban fácilmente, así que lo miraba todo con cierto aburrimiento. No era debido a una vida trepidante, lujuriosa y casquivana. Simplemente no prestaba demasiada atención a las cosas. Era una de esas personas que se tomaban la vida tal y como venía sin preocuparse si lo que llegaba era bueno o malo. Si una bomba explotase en ese mismo instante en medio de la plaza, su mente sólo sería capaz de desarrollar un pensamiento parecido a “¡Qué cosas!”, se colocaría correctamente la peluca polvorienta y gris que le calentaba la calva y después continuaría con un nuevo sorbo de su taza de té.

La silla de madera donde se encontraba la señorita Iro rechinó cuando cambió de postura. Las patas eran finas como cañas de bambú joven. Era una manufactura preciosa. Una auténtica obra de arte. El asiento consistía en una celosía de mimbre, donde cada orificio era un perfecto nonágono. Manos expertas habían dedicado horas de su vida a entrelazar aquella celosía, así como la misma que decoraba y formaba el respaldo. Un anciano artesano había modelado la madera para encontrar el equilibrio entre la belleza y la liviandad. Pero, seguramente, el diseñador de la silla nunca pensó que sería utilizada por alguien de las dimensiones de la señorita Iro. Sus posaderas se derramaban por ambos lados del asiento como plastilina prensada en una mano. Los apoyabrazos desaparecían fagocitados bajo las masas de carne que unían sus hombros gruesos con aquellas manos diminutas y arrugadas. Al levantar los brazos se notaba la fina línea de madera marcada a fuego en la piel. Y, sin embargo, su rostro jamás mostraba una mueca de dolor o incomodidad, simplemente la serenidad de que “las cosas son como son”.

Un reloj de pared tocó las doce de la noche. Los gongs retumbaron en la estancia haciendo vibrar la cristalería ancestral que guardaba en el mobiliario victoriano. El té ondeó doce veces en diminutas olas concéntricas. La señorita Iro fue a dar un nuevo sorbo y se encontró cara a cara con su reflejo. Aquellos ojos grises que le acompañaban todas las mañanas le devolvían la mirada. Su nariz, fina en su nacimiento tendía a engrosar conforme llegaba a su fin, y terminaba en una pequeña protuberancia, como una diminuta nariz de payaso perfectamente redonda, pero natural. El calor del té le calentó las fosas nasales y por primera vez en 364 días sonrió maliciosamente.

La puerta de la habitación se abrió de golpe. El aire fresco se introdujo incauto sin preguntarse por qué el aire anciano y decrépito que le estaba dejando hueco huía despavorido después de una eternidad de encarcelamiento.

La figura de un hombre apareció sin avisar. Medía casi dos metros de altura. Ni un solo pelo vestía su cabeza. Y no parecía que se tratase de una moda pasajera sino, más bien, obligada por ausencia de posibilidades. Vestía una gabardina de color negro abierta de par en par. Mantenía las manos en los bolsillos sin muestra de suponer amenaza alguna. Llevaba el pecho al descubierto y de cada uno de sus pezones brotaba una cadena de eslabones de plata que desaparecían a su espalda. Un par de pasos le introdujeron en el salón, y acto seguido, dos jóvenes hermosísimas, cuya única indumentaria consistía en apenas unos centímetros cuadrados de tela colocados estratégicamente, aparecieron como destino final de las cadenas que desaparecían bajo los diminutos paños de seda.

–Hola Des –saludó sin inmutarse la señorita Iro dejando la taza de té en su platito provocando un ligero cling.

–Iro –contestó al saludo el recién llegado inclinándose y quitándose un sombrero imaginario con gran elegancia. Acto seguido se paseó por la habitación mirándolo todo con fingido interés. Las jóvenes no abrieron la boca. A un leve tirón de la cadena le siguieron obedientes sin hacer ningún ruido. Para cualquier otra persona, aquello le habría resultado extraño, pero la señorita Iro no era “cualquier persona” y hacía mucho tiempo que conocía al recién llegado. Siempre había tenido la habilidad de ver a simple vista el doble significado de las cosas. Hay quien veía la cara y quien veía la cruz de una moneda, la señorita Iro paseaba por el canto. Ella era capaz de ver el verdadero papel de las dos concubinas, es decir, una mera prenda más en un atuendo estrafalario.

–Ha pasado mucho tiempo desde la última vez –dijo sin molestarse en dar órdenes a las jóvenes. Así como no se ordena a la falda de un abrigo a que siga al resto de la prenda, tampoco hacía falta con ellas.

–Tan solo el tiempo que has querido que pase –contestó la señorita Iro, aunque su tono no parecía mostrar rencor alguno.

–Touché, querida amiga, touché. Me alegra ver que Halloween sigue despertando tu lengua y tu ingenio. Ciertamente encantador.

–Por contra, veo que a ti no te ha ofrecido discreción y mesura en tus caprichos –respondió la señorita Iro. Y sin que las hubiese siquiera mirado, las jóvenes se ruborizaron.

–Oh, querida –repuso el hombre con un movimiento afeminado de su mano derecha mientras acogía a sus dos acompañantes entre sus brazos y las acariciaba desde los hombros a las cinturas – ¿Por qué cogerse vacaciones cuando tu trabajo es tan… placentero?

–Touché Des, touché –contestó Iro volviéndose a llevar la taza de té a los labios.

Des paseó por la habitación observando todos los detalles. La señorita Iro le seguía con la mirada vaga, que es esa mirada que utilizamos cuando miramos al frente pero nos concentramos en las sombras difusas que se mueven en el extremo de la visión. Cuando notó que se acercaba a la chimenea, y el manchón borroso de los tres personajes se detenía frente a ella, giró su cabeza para clavar su mirada en ellos.

Era el único punto de la habitación, junto con la mesita del té, que carecía de polvo acumulado por el tiempo. Por primera vez desde que habían llegado los tres visitantes, el semblante de la señorita Iro pareció alterarse cuando cogió una de las fotografías que había en la repisa de la chimenea.

–¿A qué has venido Des? –preguntó Iro. Y el tono de la pregunta hizo dar un par de pasos atrás a las dos jóvenes. Su amo tiró de la cadena con suavidad y ellas exclamaron un ligero susurro que Iro no supo si identificar como placer o dolor, pero que irremediablemente les hizo acercarse a él.

–Supongo que ya te lo estás imaginando –contestó dejando el marco de una fotografía en el mismo lugar de donde la había cogido.

–Es demasiado pronto –dijo revolviéndose en su diminuta silla de mimbre y cada una de las hebras crujieron en sintonía con la frágil madera –. La pobre no sabe nada. No está preparada. ¿Acaso no hay justicia?

–Oh, querida –expresó Des con tono ameno mientras depositaba la foto en su sitio –. Bien sabes que sí. La cuestión es si tienes suficiente dinero para pagarla.

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