Cuestión de Fe: Capítulo 1-1

Dead Santa

El primer capítulo de Cuestión de Fe tiene unas 48 páginas. Demasiado largo para ponerlo todo de golpe.

Así que cada viernes de mes colgaré una parte de ese primer capítulo para ir dando pequeños bocados a la historia y que se os meta el gusanillo de la historia.

Así que como es viernes, aquí tenéis la primera parte del primer capítulo:

Capítulo 1

“Feliz Halloween”

Muy lejos de Nueva Orleans, en la ciudad de Los Ángeles, la joven Faith corría con todas sus fuerzas. Ya llegaba media hora tarde al hospital y le tocaba turno doble justo en Halloween. Justo en su cumpleaños.

Pasaba como una exhalación entre la multitud de vampiros, zombis, momias de papel higiénico y demás disfraces anónimos. Pero sin lugar a dudas, ese año, la sensación era el disfraz de “Warrick, el mago adolescente”. Faith había contado por lo menos veinte en las últimas dos manzanas. Y Faith odiaba a Warrick casi tanto como odiaba Halloween. Al menos, podía llevar su indumentaria de enfermera a trabajar sin llamar la atención.

Sin embargo, como suele ocurrir cada vez que se tiene prisa, algo la detuvo. Al pasar corriendo por uno de los callejones cercanos al hospital le pareció ver algo extraño. Seguramente no era nada y no merecía la pena pararse a descubrirlo. Pero si ya llegaba tarde, ¡qué más daba!  Echó el freno, anduvo marcha atrás despacio hasta asomar su cabeza por la esquina del callejón y automáticamente, se arrepintió.

Papá Noel yacía tendido en el callejón. Su vida se escapaba lentamente. La sangre manaba por tres heridas de navaja asestadas a traición en su costado izquierdo.

Faith llegó justo a tiempo para ver la sombra de tres desconocidos desaparecer por la esquina del final del pasadizo. Y al mirar al suelo descubrió al gordo Santa Claus agarrándose el costado sin apenas fuerza. La sangre resaltaba fuertemente en su atuendo, pues éste era de color verde en lugar del clásico rojo navideño. Dudó por un instante si seguir su camino o ayudar al anciano. Y en un rápido cálculo entre la tranquilidad de no meterse donde no le llaman y el peso de su conciencia despertándola a media noche, venció la compasión. ¿A quién pretendía engañar? No te haces enfermera para ir abandonando gente moribunda por las calles, escuchó dentro de su cabeza con una voz similar a la suya. Dejó a un lado su bolso y se arrodilló junto al anciano. Su rostro mostraba un color lívido más propio de un fantasma que de un ser humano. Sin embargo, aún podía ver su fuerte pecho subir y bajar en un vaivén lento y pesaroso. Faith desató el jersey de su cintura y presionó las heridas con fuerza. Al hacerlo, los ojos del moribundo Papá Noel se abrieron de golpe. La joven se asustó y a poco cayó de culo al suelo, pero una mano fuerte y recia la sujetó con decisión y la obligó a seguir presionando. Era la mano del anciano que la atraía hacia él.

–¿Está bien? –le preguntó todavía asustada –. ¿Ha visto quién le ha hecho esto?

El orondo Papá Noel trató de hablar pero un espasmo le interrumpió. Tosió con fuerza y la sangre asomó por la comisura de sus labios. Faith buscó su móvil dentro del bolso con su mano libre. Santa Claus respiraba con dificultad, y si no venía una ambulancia rápidamente era muy probable que muriese.

–Los reyes –escuchó.

Faith dejó un instante de buscar y miró al anciano. Su mirada era vidriosa. La sangre le caía desde los labios a la lana que decoraba el cuello de su verde traje. Su respiración era cada vez más dificultosa y el vaivén de su pecho más lento.

– ¿Cómo dice? –le dijo en tono tranquilizador.

–Han sido… los reyes –susurró Papá Noel con su último aliento.

Su pecho descendió por última vez. Y aunque Faith esperó durante un par de minutos a ver si volvía a subir, no lo hizo.

Santa Claus había muerto.

 No se podía haber hecho nada. Las heridas habían cortado vías y órganos vitales. Parecían hechas por alguien que estaba acostumbrado a matar. No obstante, cuando llegó la ambulancia los técnicos intentaron reanimarlo sin éxito. Al menos la muerte del anciano podría servir de excusa para la tardanza de Faith en el trabajo. Sin embargo, fiel al dicho en el que “ninguna buena acción queda exenta de castigo”, como único testigo, tuvo que esperar a que llegara la policía, a que el juez llegase con el auto para levantar el cadáver. Y no contentos con eso, aún tuvo que ir a comisaría a prestar declaración.

Sin lugar a dudas, iba a llegar tarde a trabajar.

Así es como acabó en una silla de madera, frente a un escritorio repleto de manchas de café, prestando declaración a un policía gordo, calvo y grasiento cuyos dedos golpeaban las teclas del ordenador de dos en dos obligándole a borrar y corregir incesantemente cada palabra. La locura de los hombres proviene de situaciones como esta. Las auténticas motivaciones para cometer un crimen, un crimen de verdad, como matar a una persona, no provienen de enfermedades o impulsos repentinos sino de las cosas simples y cotidianas que rodean a las personas día a día: la incompetencia de un funcionario para simplemente teclear correctamente, la sensación de tiempo perdido, el café frío, responder tres veces seguidas la misma pregunta, las colas en los bancos, la ausencia de taxis en los días de lluvia, los ciclistas en las aceras…pequeñas gotas que colmaban un vaso.

El hecho de que el policía no dejase de mirarle con ojos lascivos tampoco ayudaba. Pero no se le podía culpar demasiado. Faith era una mujer atractiva y llevaba puesto su uniforme de enfermera, lo cual despertaba la imaginación del agente más de lo que la habría utilizado para investigar un crimen. Teniendo en cuenta que era Halloween, la diferencia entre ir vestida o disfrazada de ATS confundía a cualquiera.

Faith procuraba llevar su pelo rubio recogido, pero había un mechón que se había declarado en rebeldía y siempre procuraba escapar en caída libre por su frente. Le gustaba usar sombra de ojos y pintalabios de colores llamativos. Hoy tocaba rojo cereza. Su oreja derecha estaba decorada por completo con tres piercings con forma de aro en el cartílago superior y un crucifijo dorado colgando del lóbulo. La otra, la izquierda, disfrutaba de cierta libertad y solo colgaba un ank de plata.

Llevaba la camisa blanca bien abierta. Para su desgracia, no era una mujer de grandes volúmenes, pero eso no significaba que no pudiese enseñar lo que tenía. Había tuneado la camisa para acortarla por la falda y que mostrara la parte del ombligo. Sólo si cerraba la chaqueta azul quedaba todo cubierto. Cosa que hacía dentro del hospital a causa del aire acondicionado y para que no se viese el tatuaje que lucía en la cadera izquierda. La imagen mostraba la típica pirámide con el ojo en su cúspide que representa a Dios y que aparece en los billetes de un dólar, y seguido a ella aparecía un interrogante.   Los ojos del agente se centraron sin disimulo en la falda corta de color azul. Cayendo en cascada desde su interior, las piernas cruzadas de Faith colgaban en la silla. No era muy alta, apenas un metro sesenta. Nerviosa, movía sus pies haciendo tintinear una pulsera de plata con los símbolos del zodiaco rodeando su tobillo izquierdo.

Yo también habría apostado a que iba disfrazada.

– ¿De qué conocía a la víctima? –preguntó el policía borrando la última palabra que había escrito.

–Ya se lo he dicho –contestó Faith –. No conocía al maldito Papá Noel. Iba a trabajar y lo vi en el callejón.

–Ca   lle   jón –repetía el policía mientras procuraba escribir la palabra sin pulsar más teclas de las debidas –. ¿Qué estaba haciendo cuando encontró la víctima?

–¿Es que está sordo? –se quejó –Estaba yendo a trabajar. Traaabaaajar, ¿sabe lo que es eso?

–Tra   ba   jar –siguió impertérrito el agente –. Entonces dice que fueron los Latin Kings.

–¡No! –se exasperó Faith –. Usted no escucha. He dicho “los reyes”. Lo que él susurró antes de morir fue que habían sido “los reyes”.[2](*)

–Re…yes… –continuó el policía – ¿Conocía a los agresores?

–Sí –dijo harta –. Eran Micky Mouse, el Pato Donald y su tío Gilito.

–Por favor, manténgase a los hechos –apuntó el agente sin inmutarse.

–Pero si…

–Los he… chos, señorita –. le interrumpió.

–No vi a los atacantes –se rindió con tono monótono –. Sólo vi la sombra de tres hombres que corrían y se escapaban.

–Tres –tecleó el policía.

–Sí, tres.

–Entonces… –comenzó a decir el agente levantando la mirada de la pantalla por primera vez desde que ella había llegado –. No conocía a la víctima, no vio la agresión, ni sabe quienes fueron los agresores.

–Mira, al final sí que escuchaba.

–Entenderé eso como una afirmación –contestó el agente sin alterarse un ápice – ¿Tiene algo más que añadir?

Por un instante pensó que iba a decir que sí, pero al pensarlo por segunda vez imaginó que las palabras que utilizaría irían acompañadas de una temporada en la cárcel por agredir a un agente de la ley, y simplemente negó con la cabeza.

–Puede irse –terminó el agente volviendo su vista de nuevo a la pantalla del ordenador –. No abandone la ciudad por si tenemos que ponernos en contacto con usted de nuevo.

Se levantó pesarosa. Y se dio cuenta de que llevaba allí más tiempo del que pensaba. La luz del alba se asomaba por el horizonte.

Y  aún tenía que ir a trabajar.

Feliz Halloween. Feliz Cumpleaños.

––––––––––––––––––––––––

[2] Nota del traductor: Esta traducción pierde sentido en castellano. En la versión original en inglés Santa Claus dice “The kings”, “los reyes”, de ahí la confusión.

Si te ha gustado y quieres saber más.

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